Jon Favreau –el niño prodigio que a sus 28 años modula la oratoria de Obama– ha tenido que escribir dos discursos del Estado de la Unión, antes y después de la derrota en el referéndum de Massachusetts. Desde la UCI, el presidente emuló por fin a Roosevelt. Su nombre en código para el servicio secreto es Renegade, y el miércoles renegó de haber "rescatado a los mismos bancos que ayudaron a causar esta crisis". A continuación exprimió, por cuatro veces en un mismo párrafo, el concepto de odio en sus diversas variantes, hasta insistir por dos veces en que "odié el rescate bancario".
A lomos de su populismo aristocrático, Obama predica el odio a los bancos. El mundo se comporta como un imperio sin emperador, pero su figura más representativa carga contra el pulmón financiero. Junto a las entidades financieras, también fueron apedreados los lobbies de presión y las aseguradoras. Desde el momento en que un banquero pasa a ser quien "nos pone en riesgo por su interés egoísta", comprendemos que la banca no sólo llegó a ser más poderosa que algunos países, sino más relevante que Estados Unidos. La alternativa son los microcréditos, una iniciativa concebida para las chabolas de Bangla Desh.
Obama se mostró nostálgico hacia la unanimidad suscitada por el 11-S. Si la caída de las Torres extingue el liberalismo político y condena a los ciudadanos a desnudarse ante cualquier autoridad, el discurso presidencial confirma que la crisis económica ha liquidado el liberalismo financiero y la alegre globalización. Las empresas "han de quedarse entre nuestras fronteras", en un alarde proteccionista. El 27 de enero engrosará la historia como el día en que Obama se despertó americano.
La severa autocrítica no se deslizó hasta la modestia. Obama restauró el imperialismo, en primer lugar desde la envidia del Ave español –"no hay razones para que Europa o China tengan mejores trenes"–. Estados Unidos se reincorpora a la competición, porque "América debe ser la nación que lidera la economía global" y "no acepto el segundo puesto para los Estados Unidos". La competitividad se propagará a la educación, donde "en vez de recompensar el fracaso, recompensaremos el triunfo".
Las cuatro quintas partes del discurso se centraron en la economía. Obama no perdió la oportunidad de citar a su presidente fetiche, Ronald Reagan. Su elocuencia despierta todavía el hormigueo de la emoción compartida, porque no se refugia en los imponderables. Sólo cometió un desliz, "intentemos el sentido común". Sí, es la expresión favorita de Rajoy.