Análisis

Balears, más partidos que nunca

Si Podemos y Més hubieran presentado una candidatura única, habrían aspirado a revalidar conjuntamente el ´sorpasso´ del PP que suman por separado - Solo uno de cada tres adultos de la comunidad vota bipartidismo

22.12.2015 | 02:35

La pérdida de las lealtades. Cada votante de Balears ha adquirido personalidad propia, más allá de las lealtades ideológicas tradicionales. Se ha derrumbado la monogamia de la derecha con el PP, la concentración de la izquierda nacional en torno al PSOE y de las fuerzas nacionalistas alrededor del tronco de Més. El shock de los 111.000 sufragios de Podemos demuestra que, como colectivo, los votantes se han tomado la democracia por su mano. La tónica se prolonga ya durante tres elecciones consecutivas.

­Balears estrena mapa político. "Por primera vez" es la expresión más frecuente al analizar el impacto de las generales del 20 D en la comunidad. Pues bien, por primera vez:
- El PP se queda por debajo del treinta por ciento del electorado, de los 150.000 votos y de los cuatro diputados.
- Una fuerza distinta de PP y PSOE entra en el Congreso, con más de 110.000 votos –Podemos– o más de 70.000 –Ciudadanos–.
- El PSOE baja del veinte por ciento del electorado, de los cien mil votos y de los tres diputados.
- La suma de PP y PSOE no logra rebasar el cincuenta por ciento de los sufragios. El mínimo anterior estaba en un 74 por ciento y coronaron un techo de 88.

- Se trastoca la jerarquía de las fuerzas políticas de Balears, puesto que Podemos ha colocado una cuña entre populares y socialistas.


La variante grandilocuente de "por primera vez" es "histórico". Sin embargo, las rupturas escalonadas de las marcas de anotación obligan a recordar un proceso que se verifica sin desfallecimiento, a lo largo de las tres últimas elecciones. Las europeas de 2014, así como las autonómicas y generales de 2015, resultan irreconocibles en la fisonomía ideológica de Balears. A efectos electorales, equivalen a que se hubiera reemplazado la población entera del archipiélago.

El establecimiento de una tendencia no perturba el optimismo insaciable de PP y PSOE, al grito de que las ovejas descarriadas volverán al redil en cuanto su rebeldía les conduzca a la decepción. Este manifiesto voluntarista olvida un principio esencial de marketing, según el cual cuesta menos perder un cliente que recuperarlo. Presupone por otra parte que populares y socialistas se mantendrán indefinidamente como matrices de la derecha y de la izquierda.

Frente a quienes denuncian un cambio insuficiente en el arco partidista, los emergentes Podemos (111.000) y Ciudadanos (71.000) suman el resultado del PP en su era de omnipotencia, en torno a los doscientos mil sufragios. Solo uno de cada tres adultos de Balears se decanta hoy por el bipartidismo. El segundo opta por opciones distintas a populares y socialistas. El tercero se abstiene.
Al margen de la liza electoral entre formaciones distintas, el cabeza de lista del PP mantenía un duelo personal con el anterior presidente de su partido. El objetivo cumplido por Mateo Isern de aumentar los sufragios cosechados en las autonómicas peca de tramposo, por la indisolubilidad de ambos comicios. Comparando elecciones del mismo rango, el exalcalde de Palma ha perdido más votos respecto a las generales de 2011 que Bauzá respecto de las autonómicas del mismo año. Esta brecha ascendió el 20D a 77.000 sufragios. Los dirigentes populares pecan de temerarios al minimizar una sangría de tal magnitud.

Las encuestas más desenfocadas en la predicción del 20D en Balears asignaban escaños sin respetar el equilibrio entre izquierdas y derechas, escorado últimamente hacia las primeras. Vaticinios de tres escaños para el PP y dos para Ciudadanos relegaban a las fuerzas progresistas a solo tres diputados inverosímiles. El definitivo empate a cuatro demuestra que la obtención de la segunda plaza para Albert Rivera implicaba un retroceso adicional de los populares. El simétrico 2-2-2-2 funcionó a la perfección como cañamazo donde tejer los resultados, incluso en el trasvase entre fuerzas conservadoras debido a que Ciudadanos flaqueó en la última recta de la campaña.

En el perfil ideológico del voto, la derecha ha rentabilizado sus recursos con mayor habilidad que la izquierda. Los progresistas han dilapidado 30.000 votos más en Izquierda Unida (11.000) y Més (34.000) que los conservadores en El Pi (13.000) y UPyD (dos mil). Aunque las alianzas nunca acumulan los votos obtenidos individualmente por los asociados, puede concluirse que la izquierda ha perdido un congresista por la dispersión de su oferta.

