CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Jueves, 1 de enero de 2009
Eso de estrenar año no es lo que era. Ya sea porque la crisis se ensaña con las haciendas y los trabajos de los ciudadanos, porque los gobiernos, en este caso el de Israel, han enloquecido o porque, aunque hacía mucho tiempo que los gremios de la aviación no daban la lata, se han espabilado, este 2009 se parece a los años anteriores como un copo de nieve a otro antes de mirarlo al microscopio. A ver si con el paso de los días, y gracias a la lente de aumento, mejora algo.
La primera noche del año va de jazz, nada menos que con Woody Allen presente en el escenario del Palma Arena como parte de la New Orleans Jazz Band, orquestina que hace honor a su nombre a lo largo de la hora y media larga del espectáculo. En ese tiempo, me resultan evidentes algunas cosas por otra parte nada difíciles de haber adivinado. La primera, que la versión del jazz procedente del delta del Misisipi es de lo mejorcito que existe para los oídos de todos los que -como me sucede a mí- no tragan con las modernidades atonales. La segunda, que Woody Allen supone un espectáculo más para ser visto que oído, aunque cuando se trata de hablar tampoco desmerece. Pero con el clarinete en la mano o, mejor dicho, en los labios, no puede decirse que vaya a pasar a la historia. Se luce cuando la banda acomete los molto vivace demostrando que la labor de dirección de Eddy Davis es impecable pero, ¡ay!, en los solos?
Ya me gustaría a mí saber tocar el saxo tenor, la flauta dulce o el fagot como lo hace Allen con el clarinete pero lo malo de ir acompañado por gentes como Zygmont al trombón de varas, o Wettenhall a la trompeta es que el listón queda demasiado alto. Incapaz de seguirles en materia de virtuosismos, Woody opta por sacarle a su instrumento sonidos tirando a raros. El balance se parece bastante al de un gato al apretarle las tripas por ver de que maúlle.
Da lo mismo: la banda suena de maravilla y mucho más cuando el piano de Conal Fowkes entra en susurros. El corazón me da un vuelco a la que suenan los primeros compases del We shall not me moved en homenaje, supongo, a The Seekers aunque para mí la intérprete por excelencia del himno será siempre Joan Baez. Se trata de aquel No nos moverán que cantábamos allá por la mitad de los años sesenta del siglo pasado cuando, atrincherados en la facultad de Químicas de la Complutense, aguardábamos entre eufóricos y temerosos a que los grises asaltasen el edificio.
¡Mira que si al final resulta que 2009 va a ser uno de esos años dignos de recuerdo! De la mano de la banda de Davis/Allen, este día primero de todos los que le seguirán a partir de mañana deja en el aire al menos un atisbo de esperanza.
Domingo, 4
Qué poco dura la alegría en casa del pobre. Volvemos a Madrid con el alma en un hilo a causa de las noticias que nos llegan desde Gaza, con el ejército israelí en los arrabales de una ciudad arrasada por las bombas. Cuesta trabajo entender cómo se traducirá a la postmodernidad el grito del ¡No nos moverán!, en especial porque resulta difícil saber hoy día a quién no hay que mover de dónde.
Se añaden otras amenazas domésticas, por más que sean ridículas si se comparan con el drama palestino. Pese al panorama lúgubre de las huelgas encubiertas de pilotos y controladores, el avión nos lleva a la T4 madrileña con sólo veinte minutos de retraso para encontrarnos en el inmenso vestíbulo con un ambiente de mayo del 68. Los pasajeros que no han tenido tanta suerte y acumulan horas de espera están montando una revuelta asamblearia. La guardia civil intenta calmarles con éxito más bien relativo, quizá porque sabe que llevan la razón cuando quieren que les muevan de una vez. Detalle de cordura: la perra Lilí contempla el espectáculo sin apenas inmutarse, con la distancia que le proporciona su condición de animal del todo superior a nosotros, los primates.