EDUARDO LAGAR. SANTIAGO DE CHILE. ENVIADO ESPECIAL DE DIARIO DE MALLORCA.
Gerardo Collío, taxista de Valparaíso, se dio cuenta de que algo raro pasaba cuando el taxi empezó a llenársele de gente loca. Fue al mediodía de ayer, hora chilena. Las cuatro de la tarde en España. "No sabía qué hacer, lo mismo tenía diez personas metidas dentro, compadre. Y todos querían que los llevase pa arriba, pa los cerros". Lo que estaba pasando era que el Onemi, el Organismo Nacional de Emergencias de Chile, había activado la alerta de Tsunami en Valparaíso. A las 11.39 horas (en España cuatro horas más) se había producido en la región de O`Higgins, cerca de la localidad de Pichilemu, un terremoto con epicentro en el mar de 7,2 grados en la escala Richter. Duró 45 segundos. Era la réplica principal del gran terremoto de 8,8 grados que el pasado día 27 arrasó varias regiones chilenas. Ayer, pocos minutos después, hubo dos movimientos más, de6,9 y 6 grados cada uno. Acto seguido surgió el temor de que el mar se uniera al desconcierto. El Onemi, que no alertó del Tsunami el día 27, el fallo que realmente desató la tragedia humana, no quería que se repitiese la historia. Y advirtió a la población. Así que la gente del "Plano" de Valparaíso, como se denomina a la estrecha franja urbanizada junto al mar, se echó a tupir los cerros que caracterizan el caótico urbanismo de esta ciudad.Todos tiran cuesta arriba, a pie, en taxi, como sea. El taxista Collío parece un poco nervioso, pero lo disimula con una risa algo floja.Teme al océano pero, al menos, lo trató largamente. Estuvo veinte años sirviendo en la Armada chilena y luego se fue a trabajar a las plataformas petrolíferas. Más tarde encalló en su taxi negro y amarillo. Va contando lo que le pasó. "Oye, me para una mujer histérica con su hijita. Y tengo que decirle, mire señora tranquilícese, que si usted se pone nerviosa se le va a poner la niña enfermita". Gerardo va a recoger a un amigo que tiene al niño en el colegio y los han mandado a todos para casa. Todo el mundo está cerro arriba.
El colega del taxista lleva una gorra verde fosforito, de punto, tiene la piel muy morena, un padre en Barcelona, una tía en las Canarias, la cabeza quien sabe dónde y viste una camiseta de futbolista. Cuando llega al colegio del niño, de nueve años -"pero muy inocente", advierte como si no fuera normal- ya se le ha ido para casa. A esas horas, será la una menos cuarto, los 45 cerros de Valparaíso están repletos. La gente está descolocada y añade más desorden a unas colinas construidas con un caos inmejorable, tanto que le ha valido a la ciudad ser declarada Patrimonio de la Humanidad. Todo menos uniformidad se hallará en Valparaíso. Las calles tienen más colores de los que puede tragar la retina. Las pintadas tatúan cada rincón, hasta el más mínimo. Valparaiso tiene una piel ilustrada con profusión. Pero, a esas horas, nadie mira a una ciudad hecha para ser mirada.Todos están atentos a lo que puede pasar con el Pacífico, un nombre que no resulta muy apropiado, viendo lo que dicen que se avecina en una media hora. La gente se mira los ojos sin pudor, otra cosa es que vean algo. Están desnudos unos ante los otros. Todos llevan un móvil en la mano. Habrá que ver cuántos funcionan. Miles de contestadores estarán diciendo que hay sobrecarga en la red. Pero mantienen el móvil pegado a la oreja como si intentasen meterse dentro. Algo va a pasar pero no ha pasado. Es un tiempo muerto. Algunas se agarran a sus bolsos. Algunos se acodan en las ruedas de repuesto de los todoterrenos, como en la barra de un bar. En los cerros, pequeños paseos y muchos con nombre inglés hacen las veces de miradores. Empieza a vaciarse la bahía del gran puerto chileno que fue desbancado como parada intercontinental obligada al abrirse el canal de Panamá. Envían a los buques mar adentro. Estos días había mucho trasiego de uva de mesa para la exportación.
El taxista Collío conduce por las estrechas calles de cerro Concepción, un lugar-postal. Va a una velocidad imposible. Habrá tenido que pasar por encima de varios cuerpos y automóviles para seguir a este ritmo. Parece que puede poner el coche de canto y seguir adelante. Cuando se detiene, los paseantes –todo el mundo va y viene con el alma en el móvil- devuelven la mirada directamente a los ocupantes del taxi. Y el copiloto, el padre de cabeza verde fosforescente que no encuentra a su hijo, saca medio cuerpo y bromea:"¡Qué pasa loco!, verás cómo vamos a hacer la ola". Pasa una tremenda morena (hay surtido selecto en azabache por aquí) y no se le escapa viva. Se da la vuelta y aprovechando que las ventanillas traseras están abiertas, le larga un anzuelo a ver si la pilla: "¡Pánico, contigo sí que se me quita el pánico!". El taxista Collío se parte a lo zorro. No pasa nada en el Pacífico. Pero todos siguen apelotonados en los cerros. Los hay vestidos de cocineros, de camareros, de escolares, colegialas de faldita, colegiales de corbata floja, padres con niños de manta en brazos. No hay histeria, pero sí que todos están alerta. Mientras, van comentando lo que pasó. Que el terremoto se dejó notar en el edificio del Senado cuando Piñera se vestía con la banda presidencial. Otros se preguntaban qué ocurrirá si el Tsunami al final llega y se repite lo que Concepción del 27. Pero nada pasa. El Pacífico sigue pacífico. En dos tensas horas los cerros de Valparaíso van vaciándose de gente que vuelve a la marea de la normalidad cotidiana. Bandera verde. Eso sí, en el plano todos los comercios están cerrados. Pasan algunos que vienen de comprar velas en algún boliche, por si hay cortes de luz. Por la Ruta 68, la autopista que une a la ciudad con Santiago a través los viñedos del valle de Casablanca, se marchan pitando entre motoristas y cristales tintados comitivas de los altos mandatarios que acompañaron a Piñera en su toma de mando. La comida para celebrarlo fue suspendida. Un avión los espera en Santiago para llevarlos lejos del Tsunami que no fue.