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HEMEROTECA » |
EUGENIO FUENTES. PALMA.
El pasado 9 de enero, un despacho de agencia elevaba un poco más el listón de la brutalidad en la narcoguerra que desangra a México: "Cártel cose cara de rival en balón de fútbol". El despacho explicaba que, tras ser secuestrado en Sonora días antes, el narco Hugo Hernández, de 36 años, fue asesinado en Los Mochis, en el Estado de Sinaloa, casa madre del que parece el cártel mexicano más poderoso. El cuerpo de Hernández, miembro de otro poderoso cártel, el de Juárez, fue dividido en siete partes: el torso, depositado en un cubo de basura; los brazos, piernas y cráneo, abandonados en una caja; y el rostro, cosido a la pelota y dejado como desafío a las puertas del ayuntamiento.
Aunque sin recurrir a balones, hace años que en México ruedan cabezas por las pistas de las discotecas. Las cifras, como todo lo que rodea al narcotráfico, son oscuras, pero un cómputo del diario El Universal eleva a más de 16.000 los muertos desde que en diciembre de 2006 llegó a la presidencia el conservador Felipe Calderón e hizo de la guerra al narco la divisa de su mandato.
Sólo en 2009, los muertos fueron 7.724, más de 20 diarios. Una tercera parte (2.660) cayeron en Juárez, el actual epicentro de una narcoviolencia que, desde principios de 2010, ya se ha cobrado unas 400 vidas sólo en esa localidad del Estado de Chihuahua fronteriza con EEUU. Calderón tiene allí desplegados 8.000 militares y 2.400 policías federales, que se suman a otros 3.000 agentes locales.
Ciudad Juárez, antaño llamada Paso del Norte, siempre fue, como buen enclave fronterizo, un nido de violencia, contrabando y excesos, una tierra de nadie en mitad del desierto. Fundada por españoles en el siglo XVII en uno de los pocos lugares por los que podía cruzarse el caudaloso río Bravo –al que en EEUU llaman Grande–, fue avanzadilla militar y de misioneros, y a finales del siglo XIX se convirtió en sede de afamados casinos y prostíbulos cuyo esplendor llegó al decretarse en EEUU la Ley Seca (1919-1933). En la década de 1960, su posición estratégica la convirtió en sede de una pujante industria de maquilas, plantas de ensamblaje de bienes destinados a la exportación a EEUU. Dicen los expertos que ahí empezó la pesadilla de Juarez. Hace unos años salía por ella el 90% de la cocaína destinada al vecino del norte. Ahora mismo, pese a haberse convertido en la boca del infierno, todavía sale el 60 por ciento.
Es difícil vivir en la ciudad más violenta del mundo. Su tasa de homicidios en 2009 (191 por cada 100.000 habitantes) supera con mucho la de su principal rival, la hondureña San Pedro Sula (119), y deja chica la peligrosidad de San Salvador (95), Caracas (94) o Guatemala (86).
Aunque la mayoría de los muertos son narcos, la sangre salpica. El mejor ejemplo lo representan los 15 adolescentes asesinados por sicarios el pasado 31 de enero mientras celebraban una fiesta. Al parecer, y en contra de la opinión apresurada del presidente Calderón, no eran pandilleros sino un fugaz objeto de placer para asesinos ociosos.
Calderón tuvo que rectificar y, desde entonces, ha visitado dos veces la ciudad, entre protestas de una población acogotada no sólo por los narcos sino por una legión de 50.000 drogadictos dedicados al robo, el asalto callejero, la extorsión, el secuestro exprés y el asesinato. Por no hablar de las misteriosas muertes de mujeres que tantos ríos de tinta han hecho correr.
"Quiero vivir las calles de Juárez", reza una expresiva pintada en una localidad cuyas principales arterias, que hace cinco años rivalizaban en bullicio con Las Vegas, se apagan al ponerse el sol. Sólo las patrullan 5.000 heroinómanos a la caza de la última dosis. Dentro de diez años, si las cosas no cambian, serán 20.000.
No es, pues, de extrañar que Ciudad Juarez se vacíe. Todo el que puede se marcha, muchos a la vecina El Paso, un oasis de calma al otro lado de la frontera. Entre 75.000 y 500.000 personas –hay tantas estimaciones como fuentes– habrían huido de una localidad que en 2005 contaba 1,3 millones de habitantes y hoy tiene 116.000 viviendas vacías.
Además, la crisis económica ha ensanchado la grieta abierta por la narcoviolencia: según la Cámara de Comercio mexicana, hace dos años había 11.000 negocios abiertos. Hoy sólo quedan 2.700 y se han perdido 200.000 empleos en un año. Como consecuencia, 70.000 jóvenes de 15 a 20 años ni estudian ni trabajan; tan sólo son candidatos a toxicómanos delincuentes. La Cámara de Comercio local ha pedido la intervención de los cascos azules de la ONU.
Entender cómo Ciudad Juárez y el conjunto de México han llegado a esta situación requiere echar la vista atrás. A la frontera entre los años 80 y 90, cuando EEUU decidió combatir a fondo el tráfico de cocaína desde Colombia a través del Caribe, la ruta más barata. Los capos colombianos, con el legendario Pablo Escobar a la cabeza, optaron por explorar la segunda ruta más barata y se aliaron con traficantes mexicanos, que hasta entonces se limitaban a introducir marihuana y heroína en EEUU. En 1991, el 50% de la cocaína colombiana transitaba por México; en 2004, ya era el 90 por ciento.
