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Análisis

Obama vive en directo el éxito de sus GAL

 06:30  
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  Una de espías.  Internacional

MATÍAS VALLÉS. BLOG.DIARIODEMALLORCA.ES/ALAZAR La ejecución de Osama Bin Laden convierte al mundo "en un lugar más seguro", según el consenso de los gobernantes del planeta. Simultáneamente, la ejecución de Bin Laden convierte al mundo en un lugar más inseguro "porque Al Qaeda seguirá atacándonos", en palabras de Obama jaleadas asimismo por el aplauso global.
Si la inseguridad se dispara con la muerte del creador de Al Qaeda, el asesino acorralado no suponía un riesgo mayúsculo, sino un amortiguador de la violencia islamista. Por supuesto, la inocuidad no es el mensaje que desean transmitir los liquidadores, al decretar que el Bin Laden más peligroso es el Bin Laden muerto. Hasta el lunes, el planeta debía temblar ante la amenaza del terrorista vivo. Ahora debe estremecerse con el terrorista desaparecido, de donde el terror es secundario y lo importante es el miedo.
El presidente americano había sido fustigado con tal fuerza, por la similitud fonética de su apellido con el nombre del terrorista más buscado, que el duelo entre Obama y Osama derivó por fuerza hacia lo personal. Se llega así a la fotografía más importante de la historia, por encima de la caída de las torres gemelas, de los abusos de Abu Ghraib, y de las atrocidades de la pasada centuria en Vietnam. Las supera porque expande el nivel de degradación reinante en el mayor templo de la democracia mundial. La imagen muestra a la plana mayor de la Casa Blanca con el traje de matar, reunida ante la pantalla para contemplar la intervención en Pakistán con la expectación que en países más primitivos se reserva para un Barça-Madrid, o Super Bowl en su traducción estadounidense. Se extasiaban ante el vídeo doméstico donde parodiaban a Charles Bronson o Chuck Norris.
Obama vivió en directo el éxito de sus Gal, los rostros contraídos delatan el momento del gol. O sea, del disparo que atraviesa el cráneo del terrorista asaltado por ochenta comandos, una auténtica invasión de un país extranjero. Cuando amaine la euforia que provoca la sangre derramada, la Casa Blanca se arrepentirá de haber divulgado la fotografía, por mucho que se oculta pudorosamente la pantalla hasta que llegue Wikileaks y difunda el vídeo. La instantánea mejoraría de haber recogido los momentos de júbilo post mortem, y el brindis con un champán rojo sangre.
Es el cuadro coral más polisémico desde Las meninas. Hace unas décadas, la labor de exterminio se hubiera seguido por vía telefónica. En las futuras liquidaciones, Obama tendrá el honor de apretar el gatillo ejecutor desde la Casa Blanca y matar personalmente al Bin Laden de turno, mientras en la pared del despacho cuelga el testimonio gráfico de su proclamación como premio Nobel de l Paz, ahora revalidado con brillantez.
Al Occidente embarrado en el "vivos o muertos" de Bush le costará recuperarse moralmente de la celebración de un asesinato de alta tecnología. La inseguridad anímica supera a la incertidumbre de un atentado. En el "sí podemos" de Obama no figuraba la promesa de que "the world is a better place" por la eliminación gozosa de Bin Laden. Al contrario, el mundo empeora, porque también es falso proclamar que "justice has been done". La Justicia no se ha personado en esta operación colonial, que sería impensable en suelo americano.
Bush guardaba en su mesa del despacho oval el revólver de Sadam Husein. Obama puede reclamar el kalashnikov de Bin Laden, ahora que ha culminado el derramamiento de sangre iniciático que garantiza la entrada en las fraternidades criminales. Históricamente, Estados Unidos ha desarrollado la misma doctrina con el líder de Al Qaeda que con Gadafi. Se les subvenciona, se les ceba y son eliminados cuando su utilidad se erosiona. La sorpresa radica en el entusiasmo exterminador, por mucho que contribuya a un notable ahorro de los neoyorquinos en la factura del psicoanalista, disparada desde el 11-S.
¿Por qué se aparta Estados Unidos de su comportamiento? En 1995, el soldado neoyorquino Timothy McVeigh mató a 170 personas en Oklahoma. Fue el mayor atentado en suelo americano antes del 11-S y, dado que el autor lideraba un equipo de tres terroristas, superó en capacidad mortífera a Al Qaeda. Pese a ello, McVeigh fue juzgado con todas las garantías y condenado a la pena capital. Se hizo Justicia, tal vez el Obama licenciado en Harvard pueda apreciar la diferencia entre la muerte de un blanco norteamericano y de un árabe. El elemento racista contrasta con la limpieza demostrada por España al juzgar a los responsables del 11-M, donde los 192 muertos equivalen tras la corrección demográfica a las tres mil víctimas de la caída de las Torres.
Bin Laden era un asesino, un cobarde –sus extrañas diarreas lo relegaban a la segunda línea en el orden de combate– y un traidor a sus principios, refugiado en un palacete millonario como un jeque saudí. Se han necesitado diez años para localizarlo, amparado por el carísimo protectorado paquistaní. Aprobar una asignatura después de una década de exámenes no es motivo para el regocijo jubilatorio, sino para una comedida sensación de alivio.
La eliminación no impedirá el bombardeo de las cenizas de Bin Laden en territorio afgano, una vez corroborado que la indigencia intelectual de Bush le llevó a confundir Afganistán con Pakistán. El escándalo no está en la muerte de un terrorista que clamaba por su inmolación, sino en la repugnante celebración de la muerte contenida en la fotografía de la Casa Blanca. Como todos los imperios pueriles, Estados Unidos cree que el Mal es mortal. Obama parecía más elaborado.

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