JOSÉ M. SANZ. BRUSELAS.
Venía precedida por una fama de obstinado euroescepticismo, pero la crisis provocada por el corte del suministro de gas ruso está brindando a la República Checa la ocasión de probar que puede y quiere pilotar Europa.
El Gobierno checo es consciente de que en el conflicto del gas ruso se juega ante sus socios de la UE el éxito o fracaso de su presidencia europea recién estrenada. El primer ministro, Mirek Topolánek, no dudó en tomar las riendas de la negociación con el objetivo de arrancar un acuerdo por escrito que permita restablecer cuanto antes el suministro de gas ruso a centenares de miles de europeos que se han quedado sin combustible en el peor invierno de la década. En un peregrinaje diplomático que recuerda al de su predecesor en el cargo, Nicolas Sarkozy, durante la invasión rusa de Georgia, Topolánek va y viene en estos momentos entre Kiev y Moscú tratando de poner a las dos partes de acuerdo sobre el despliegue de observadores que verifiquen a uno y otro lado de las fronteras si el gas que Rusia dice enviar a Europa a través de Ucrania sale o no de este país.
Situación desesperada
Aunque esta vez no se trata de parar una guerra, es tan desesperada la situación en algunos estados del Este y de los Balcanes que el plazo para encontrar una solución política se cuenta ya por horas y no por días. En esta misión, las autoridades checas están dando muestras de voluntarismo.
"Nuestro pasado de dependencia energética y nuestra larga permanencia en el bloque del Este nos hace comprender muy bien el problema y podemos ser un actor muy activo y eficiente", declaraba el primer ministro checo. Su ministro de Asuntos Exteriores, Karel Schwarzenberg, manifestaba: "Somos uno de los países en el mundo que mejor conoce a Rusia". La afirmación es cierta, pero también es uno de los países de la ´nueva Europa´ que más ha enojado a Rusia. El fervoroso americanismo del gobierno checo, que se ha traducido ya en un acuerdo con Washington para desplegar elementos del escudo antimisiles de EEUU en el país, es considerado en Moscú casi una provocación.