Este fenómeno se aprecia con mayor intensidad en el eje nacional/nacionalista. En un resultado que obliga a superponer las observaciones de "por primera vez" y de "histórico", Podemos y Més suman cuatro mil votos más que el PP. Si ambos partidos hubieran presentado una candidatura única, habrían aspirado a revalidar el sorpasso.

Al margen de la cota lineal, un pacto Podem–Més al estilo del firmado en Valencia por Compromís hubiera garantizado un tercer diputado para los radicales, probablemente a costa del PP y sin dañar las expectativas del PSOE. Bajo esta proyección, la frontera entre izquierda y derecha vendría delimitada por un cinco a tres, más acorde con el reparto global de sufragios. De hecho, la suma de las derechas desciende siete puntos y pierde la mayoría absoluta. Cae del 54 al 47 por ciento, frente al ascenso de las izquierdas ya perceptible en las europeas y autonómicas.
El rechazo frontal, o las divergencias laterales, entre las cúpulas de Més y Podemos se arrastra desde las tormentosas negociaciones para adjudicar la presidencia del Govern. La hostilidad no se traslada milimétricamente a las bases de ambos partidos. No se necesita un título en demoscopia para concluir que un nutrido contingente, a medir en decenas de miles de nacionalistas, se decantó por la opción de Pablo Iglesias.

El voto diferencial de miles de seguidores de Més no corresponde a la abdicación de una componente ecosoberanista con ribetes espirituales, sino a la voluntad de influir en Madrid. Véase por ejemplo la dualidad de la Cataluña independentista, que vota CUP en las autonómicas y la variante de Podemos en las generales. Esta migración anula el contraargumento de que la componente nacionalista es más débil en Compromís que en Més.

En cuanto abanderado de la movilización en solitario de sus fuerzas, el candidato ecosoberanista Antoni Verger calculó erróneamente el descenso desde mayo. O fue engatusado por sociólogos que confunden el entusiasmo con el rigor. Si las elecciones pudieran predecirse, nadie las perdería. En porcentaje de votos, Més ha perdido más de una décima respecto de las generales de 2011. Este resultado, propio de una izquierda decadente, contrasta con el aluvión de las últimas municipales y autonómicas. En Manacor, feudo donde Més encabezó la clasificación en las municipales, el domingo quedó relegado a la cuarta posición en la vecindad de Ciudadanos.
El votante es pragmático, también en su variante más comprometida. ¿Cuántas personas hubieran votado la lista de Més al Congreso, de haber tenido la convicción de que no podía obtener escaño? Por vanidad y en Navidad, los ecosoberanistas volvieron a ser el PSM de antaño. Más provincianos que nacionalistas, no mostraron desconocimiento del mapa electoral, sino de sus propias huestes.
Más allá de la desafortunada intentona, Verger preserva el capital político de su trayectoria anterior. Juan Pedro Yllanes le representará en el Congreso, política y familiarmente, tras haber encabezado con notable éxito de público y crítica la candidatura de Podemos que ha desplazado a la izquierda tradicional. Ha multiplicado de paso su proyección personal. La extrapolación de su resultado en Balears se traduciría en cien diputados estatales para Pablo Iglesias, que obtuvo 69.

Fernando Navarro encarna en Ciudadanos la continuidad lógica de la tristeza intrínseca de Xavier Pericay. No debe relativizarse el solitario escaño de Rivera en Balears, y no solo porque nadie había fracturado el bipartidismo hasta el 20D. Si la marca hoy acólita del PP hubiera reproducido el resultado balear en el ámbito estatal, habría alcanzado el medio centenar de diputados que precisan ahora los populares para mantenerse en el Gobierno con un solo socio.
En cambio, la candidatura de Ramon Socias por el PSOE ha asombrado a propios y extraños. El encarnizamiento en torno a su tercera posición no debe olvidar que así ha ocurrido en Valencia, por no hablar del relegamiento socialista en Cataluña o de un resultado tan paupérrimo en Madrid que Eduardo Madina se queda sin escaño. Con estas matizaciones de rigor, Francina Armengol estaba obligada a insuflar unos átomos de renovación en su candidatura. Aunque solo fuera para dar la impresión de que lo había intentado.
En contra de la dramatización, los dos escaños amarrados por el médico Socias equivalen a quince en la cámara autonómica. En efecto, coinciden con los obtenidos por los socialistas en el Parlament en mayo. El problema es el desbordamiento por la margen de Podemos, que forzosamente tendrá una traducción autonómica.

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