Afganistán: Más sombras que claros

Tras diez años de guerra, la violencia talibán campa con toda impunidad por el territorio afgano

 06:30  

CARLES MULAS. VALENCIA El pasado viernes se cumplieron diez años del inicio de la guerra en Afganistán. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, el entonces presidente George W. Bush definió los ataques como actos de guerra, anunció una respuesta militar inmediata y el comienzo de la denominada "guerra contra el terror". Menos de un mes después, el 7 de octubre, el ejército estadounidense lanzaba la operación ´Libertad Duradera´, amparado en el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas, que define el derecho a la legítima defensa. En diciembre, las montañas de Tora Bora (Afganistán) fueron el escenario de la fallida operación de las fuerzas especiales de EE UU en busca del líder de Al Qaeda, Osama Ben Laden, cerebro del 11-S, que escapó, y se abrió una tan agotadora como eterna lucha contra los talibanes.
Diez años después, resultó que el líder de la red terrorista vivía tranquilamente en una urbanización de lujo en Abottabad, cerca de la capital paquistaní, Islamabad, donde murió a manos de un comando estadounidense en mayo pasado. Ese día, el presidente afgano, Hamid Karzai, avisó a Occidente que estaba equivocado: "No era en Afganistán donde se debía librar la guerra contra el terrorismo", expresó.
La contienda ha costado miles de muertos —unos 34.000 entre civiles y militares de ambos bandos— y el gasto económico de ese conflicto y el de Irak le ha supuesto a Washington cerca de 3,9 billones de dólares (unos 2,7 billones de euros). Solo la factura afgana se lleva este año una sexta parte del PIB estadounidense, al alcanzar un máximo de 120.000 millones de dólares (83.000 millones de euros). Como colofón, las tropas internacionales empiezan a retirarse sin haber conseguido derrotar a los talibanes, dejando un país sumido en la confusión.
No obstante, en un intento por mantener alto el alicaído optimismo de los países con tropas sobre el terreno, la OTAN y el Pentágono, por boca de su nuevo titular, Leon Panetta, señalaron el pasado jueves en la capital belga, Bruselas, que "se están haciendo bien las cosas", confiándolo todo a un relevo ordenado de las tropas de la ISAF por el ejército afgano en las misiones de seguridad. Sin embargo, Panetta anunció que EE UU mantendrá en Kabul un contingente militar más allá de 2014. Todo un signo de que la cosa no está clara.
Los talibanes, comandados por el mulá Omar, fueron desalojados en pocos días del poder en 2001, pero una década después Afganistán vive uno de los momentos más violentos del conflicto. Según un reciente informe de la universidad estadounidense de Brown, hasta hoy habrían fallecido unos 14.000 civiles. Y el primer semestre de este año, con casi 1.500 muertos, ha sido uno de los períodos más cruentos para la población afgana desde el inicio de la guerra, según datos de la misión de Naciones Unidas en Afganistán (Unama).

Avances y retrocesos
En el balance positivo de esta década de guerra hay que reconocer que hay indicios de progreso, como los seis millones de jóvenes que volvieron a la escuela, según cifras de la ONU. O que las niñas pueden asistir a clase, algo que les estaba prohibido durante el régimen integrista. Además, la prensa florece en Kabul, con varios diarios y revistas en circulación, y pueden verse hasta 10 canales de televisión. Pero estos avances
—que se disfrutan en la capital, y poco más— son solo un oasis en un desierto de dudas.
En el Afganistán de hoy, a la violencia extrema, de la que no se salvan los ´señores de la guerra´ afines a Karzai, hay que sumar el fenómeno de una corrupción política desenfrenada y el temor a un resurgimiento del ideario talibán, lo que ahonda la falta de esperanza popular en un futuro mejor.
El inicio de la retirada de los 130.000 militares estadounidenses y aliados de la fuerza internacional desplegados en el país, que concluirá en 2014, se realiza en paralelo al comienzo del traspaso de las responsabilidades defensivas de la OTAN al Ejército afgano.
Con todo, los cerca de 300.000 soldados y policías afganos no parecen suficientes para frenar a unas pocas decenas de miles de combatientes talibanes que, además, parecen haber cambiado de estrategia y ahora optan por lanzar ataques espectaculares y golpes contra altos cargos del débil gobierno de Hamid Karzai. Parece que nadie se puede fiar de nadie. Incluso un hermanastro del presidente, Ahmad Wali Karzai, fue asesinado en su casa abatido por un guardaespaldas de confianza, amigo íntimo de la familia
Hasta Kabul, la ciudad más blindada del país, ha sufrido en los últimos meses serios ataques y atentados dirigidos a minar la moral del Ejecutivo. El asesinato del expresidente Burhanudín Rabbani, el hombre enviado por Karzai para mediar con los talibanes, hace pocos días, supuso un duro revés a la estrategia de Washington de tender la mano a los integristas "moderados".
El exjefe de los servicios de inteligencia afganos (NDS), al que muchos sitúan como posible sucesor de Karzai, Amarulá Saleh, mostró su escepticismo sobre una negociación con los insurgentes. "Los líderes talibanes son totalmente favorables a la guerra, nunca han dicho que quieran la paz. La estrategia errónea del Gobierno desmoraliza al país", afirmó Saleh en una entrevista a la BBC.
Un viejo refrán de las montañas del Hindu Kush, que parten el país por la mitad, revela por qué la gran maquinaria bélica occidental no ha podido con la insurgencia: "No se puede matar a tiros a un mosquito escondido tras un elefante", en alusión al mimetismo talibán con el pueblo llano.

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