Bagdad. Irak
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La violencia volvió a golpear ayer Bagdad, donde una cadena de atentados causó al menos 127 muertos y 450 heridos, en un momento en que el país parece salir de la crisis electoral con el acuerdo para celebrar comicios generales el 6 de marzo del 2010.
Esta última cifra de víctimas, dada por una fuente del Ministerio de Interior, convierte esta jornada negra en la segunda más mortífera en lo que lleva de año en Irak, después del pasado 25 de octubre, cuando fallecieron 155 personas en otra cadena de ataques.
Según la fuente del Ministerio de Interior, hubo cinco ataques, cuatro de ellos perpetrados por suicidas que conducían coches-bomba, que estallaron de forma consecutiva. Esa fuente explicó que el primer atentado ocurrió frente al Ministerio de Finanzas en la avenida al Gumhuriya, en el pleno centro de la capital y fue cometido con un coche-bomba que fue detonado a distancia.
El segundo, ocurrió frente al Tribunal Central de Al Karag, en el barrio de al Mansur, en el oeste de la ciudad, donde un terrorista suicida hizo estallar una carga explosiva en el vehículo que conducía. Un tercer suicida detonó otro coche-bomba cerca del Instituto de Justicia, en el barrio de Al Qahira, en el norte de Bagdad, y un cuarto lo hizo cerca del ministerio de Interior. El último de los atentados tuvo lugar en el barrio de Al Dura, en el sur de la capital. Inmediatamente después, las autoridades iraquíes se apresuraron a culpar al grupo terrorista Al Qaeda y al ex partido gobernante Baaz.
La información de un taxista
Por otra parte, la información de que Saddam Hussein podría hacer uso en poco tiempo de armas de destrucción masiva que por lo visto facilitó un taxista al gobierno británico fue determinante en la guerra de Irak, aseguró el diputado conservador y miembro de la comisión de Defensa, Adam Holloway en un informe publicado ayer.
Los datos sobre las supuestas armas de destrucción masivas resultaron no ser creíbles, escribió Holloway en el informe. "Procedían de un taxista en la frontera entre Irak y Jordania, que se acordaba de una conversación escuchada por casualidad en su taxi dos años antes".
Un miembro de los servicios secretos había apuntado a pie de página que era posible "demostrar que esas informaciones eran falsas". Aun así el gobierno le concedió credibilidad.