En los años 90, Colombia combatió con éxito a los grandes cárteles de Cali y Medellín. Los mexicanos, que hasta entonces aceptaban los precios de los colombianos, pasaron a tener una posición de fuerza y a marcar ellos mismos lo que estaban dispuestos a pagar a sus proveedores, ahora más débiles. El mando del negocio de la coca se trasladó de Colombia a México, donde los cárteles empezaron a proliferar, añadiendo a su muestrario las drogas de diseño y la trata de seres humanos.
El narcotráfico mexicano, con tentáculos en 47 países, emplea a 450.000 personas y dejó en 2009 entre 20.000 y 40.000 millones de dólares de beneficio. Sin contar las ganancias para EEUU, donde los narcos compran todo tipo de armas sin limitación, haciendo que las rutas de las drogas y las de las armas sean un solo camino de ida y vuelta.
Con la abundancia llegó la lucha por el control de zonas, rutas de transporte y redes de distribución en EEUU. Súmese a ello la convulsión que representó, también en los años 90, la pérdida de la posición hegemónica que durante décadas tuvo el PRI en la política mexicana. Las viejas alianzas entre políticos, jueces, policías, militares y narcos saltaron por los aires, revolviendo a fondo la olla podrida de un país en el que la ´mordida´ es una institución.
Sin embargo, y pese a las continuas peleas entre bandas, en un país cuya imagen se vincula desde antiguo a la pendencia y el alcohol duro, nunca se habían alcanzado los niveles de violencia de la actual guerra, cuyos inicios se remontan a 2003.
El 14 de marzo de ese año fue detenido Osiel Cárdenas, el jefe del cártel entonces más poderoso, el del Golfo, bien asentado en Tamaulipas, Nuevo León y Michoacán, y con un amplio control de políticos, policías y directores de prisiones. El Golfo tenía, además, un temible cuerpo paramilitar, Los Zetas, compuesto por ex militares de elite especializados en la lucha contra los narcos. Los Zetas son hoy un cártel autónomo.
La caída de Cárdenas, extraditado a EEUU en 2007, puso sangre en los dientes al potente cártel de Sinaloa, decidido a arrebatar a tiros su parte al Golfo. Y empezó una guerra que implica a ocho grandes cárteles (ver gráfico en la página anterior). El de Sinaloa, hoy el más poderoso, es uno de los más veteranos, ya que, junto con el de Tijuana, nació de la ruptura del de Guadalajara, el primer grupo surgido de los pactos con los colombianos para distribuir cocaína.
Tomas de postura
La guerra entre Sinaloa y el Golfo obligó a otros cárteles a tomar postura, multiplicando la frecuencia de los tiros. El Golfo se apoyó en Tijuana, hoy muy debilitado, mientras que Sinaloa pactó con Juárez y con el cártel del Milenio, bien implantado en Jalisco y Michoacán, aunque hoy venido a menos.
La auténtica escalada no se produjo hasta 2007 y surgió de una ruptura en el interior de Sinaloa. Dirigido por Joaquín ´Chapo´ Guzmán, que se encuentra en paradero desconocido desde su huida de prisión en 2001, el cártel basaba su fuerza en los lugartenientes del Chapo, los cinco hermanos Beltrán Leyva, capitanes de dos temibles grupos de asesinos: Los Pelones y Los Güeros.
Al parecer, los hermanos Beltrán Leyva, conscientes de su poder de fuego, empezaron a negociar por su cuenta. Uno de los dos más importantes, Alfredo, supervisor de grandes tráficos e importantes operaciones de blanqueo, fue detenido en enero de 2008. En venganza, los Beltrán asesinaron al jefe de la Policía Federal mexicana, el ojito derecho del presidente Calderón, que la remodeló a fondo para contrarrestar la corrupción de otros cuerpos.
Cosido a balazos
Además, los hermanos acusaron al ´Chapo´ Guzmán de haber vendido a Alfredo y asesinaron a su hijo de 22 años, Edgar Guzmán, cosido a balazos por quince sicarios en el parking de una gran superficie. Ése fue el inicio de la muy cruenta fase actual, en la que los de Juárez se han alineado con los Beltrán Leyva para hacer frente a los de Sinaloa. Estos pretenden desalojarlos del estratégico paso y han convertido la ciudad, que en 2007 ´sólo´ había sufrido 227 asesinatos, en el principal frente de la guerra.
¿Hasta cuándo seguirán ardiendo Ciudad Juárez y México? Nadie se atreve a profetizarlo. En cualquier caso, el convencimiento que se abre paso en el país es que, pese a los 50.000 soldados y policías que ha puesto Calderón en juego, la solución bélica no vale. Numerosos funcionarios de México y EEUU, aseguran en privado, que el mejor golpe a los narcos sería legalizar la marihuana, que les aporta el 50% de sus ingresos. Uno de ellos ha llegado incluso a ironizar que "el objetivo de México debería ser transformar a EEUU en un país autosuficiente en marihuana".
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