Tribuna

MAdiba, el gran escalador

Hay personas que cambian la historia del mundo. Mandela fue una de ellas porque combinó genio político con valor moral.

06.12.2013 | 12:49

Hay personas que cambian la historia del mundo. Mandela fue una de ellas porque combinó genio político con valor moral.

Nelson Mandela dijo en cierta ocasión que "después de escalar una montaña muy alta descubres que hay muchas otras montañas por escalar". Creo que ese es un buen resumen de su vida, que empleó en enfrentar la opresión, y un epitafio que él aprobaría. Hubo muchos ochomiles en su vida y todos los superó con mucho esfuerzo y con mucha generosidad. Su vida cambió el curso de la historia del siglo XX y lo hizo sin violencia, apelando más a la convicción que a la imposición.

­He tenido la inmensa suerte de tratar a Nelson Mandela, Madiba, como era conocido, e incluso de compartir con él un almuerzo en el Palacio de Viana, una de las sedes del ministerio de Asuntos Exteriores, cuando era director general de política exterior para África. Era por encima de todo un gran señor y creo que ha sido la persona que más me ha impresionado entre las muchas que he conocido a lo largo de mi carrera diplomática. Mandela desprendía una dignidad y una elegancia natural inigualable, una suavidad en las formas que contrastaba con la firmeza de carácter que ha acreditado de sobra a lo largo de su dilatada vida de 95 años, en los que presumió de ser el dueño de su destino por encima de la opresión y de las torturas, un destino al servicio de la libertad, ideal por el que deseaba vivir pero por el que también afirmaba estar dispuesto a morir si era necesario. Y lo demostró con un prolongado cautiverio que hubiera podido acortar a costa de sus principios y de su dignidad. Pero no lo hizo.

Uno de trece hermanos de una distinguida familia xhosa (una de las grandes tribus sudafricanas junto con los ndebele y los zulús), abogado inspirado en los ideales que inspiró Ghandi durante su estancia en Sudáfrica, se convirtió en un temprano luchador por la libertad de su raza en un país que ofreciera a todos igualdad de oportunidades. Eso le enfrentaría irremediablemente contra el régimen de Apartheid con posturas de resistencia pasiva y de desobediencia civil, aunque inicialmente la represión (matanza de Shaperville en 1960) le llevara a dirigir el grupo guerrillero Lanza de la Nación negándose a condenar la violencia armada de su partido, el Congreso Nacional Africano, cuando el gobierno le ofreció la libertad si lo hacía. Esa actitud le llevó a estar nada menos que 27 años en las cárceles sudafricanas, 18 de los cuales los pasó en la de Robben Island donde llevaba un uniforme con el número 466 que haría famoso en el mundo entero. Hice un viaje a Johannesburg cuando Mandela estaba todavía en prisión y aproveché para visitar la modesta casa de madera que tenía en el barrio de Soweto para rendirle un discreto homenaje de admiración y de solidaridad.

En 1990 fue finalmente puesto en libertad por el presidente Frederik de Klerk con quien compartió el premio Nobel de la Paz. Este de Klerk abolió el Apartheid y visitó España durante la Exposición Universal de Sevilla en 1992 cuando algo ocurrió que forzó su precipitado regreso a Pretoria y recuerdo que yo tuve que acompañar a su esposa a visitar la Expo durante el día dedicado a la República Sudafricana. Esta señora, de muy agradable trato, fue años más tarde trágicamente asesinada en su casa de Cape Town durante un robo a mano armada. Incapaz de sentir rencor y poco sensible ante los galardones, Mandela afirmó siempre sentir una emoción especial ante lo que representaba este premio Nobel de la Paz y es que no todos los Nobel de la Paz son iguales.

Luego, con el país ya libre y los negros con derecho al voto, Mandela fue elegido presidente y desempeñó este cargo cinco años (1994-1999), durante un solo mandato, esforzándose por evitar todo tipo de revanchismos contra la minoría blanca hasta entonces dominadora y en crear un país que acogiera a blancos y negros por igual. La película Invictus, basada en el libro de John Carlin, dirigida por Clint Eastwood y con una sensacional interpretación a cargo de Morgan Freeman recoge muy bien esta ambición. Pero las cosas no son fáciles y su país conoce hoy muchos problemas entre los que la corrupción rampante y la falta de seguridad no son por desgracia los menores mientras se ha convertido en miembro activo del grupo de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), países de rápido crecimiento y con voluntad de influir en la marcha del mundo. Ese crecimiento acelerado es el que, al mismo tiempo, agudiza las desigualdades sociales y dificulta que los ciudadanos perciban de forma inmediata los beneficios de la mejoría que afirman los indicadores macroeconómicos con las consiguientes protestas, parecidas a las que se produjeron en Brasil durante la Copa Confederaciones de fútbol.

Aún así y aunque algunas cosas no estén saliendo en su país como él las hubiera deseado, Mandela puede estar satisfecho de una vida de lucha contra las vejaciones del Apartheid, al servicio de la libertad de sus compatriotas y de la igualdad entre todos los seres humanos al margen del color de su piel. Su última aparición pública fue durante la Copa del Mundo de fútbol que ganó España en Sudáfrica. El mundo es hoy un poco mejor gracias a él y de muy poca gente puede decirse algo parecido. Descanse ahora en paz con todo nuestro respeto porque se lo ha ganado y se lo merece.

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