ALEJANDRO VIDAL
El fútbol padece desde sus comienzos el infundio de que cualquier espectador se convierte en un entrenador en potencia. El drama llega cuando este aficionado alcanza una posición económica desahogada e inmediatamente pasa de saber más que el técnico de turno, a creerse con sobrados conocimientos para gestionar cualquier club con el mismo o mayor éxito que sus empresas.
Javier Martí Mingarro, que desembarcó en el Mallorca para, según sus propias palabras, gestionar un déficit, ya se ha visto superado por éste en apenas dos meses. Ya lo intentó en Lorca, donde su aventura no pasó de los veinte días por causas no suficientemente explicadas, y ha intentado repetir la aventura con el Mallorca quizás con la pretensión centralista habitual de que también se trataba de un equipo de pueblo.
Nada más lejos de la realidad. No es fácil sostener las riendas de un club de fútbol profesional, más bien se trata de una tarea árdua y muy dura para la que hace falta mucho más que montar una partida de PC Fútbol a largo plazo o dibujarse un paraíso artificial por el que circula la compraventa de futbolistas al por mayor.
Este tipo de aventuras son inconcebibles para quien no tiene dinero al punto de poder permitirse perder algunos millones al año. Y hoy por hoy no parece el caso de los nuevos propietarios del Mallorca que, en uso de sus propios términos, vinieron no a poner a flote una nave, sino a forzarla a que navegue sin tapar una sola de sus múltiples vias de agua.
Hoy tememos que la travesía no vaya a terminar en un concurso de acreedores, un fantasma que poco a poco toma cuerpo.