MELITÓN CARDONA (*)
En razón a su accidentado territorio, Osetia del Sur ofrece un valor estratégico limitado. El primer presidente de la Georgia independiente, un escritor metido en política llamado Zviad Gamsajurdia, se empeñó en suprimir la autonomía concedida por la URSS a Abjasia y Osetia del Sur bajo la soberanía de Georgia. Moscú les prestó un apoyo estratégico y logístico que precipitó la derrota de los georgianos y en 1992 Shevernadze se vio forzado a firmar un alto el fuego que puso fin de facto a dicha soberanía. Ahora, el Presidente Saakashvili está empeñado en restablecer la integridad territorial de su pequeña república, sin tener en cuenta que el noventa por ciento de la población surosetia dispone de pasaporte ruso y que el debate sobre el proyectado ingreso de Georgia en la OTAN ha sido pospuesto, al menos, hasta diciembre.
En los últimos años, Georgia se ha convertido en la encrucijada del transporte de hidrocarburos del Caspio hacia Europa. Toda la región está hoy escindida en dos ejes: Moscú-Ereván-Teherán y Washington-Ankara-Tiflis- Bakú, una zona en la que, por cierto y dicho sea de pasada, nuestro país se propone abrir varias embajadas, siguiendo una de las recomendaciones formuladas por la Comisión interministerial para la reforma integral del Servicio Exterior que yo mismo presidí. La Federación rusa no parece dispuesta a contemplar cruzada de brazos el ingreso de Georgia y Ucrania en la OTAN y sus fuerzas armadas no dejarán de aprovechar cualquier ocasión para exigir una modernización que viene reclamando insistentemente y que los precios del petróleo posibilitan hoy.
Hace ya tiempo que Georgia está jugando con fuego y es muy probable que acabe quemándose. Su presupuesto de defensa ha pasado en cinco años de treinta a mil millones de dólares, lo que representa el diez por ciento de su producto interior bruto; semejante gasto es un récord mundial, puesto que ya suele considerarse elevado un tres o cuatro por ciento. Así, no es de extrañar que los medios de comunicación rusos consideren que Georgia es un "Israel del Cáucaso" apoyado por los Estados Unidos para debilitar a la Federación rusa.
El ataque georgiano a Osetia del Sur puede haber sido fruto de un error de cálculo de consecuencias impredecibles; Saakashvili tal vez pensó que, con Putin en Pekín y Medvévev de vacaciones, un ataque devastador favorecería sus planes de restablecimiento de la integridad territorial georgiana; el día antes del ataque había asegurado, en público y solemnemente, que optaba por la negociación, por lo que da la impresión de que, si creía contar con un apoyo decisivo de Estados Unidos y de Europa, su error de cálculo fue de los que hacen época. Ahora acusa a los rusos de haber dejado Tsjinvali a ras de suelo, cuando fue su propia artillería la que la arrasó, causando numerosas bajas. Conviene señalar que al atacar a Osetia del Sur, incluidas las fuerzas rusas de paz allá desplegadas, no sólo violó los acuerdos de 1992, sino que provocó a una gran potencia que cada vez más muestra más autoestima y menos complejos en su política exterior, como señalé recientemente en un artículo en este periódico. De ahí que Putin acabe de afirmar que la propia Georgia "ha asestado un golpe mortal a su integridad territorial y difícilmente recuperará su soberanía sobre el territorio que ha atacado".
(*) Embajador de España en el Reino de Dinamarca.