ALBERTO MAGRO. PALMA.
En Honduras saben mucho de golpes de estado. Los han tenido de todos los colores: negociados y huracanados; militares y civiles; esperados y temidos; cruentos y silenciosos. Por eso en Honduras saben un rato de golpes. Y también por eso choca la frase que circula estos días por las calles de esta pequeña república de ocho millones de habitantes en la que la democracia lleva desde 1982 tratando de abrirse paso: "Esto no es un golpe". Es la frase más repetida. La dicen aquí y allá. Mallorquines en Honduras y hondureños en Mallorca. "Llevo en este país 45 años y he vivido varios golpes de estado, pero esto no ha sido un golpe de estado", sintetiza el padre Antonio Quetglas, un mallorquín de Santa Eugènia que ha pasado más de media vida de misiones en Honduras y estos días observa la actualidad tan tranquilo como expectante. "Estamos haciendo vida normal. Ayer (por el domingo) tuvimos las misas normales, menos la última, que hubo que interrumpirla porque cayó un diluvio", cuenta con tono pausado, como si no hubiera un golpe. "Es que no ha sido un golpe –argumenta paciente el padre Quetglas–", que atribuye la caída de Zelaya al propio Zelaya y a su insistencia en celebrar un referéndum que todas las instituciones de la república, desde el Congreso al Alto Tribunal, habían declarado ilegal. "Aquí no sentimos que peligre la democracia".
Y si peligra, que peligre: el padre Quetglas se las ve cada mañana con una tarea lo suficientemente exigente como para que las disputas políticas sean el menor de sus problemas. En la misión en la que ha pasado 45 de sus 78 años luchan cada día por educar y alimentar a 5.000 niños sin recursos. "Les damos cinco comidas al día", recalca el sacerdote, que lamenta que los políticos vivan de espaldas a una sociedad hambrienta y necesitada. "Se han abandonado los hospitales, los colegios, los muros para evitar las inundaciones que empezarán dentro de poco. Y los políticos están a otras cosas", resume, crítico con el depuesto Zelaya.
Tampoco los hondureños de Mallorca parecen dispuestos a dar la cara por Zelaya. Ni ellos –apenas 150 en la isla–, ni el 77 por ciento de la población hondureña, que en una reciente encuesta del diario La Prensa de Honduras –marcadamente contrario a Zelaya–?aseguraban estar en contra de las políticas del mandatario expulsado del país. "La gente no le quiere", coincide Sandra Patricia Torres, una joven locutora hondureña que reside en Mallorca desde hace casi cuatro años. Desde la distancia, vive el cambio sumida en la incertidumbre, aunque reconoce estar satisfecha con el vuelco. "Llegar a estos extremos no le va bien a ningún país, pero sí es cierto que hay satisfacción por la salida de Zelaya. En el país se temía una evolución en la dirección de Venezuela, un nuevo Chávez", abunda Torres, que está en contacto permanente con la familia que dejó en Tegucigalpa. "Están tranquilos porque el día amaneció tranquilo, pero sienten la presión de la situación".
Quien ha dejado de sentirla en directo es Vanessa Galván, una joven de 25 años que acaba de aterrizar procedente de Honduras tras haber trabajando allí como cooperante durante 18 meses. El golpe que no es golpe la coge casi deshaciendo la maleta. Y colgada del teléfono. "He dejado allí muchos amigos, que estaban preocupados. Han pasado horas sin agua ni electricidad, y tampoco tenían muy claro qué estaba pasando. Si parece que de momento no hay violencia, pero nunca sabes. La verdad es que estoy preocupada", cuenta, antes de meter el dedo en la misma llaga que el padre Quetglas y Patricia Torres: "Allí hay de todo, pero Zelaya no tiene mucho apoyo. La gente se temía una jugada como la de Venezuela".
Miedo a grupos venezolanos
Ese miedo estaba en la calle incluso ayer, convenientemente alimentado por los diarios de referencia en el país. En los titulares engordaba el miedo a Venezuela, mientras encogía la casi unánime contestación internacional al golpe que dicen que no es golpe. "Están hablando de que pueden llegar de fuera, de Venezuela, grupos de agitadores para provocar manifestaciones y desestabilizar el país desde dentro", cuenta desde el centro de Tegucigalpa Eduardo Ortez, estudiante hondureño, que se teme lo peor: "Si no llegamos a las elecciones y no se renueva la democracia, puede haber sangre después de muchos años", advierte. Y profundiza en su análisis: "Zelaya se ha echado demasiados enemigos. En la prensa, en las empresas, en la oposición, en su propio partido. Y no tiene tanto respaldo entre los más pobres como él cree. Son muchos enemigos". Demasiados como para evitar un golpe. Aunque sea uno que no es golpe.