Crimen terrorista en Palmanova. Opinión
MATÍAS VALLÉS
Hasta el miércoles, 2009 era el verano mallorquín de la gripe A. Las mascarillas han dado paso a las mortajas. Ayer se canceló toda posibilidad de verano, esperemos que en el extranjero no se enteren y que "nuestra isla de vacaciones" –así nos titulaba el Bild, sobre el fondo del esqueleto metálico de un Nissan consumido– exprima su leyenda unas semanas más. La hipersensibilidad turística exalta los temblores a seísmos. En otro país, un atentado supone un trastorno. Para Mallorca implica la ruina.
ETA ha visitado Mallorca entre las llegadas de Zapatero y del Rey, deposita el huevo explosivo de la serpiente en una casa cuartel visible desde Marivent. A las siete de la mañana de ayer, el palacio era un hervidero policial que estrechaba la vigilancia en una ceremonia cuyo sentido se sustanciaría a mediodía. Las bombas han estallado en la región donde el terrorismo interesa y preocupa menos, según los sondeos del CIS. Pensábamos que nada podía alterar nuestras pautas y pausas, era sólo el primer error.
ETA mata el verano de 2009 porque nunca entenderá el Mediterráneo. No desea independizarse de España, sino del sol. Su sueño esencial es reasesinar al existencialista Camus. La banda inserta una cuña sangrienta en Palmanova, un territorio más británico que Gibraltar. La isla que aguanta todas las migraciones se considera invadida por primera vez. La sociedad que no rinde culto ni a la muerte se enfundará un dolor sobrio. Ayer fue sometida al peor de los escenarios posibles, el worst case scenario que epigrafían los manuales de catástrofes. Y no hablamos de números por deformación fenicia, sino para enjugar las deudas y los impuestos que abonamos secularmente por solidaridad. Por cierto, una parte de ellos van al país, a la ciudad y a las familias de los asesinos. Nos deben un pedazo de su Sanidad, nos condenan a la locura.
Democracia significa que sólo identificas a la policía con la muerte cuando muere un policía. ETA ha asesinado en Mallorca al doble de personas que había matado en todo 2009. Los etarras invierten la lucha esencial entre tener y no tener. Veinteañeros ricos matan cobardemente a veinteañeros humildes. Los niños más mimados de Occidente se sienten oprimidos, con sus pañuelos palestinos de diseño. No piafan por una revolución, predican la involución más arcaica. Más poder para los poderosos.
Ayer había ocurrido antes, pero no le prestamos atención. Hace catorce agostos, Garzón viajó desde Madrid para informarnos de que un etarra había enmarcado al Rey en el teleobjetivo de su rifle. Sin embargo, siempre desdeñamos a la familia etarra Sertucha como una secuela en teleserie de Chacal, con motocicleta incorporada y huida por mar. Quién sabe si se han repetido algunos de esos recursos. Mallorca, el único reducto que no extrae lecciones de un intento de magnicidio. Confió más en su geografía que en su historia, como todas las islas. Segundo error, del que portavoces cualificados de las fuerzas del orden se reconocían ayer partícipes. Aquí no podía suceder, pero ya había sucedido. Ayer presenciamos el redoble de la bomba.
Nadie debe ser juzgado por su reacción frente a un doble asesinato, pero cerrar el aeropuerto de Palma aporta una prueba adicional de que Madrid nunca entenderá el funcionamiento de una isla. Clausurar Son Sant Joan en agosto equivale a paralizar –no sólo bloquear– una ciudad de dos millones de habitantes. Pretendían enjaular una roca, y se dieron cuenta de que habían aislado Europa. La precipitación inconsciente demuestra que ETA vuelve a dar miedo, porque sus asesinatos recuperan la elaboración y la sincronización, la puntualidad del absurdo. No podrán con los mallorquines, nadie puede. Los nativos volverán a encontrar la terapia de shock en el tópico. En Mallorca nunca pasa nada.