CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Domingo, 22 de junio
Rebelión a bordo. A las cuatro de la mañana, poco después de volver de la fiesta de santo que da Luis Dias por estas fechas -con una tortilla de hierba como sorpresa gastronómica en esta ocasión-, decido que se acabó. No me levantaré de madrugada para irme al aeropuerto. El jurado de los premios Gabarrón se quedará este año sin la rémora de mi presencia en él. Algo dentro de mí ha dicho basta.
Como resultado, dos días de regalo para ir cerrando flecos pendientes. Como el de calificar las actas del examen de la asignatura de antropología; este año seré yo, y no Marcos, quien deba bucear por los arcanos informáticos en busca de listas virtuales, aplicaciones herméticas y criterios improbables. Me encuentro con que las cuatro matrículas de honor que pensaba dar en un año excepcional en el que los alumnos han debido estar en comunión con el espíritu santo se me reducen, por voluntad de la máquina, a tres. La manera como los intestinos informáticos entienden lo que es un resto después de una división no coincide con lo que los seres humanos -de los árabes a nosotros- imaginamos. Como no lo remedie una autoridad digamos competente, me temo que un alumno muy brillante se va a quedar sin su premio.
Lunes, 23
Aprovecho el día de regalo con pata quebrada y en casa (dentro de un orden) para meterme con trámites pendientes y, con nada oculta pereza, me acerco al registro civil en busca de papeles que dios sabrá dónde estarán. Tengo que averiguar primero en que lugar queda el propio registro, desplazado desde lo que era antes el colegio de la Salle a lo que constituyó el barrio chino. Que lo relacionado con la Justicia se traslade de las escuelas de curas a los burdeles es una imagen muy literaria, capaz de poner por sí sola de manifiesto el abandono al que está sometido a uno de los pilares esenciales de cualquier Estado de derecho.
Pero en este caso la mejora es evidente. Hacia años que no me adentraba por la calle del Socorro y hay que ver cómo ha cambiado. El cambio parece afectar incluso a la idea misma del burócrata con dolor de estómago y modales a juego. Los oficinistas del caserón de los nuevos juzgados ponen un interés en atender mi solicitud que yo no hubiese dado por garantizado, y buscan en las tripas de unos archivos a los que la informatización todavía no ha llegado. Menos mal que la voluntad puede con la técnica o, mejor dicho, con su falta.
Martes, 24
El calor se ha echado encima de manera brusca, como si se abriera la puerta al verano y por ella se colase de golpe el xaloc procedente del Sahara.
Aunque, en lo que a mí respecta, la llegada del verano coincide con un rito. El de echar la gomona al agua y llevar a cabo la primera singladura del año: desde el puerto de botadura al Club Náutico por antonomasia, el de Palma. La navegación es de pocas millas pero media todo un universo entre el mundo de secano y las aguas de la mar.
Miércoles, 25
La encargada de la capitanía del Náutico no se toma a mal que le pida cambiar el amarre de la gomona hasta tres veces, en busca de una situación libre de obstáculos. Este año no seré sólo yo quien maneje la barca; el relevo generacional se impone y tampoco es cosa de irle metiendo trabas. Pero eso vendrá luego; hoy es un día especial para este periódico: el de la entrega de sus premios que, por mor de las obras de la fachada marítima, se traslada a Bellver. Con la calor que acecha, cabe esperar lo peor pero, por fortuna, la noche se apiada de nosotros. Bueno, menos de José Carlos Llop y de mí, que nos sentamos encima mismo de un foco. Por suerte, las presentadoras -Mercé Marrero, con su embarazo ministral- alivian la ceremonia. Mejor para mí, que he de irme pronto. ¿Dónde? La solución, la próxima semana.