ALEJANDRO VIDAL
Del Bosque ha recibido una rica herencia que debe, como mínimo, conservar. Luis Aragonés creó la gran fortuna y trazó el perfil de la Selección ganadora de la Copa de Europa cuyo juego maravilló en Alemania. Curiosamente el heredero desembarcó en la Federación tras fracasar en el fútbol turco, mientras el de Hortaleza dejaba España para tropezar con la misma piedra a orillas del Bósforo.
Lo que ha asumido quien fuera jugador y entrenador del Real Madrid no es solamente un caudal a pleno rendimiento, sino un serio compromiso. Superar la fase de clasificación del Mundial 2010 era una estricta obligación y, justa o inmerecidamente, regresar de Sudáfrica con un papel más que digno ya se ha convertido en exigencia.
El grupo está hecho, el espíritu de equipo ya fue conformado, los nuevos se integran con facilidad y los más veteranos disfrutan con lo que hacen. Del Bosque sólo tiene que mantener la unidad, lograr que no se rompa la convivencia y, si acaso, dar un toque más personal a un fútbol que, bajo su batuta, únicamente ha generado dudas en la Copa Confederaciones al caer ante un rival tan poco acreditado como los Estados Unidos.
El tiempo ha permitido que aquel patinazo haya pasado a formar parte del inventario, pero cuando en el mes de junio próximo se levante el telón de la fase final, muchas cañas se tornarán lanzas a las primeras de cambio.