MATÍAS VALLÉS
Entre las 150 mejores universidades del mundo no hay ninguna española, pese a que la mayoría de las salamancas son más antiguas que los centros académicos que les han arrebatado las posiciones de honor. Por tanto, la alta educación sufre en España un proceso secular de envejecimiento y empeoramiento. Culpar del descrédito acumulado a los alumnos actuales –no estudian, atienden antes a Belén Esteban que a un catedrático– es un argumento pueril. La situación de la enseñanza ha alcanzado una parálisis tan amenazante que ha forzado a los partidos hegemónicos a simular un pacto por la educación. El acuerdo embarrancará tan pronto como el PP ponga el acento en unos supuestos principios inviolables, cerrazón que el PSOE aprovechará para zafarse del incómodo socio y mantener las aulas en la mediocridad.
Los partidos se refugian en vaguedades, para eludir compromisos concretos como conseguir que sendas universidades en Madrid y Cataluña –comunidades gobernadas respectivamente por PP y PSOE– alcancen, en una fecha especificada, un lugar de cabecera en el palmarés mundial. Para ello, el criterio de excelencia debería reemplazar a la hoy inalienable identidad, concebida como un particularismo que atenta contra la esencia incluso etimológica de universitas. La fórmula magistral de esa institución educativa vendría concentrada en una hipotética ley de Murthy, que representa a "personas de diversos géneros, nacionalidades, razas y religiones trabajando juntos en un ambiente de intensa competición y armonía". Así define Narayana Murthy, el patriarca del auge espectacular de las tecnologías de la información en la India, su aspiración al crear desde la nada el gigante Infosys.
La India es un subcontinente incluso más abigarrado que España. La educación comparada suele enfatizar el inevitable ejemplo de Google, con sus fundadores Sergey Brin y Larry Page contratando a miles de ingenieros desde la misma cuna de las universidades más celebradas del planeta. Sin embargo, Estados Unidos juega en otra liga, por lo que resulta más pragmático –y educativo– invocar a un país por debajo de la riqueza española y que compite favorablemente en áreas que se consideraban un monopolio occidental. Así, no conviene atribuir las leyes de Murthy, el príncipe de la externalización, a un falso espiritualismo inexportable. En otra de sus estipulaciones se aprende que "confiamos en Dios, pero todos los demás han de aportar datos".
Del mismo modo que los economistas no son líderes ideales de una empresa –el fondo de inversión infalible de dos premios Nobel de economía quebró con estrépito–, tampoco los empresarios acumulan habitualmente las credenciales para teorizar sobre su experiencia o gestionar la política económica. Sin embargo, Narayana Murthy ha articulado su trayectoria en un corpus legislativo de conferenciante en la línea emérita de George Soros. Liberado de su papel ejecutivo en Infosys, el magnate indio propugna el altruismo y defiende una concepción empresarial que no estaría tan encaminada a vivir mejor que los otros como a lograr que los otros vivan mejor.
El mundo escucha las leyes de Murthy porque su autor se expresa –otra vez la referencia a Soros– desde una óptica estrictamente capitalista. De hecho, ambos tienen el valor y la edad necesarios para reprocharle a la sociedad de mercado el incumplimiento de sus principios de transparencia y responsabilidad o accountability. El sistema educativo español podría nutrirse de las propuestas del empresario de Bangalore, por algo es consejero de las universidades de Stanford, Harvard y Yale, todas ellas por encima de cualquier institución española.
Las leyes de Murthy son globales, y ya han sido aplicadas en España por catedráticos autóctonos en una de las actividades más transparentes y responsables, el deporte. Josep Guardiola, Luis Aragonés, Del Bosque, Toni Nadal –tío de Rafael Nadal– o Anna Tarrés –seleccionadora del equipo nacional de natación sincronizada– han obrado milagros con jóvenes españoles en edad universitaria, supuestamente ingobernables. Es difícil que uno solo de los entrenadores lograra explicar su método sin utilizar la palabra disciplina, palabra que el acervo social emparenta hoy con Guantánamo. La universidad debería inspirarse en el ejemplo de esos profesores porque "si queremos progresar, debemos escuchar y aprender a quienes han funcionado mejor que nosotros". Es otra ley de Murthy, sobre la humildad y la emulación. Claro que el secreto no radica tanto en las leyes como en su puesta en práctica.
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