ALEJANDRO VIDAL
Para quienes hemos vivido cortes de teléfono, agua y electricidad en el Lluís Sitjar, hemos visto a los jugadores encerrarse en el vestuario por falta de cobro y desfilar por las emisoras para pedir donativos a los oyentes, hemos asistido a la subasta de los derechos federativos de sus futbolistas y hemos estado a punto de contemplar su descenso a categoría regional por acusaciones de soborno después de ser detenidos el entrenador y un directivo, la tormenta por la que atraviesa estructuralmente el Mallorca no es, ni mucho menos, perfecta. Es más, la situación puede calificarse de delicada, pero en absoluto extrema.
Sin embargo concurren otras circunstancias. Las necesidades ejecutivas y organizativas de los clubes de fútbol han evolucionado considerablemente desde su reconversión en sociedades anónimas deportivas y, ya como tales, el ritmo de los tiempos las está superando y obligando a una dinámica ejecutiva que exige especialización.
La gran dificultad del momento presente, que precisa de resultados deportivos dignos para no quebrarse por la base, radica exactamente no sólo en resolver problemas de tesorería, liquidez, balances y cuentas de explotación, sino en organizar una dinámica interna sin la cual no es posible fundamentar el proyecto.
Puede que al aficionado de a pie todo esto le suene a música celestial, pero si echa la vista atrás y no demasiado, se dará cuenta de que, sin alarmismos, hay que ponerse manos a la obra de inmediato.