La difícil lectura de unas elecciones

Cuatro décadas de transición no han bastado para cimentar los fundamentos de los ensayos sobre la actualidad política, un género literario de honda raigambre en países con más prolongada longevidad democrática

Matías Vallés

La mediocridad de la clase gobernante española viene avalada por los tres choques electorales del siglo XXI, en todos los casos con Mariano Rajoy en uno de los rincones. Por desgracia, la digestión literaria de la actualidad no desentona de sus protagonistas. Cuatro décadas de transición no han bastado para cimentar los fundamentos de un género arraigado en geografías con mayor longevidad democrática. Un país que sitúa Anatomía de un instante en la cumbre de la literatura política tiene un problema.

En algún momento fuimos víctimas del espejismo, porque nos las prometíamos muy felices cuando Gregorio Morán vulneraba los códigos del consenso para retratar sin piedad a Adolfo Suárez en Historia de una ambición. Si se hubiera ahondado por esta senda, seríamos un país literariamente avanzado. Por desgracia, la mayoría de periodistas que dieron el salto al libro creyeron que sus tomos podían compartir las carencias de su prosa.

Nunca hemos disfrutado en lo político de la epifanía de aventuras que supusieron en lo económico Jesús Cacho y Ernesto Ekaizer, a menudo desde perspectivas enfrentadas. Sus retratos de Mario Conde, Javier de la Rosa, Pedro Toledo o Mariano Rubio ofrecen una perspectiva más valiosa de la España finisecular que la novelística contemporánea. Se leían con la pasión de un Alatriste, pero no gozaban de correlato en las biografías de los prohombres de la transición.

La ausencia de libros nunca fue una razón para dejar de leer, y periódicamente sentimos la punzada de la política contada por sus perpetradores. El ejemplo magistral de la vertiente memorística es El cortesano y su fantasma, donde Xavier Rubert de Ventós reconstruye su experiencia en el balneario del Parlamento Europeo dentro de las filas del PSOE. Ningún autor ha podido competir en lucidez irónica con el filósofo catalán. A decir verdad, también él ha extraviado esa virtud, al colocar su prosa al servicio exclusivo del furor independentista. Es el caso de Fernando Savater, pero al otro lado del espejo.

Los políticos más fascinantes en la arena decaen en el sosiego de la escritura. Quién no acometería con entusiasmo las memorias de Alfonso Guerra, para enfangarse en una prolijidad autojustificatoria, muy por debajo de un mitin del mismo autor. Los candidatos decepcionan con mayor intensidad en el formato libro, probablemente por las mismas razones que desaconsejan la lectura de los perfiles biográficos elaborados por la Real Academia de la Historia. Por qué habríamos de exigir una óptica adecuada a los aficionados, cuando los historiadores profesionales nos decepcionan en el ejercicio de su asignatura.

La literatura de actualidad política ofrece tan exiguos ejemplos de gloria que todavía evocamos con admiración las crónicas de Martín Prieto sobre el juicio del 23-F, empaquetadas en libro. Y cuando un expresidente como Leopoldo Calvo Sotelo publica su anodina Memoria viva de la transición, recibe parabienes desmesurados ante la constatación de que no se pasó un año en La Moncloa tocando el piano.

Los actores –María Asquerino– o los pensadores –Luis Racionero– son más descarnados en la descripción de sus experiencias íntimas que los políticos. Ninguno puede aproximarse en España a los sensacionales diarios de Alan Clark, el ministro de Thatcher y acreditado donjuán que narró sus andanzas eróticas y sus ansiedades políticas con una desfachatez que permite compararlo a Pepys.

La sinceridad no constituye una virtud política. De ahí el mérito sobresaliente de los sucesivos libros de Fabián Estapé, que exorciza el franquismo sin olvidar el papel que jugó durante aquella época. Por comparación, habría que concluir que la mayoría de gobernantes españoles se avergüenzan del papel que han desempeñado en la historia. Indirectamente, la escasez de obras de interés refleja el nulo papel que los políticos autóctonos conceden a la literatura.

Suárez y González no pasarán a la historia como lectores acendrados. Aznar leyó a Azaña sin demasiado provecho, y la pasión de Zapatero por Borges no ha contaminado la visión naïf del actual presidente del Gobierno. España carece de un Clinton –obligado a camuflar su erudición– o un Mitterrand, literariamente retratado con elegancia por Franz-Olivier Giesbert o por la trilogía de Jacques Attali en su Verbatim. No hay nada comparable a Françoise Giroud sobre Giscard, o a Montanelli vaticinando la degeneración actual de Berlusconi. Y por si rastrea una mención a la autobiografía de Rajoy, parece escrita por un niño de seis años, no muy aventajado.

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