NADEEM SHARWAR
Se escucharon ruidos de disparos y explosiones y la sangre salpicó alrededor. Nunca antes había ocurrido en el cuartel general del sexto poder militar en el mundo, el Ejército paquistaní. El jefe de 600.000 soldados fue evacuado de su oficina y los militares corrieron en medio del pánico para salvar sus vidas. Apenas nueve insurgentes talibanes, armados con rifles de asalto, granadas de mano y un chaleco explosivo, fueron suficientes para asaltar el sábado la base del Ejército en la ciudad de Rawalpindi y mantener retenidos a más de 40 rehenes durante 22 horas. Lo ocurrido ha causado preocupación entre la comunidad internacional, que teme por la seguridad de las cien cabezas nucleares que posee el país.
Cinco rebeldes murieron mientras asesinaban a cuatro soldados y a un civil pero, como habían planeado, otro grupo de de asaltantes consiguió entrar en un edificio de seguridad, justo al lado de la entrada principal del lugar. "Escuchamos las explosiones y tiroteos y nos sentimos impresionados", dijo un militar que trabaja en la administración del cuartel general. "Al principio pensamos que estabamos siendo atacados por los indios o los estadounidenses pero después nos enteramos de que eran talibanes", añadió. Para entonces, los militares ya estaban escondidos debajo de las mesas.
El ataque se ha producido cuando las autoridades paquistaníes y estadounidenses todavía celebraban la muerte del jefe talibán Baitullah Mehsud, que murió a principios de agosto en un ataque en la región rural y montañosa de Pakistán, en la frontera con Afganistán. "Es curioso. Escuchamos a los militares paquistaníes decir que la columna vetebral de los talibanes estaba rota tras la muerte de Meshud. Pero ¿puede perpetrar un ataque tan bien planeado contra el cuartel general alguien con la columna vertebral rota?", se preguntaba el antiguo jefe de la oficina de inteligencia civil, Masood Sharif, consciente de que los talibanes no han hecho más que enseñar los dientes.