No hay final feliz por mucho que los acontecimientos terminen por darle a uno la razón. No produce la menor satisfacción ser portador de malas noticias, al contrario de lo que mucha gente cree de nosotros. No nos sentimos particularmente a gusto por haber dudado desde el principio de la caballerosidad de los Martí Mingarro, representados les guste o no por Javier Martí Asensio y no por el letrado Luis Martí, ni por haber dado en el clavo cuando, constituido su consejo de administración, advertíamos que Bartomeu Vidal no sería un presidente florero. "Vidal –dijimos en esta misma columna– sólo saber hacer de Vidal", como ha quedado palpablemente demostrado.
La camisa no debe llegar al cuerpo de ningún mallorquinista ya no por el futuro, que sigue tan incierto como hasta ahora, sino por el hecho de pensar que, de no haber mediado una creciente y asfixiante presión social, el Mallorca estaría al borde mismo de su desaparición.
Pasado el tremendo susto y al tiempo que Manzano y los jugadores merecen el máximo reconocimiento por su gallardía durante la fase más profunda del conflicto, hay que dejar el pasado más reciente en manos de la Justicia y construir un nuevo club dotándolo de los resortes y recursos suficientes como para que no se puedan repetir historias semejantes.
Tal vez haya llegado el momento de valorar opciones diferentes a las de dejar una ilusión colectiva en manos de un solo mago. Quizás ha llegado el momento de jugar todos.