31 de julio de 2016
31.07.2016
Análisis

Dos mundos en un solo país

Clinton se erige en defensora del ´statu quo´ frente a un Trump que ha dinamitado todos los valores tradicionales en la política americana en una campaña sin precedentes

31.07.2016 | 00:51
Dos mundos en un solo país

Digan lo que digan acerca del siniestro discurso de Donald Trump en la Convención Nacional Republicana, logró uno de sus objetivos principales: ahora es el representante del ´cambio´ en estas elecciones. El multimillonario confirmó su candidatura como ruptura no sólo con el statu quo político sino también con la retórica presidencial de Estados Unidos y las normas democráticas tal como han evolucionado a lo largo de más de dos siglos.

Su discurso exhumó deliberadamente los impulsos más oscuros de Richard Nixon al tiempo que se divorció por completo de su profundidad intelectual y creatividad. El candidato republicano no solo se alejó de la política de siempre, sino también de la historia de Estados Unidos y de la cultura de siempre, ofreciéndose como un hombre del destino, putinesco o peronista, y como la única, heroica e irrefutable respuesta de "sólo yo" a cada pregunta nacional.

¿Y qué hace Hillary Clinton al respecto? Así como la cita de Cleveland en buena medida se presentó como un juicio „con todo y los espeluznantes reclamos de "¡enciérrenla!"„, la Convención Demócrata en Filadelfia de esta semana no pudo evitar ser una especie de defensa. Clinton es una política famosa por su actitud defensiva. Aborrece a los medios de comunicación. Detesta a los operadores y políticos republicanos que la han convertido en la bruja de un sinnúmero de cacerías.

Paradoja
Debido a las circunstancias y a su personalidad, la primera candidata mujer de un partido político estadounidense de peso ha terminado convirtiéndose en quien cuida el statu quo. Como escribió el director de encuestas de ABC News Gary Langer en junio, "ella es la candidata del statu quo en un año con un importante sentimiento anti-statu quo".

No hay manera de alejarse de esto y no tiene sentido intentarlo. La elección del senador Tim Kaine, un político moderado y experimentado, como compañero de fórmula confirma aún más lo anterior. Clinton es uno de los pilares de la clase política del país y la heredera obvia de la presidencia de ocho años de Barack Obama. No es muy querida y no genera confianza generalizada. Puede mejorar su calificación favorable, un poco, pero no hay mucho margen para hacerlo en el contexto actual altamente politizado. Y lo que Obama puede hacer para ayudarla también es limitado (aunque sí puede hacer algo).

En virtud de que Trump representa una ruptura no sólo con Washington, sino también con los valores y las normas que construyeron el gobierno estadounidense, ha dado a Clinton una manera de abrazar lo que es algo natural para ella „la continuidad y el gradualismo„ y presentarlo como patriotismo y promesa. En su discurso, Trump montó una Harley-Davidson y dejó la historia abandonada al costado del camino. Aunque su discurso duró más de una hora, no tocó temas espirituales, filosóficos o históricos. Los Padres Fundadores y los grandes republicanos del pasado tampoco fueron mencionados. Su campaña remite hacia atrás, pero sus raíces son cortas y secas.
Trump es síntoma de la pérdida de confianza en las democracias. Con la promesa de operar fuera de la cultura política, ha dicho que ya no podemos "permitirnos" las sutilezas de este estándar o aquel ideal. El discurso respetuoso, la sumisión a las normas y las reglas y el proceso democrático mismo son fruslerías que no se llevan al frente de guerra.

Los estadounidenses piensan que el sistema es corrupto e indiferente. Pero los ideales y valores que lo construyeron todavía tienen resonancia. Clinton no puede renunciar a la clase política que la formó, así que debe redefinirla, demostrar la fortaleza de su fundación, la pertinencia y la vitalidad de sus ideales. Naturalmente, enfrenta fuertes vientos en contra. Pero el sistema estadounidense produjo más de dos siglos de resultados tangibles equilibrando intereses, ampliando la libertad, distribuyendo el poder y compartiendo la prosperidad. El pluralismo resultó lo suficientemente cohesionador para ganar guerras. La inversión pública y la inmigración incrementaron la riqueza y el progreso. Incluso la globalización tiene recompensas comprensibles, así como desafíos.

¿Qué ha producido el sistema de Trump? Los ideales y los valores que hicieron que Estados Unidos tuviera éxito (sí, de acuerdo, junto con un territorio enorme y sin explotar protegido por vastos océanos) no se mencionaron en la convención republicana. Sólo hubo Trump. Elizabeth Warren, que podría considerarse la herramienta retórica más aguda de los demócratas, dijo que Trump "habló como un dictador de un país pequeño, en lugar de un hombre que busca convertirse en el presidente de la democracia más fuerte sobre la faz de la Tierra".
Si Clinton no está segura de su instinto, debe confiar en el de Warren. La senadora de Massachusetts no teme a la política de ataque. Pero no está llamando a una revolución al estilo de Bernie Sanders. Quiere fortalecer el sistema, no enterrarlo, al tiempo que reconoce que la "democracia más fuerte del planeta" todavía cuenta para algo.

Una abrumadora mayoría de los estadounidenses cree que el país va en el rumbo equivocado. Y lo mismo creían, por más de 2 a 1, en octubre de 2012. Semanas después reeligieron al presidente, lo que sugiere que entienden que la trayectoria no comienza a describir las complejidades de gobernar, o las consecuencias del cambio republicano del conservadurismo a la obstrucción antigobierno.

Ideales y agravios
Clinton no es Obama. Pero ella comparte su fe en la política y el gobierno como fuerzas del bien, y ha heredado su coalición, que es la cara colectiva del futuro de la nación. Es una coalición que, independientemente de lo insatisfecha que pueda estar en ocasiones, tiene mucho que ganar de un sistema político estadounidense correctamente desplegado para promover sus intereses en atención médica, educación, guarderías, infraestructura y un mundo estable. También es una coalición que entiende bien que Trump no es una alternativa y que su campaña es la semilla de la destrucción.

Clinton no se convertirá en una figura de confianza para noviembre. No se convertirá en una visionaria. Pero puede convertirse en el vehículo de los ideales estadounidenses amenazados por los agravios raciales y culturales que se hicieron visibles en Cleveland. Y puede ser la salvadora de las políticas que hagan que el país avance en lugar de sumirse en la oscuridad. Eso sería suficiente.

También puede hacer algo más: recordar a los votantes a los que su candidatura aún no los convence que el sistema que ella representa y promete renovar en su nombre también la limitaría y la hará rendir cuentas (por mucho que le moleste). El sistema ha caído en el descrédito, pero no está irreparablemente roto. Todavía.

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