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SEBASTIÀ ADROVER ENVIADO ESPECIAL A MADRID
Cuando el árbitro pitó el final del encuentro, la afición del Atlético de Madrid aparcó los merecidos pitos a su equipo para levantarse de sus asientos y aplaudir la gesta del Mallorca. Un empate también puede ser heroico y lo que hicieron ayer los rojillos merece el homenaje que le rindió el Vicente Calderón (1-1).
Jugó con nueve futbolistas durante cuarenta minutos después de llevar con diez desde el veintiséis. Las expulsiones de Josemi y Ramis no amilanaron a un grupo que se defendió con orgullo y a la desesperada ante un rival que sólo había podido marcar de penalti. Borja, cuando Muñiz Fernández ya miraba el reloj para señalar el final del partido, controló un balón dentro del área tras un lanzamiento de falta de Martí y su disparo se coló en la meta tras rebotar en De Gea. Era difícil creerlo, pero el fútbol siempre tiene reservados grandes momentos como éste. Un equipo sin fuerzas, agotado por un esfuerzo supremo, había encontrado el premio a la fe en sus posibilidades. Y eso que se encontró todas las adversidades del mundo.
El propio Borja, Nunes, Mario o Webó, entre otros, no podían ni con las botas. Parecía la imagen de una final de una gran competición de un partido que estaba en la prórroga. A buen seguro que lo vivido ayer será una de esas historias que contarán a sus nietos cuando haga décadas que se han retirado. Este punto sabe incluso mejor que muchas victorias, aunque sólo se haya sumado un punto. Y eso que nada más empezar el partido ya se pudo torcer. Muñiz Fernández se comió un claro penalti por agarrón de Ramis a Forlán en el minuto dos. No vio nada.
Las urgencias del Atlético no le permitían especular. Había que dejar claro que iban a por el encuentro. Maxi pudo marcar poco después, pero Aouate fue más rápido. El Mallorca hacía lo que podía para detener las ofensivas locales. Tenía demasiados problemas para controlar los pases al primer palo de los colchoneros. Los bermellones apenas pasaban del centro del campo, más que nada porque tenían demasiado trabajo en evitar el tanto madrileño. Castro y Webó lo intentaron, pero el punto de mira estaba desviado.
Hasta que llegó el minuto 26. Josemi cortó un pase con la mano de un peligroso Simao dentro del área. Penalti y expulsión, porque era la segunda amarilla. A la calle. Pero Forlán envió la pena máxima al río Manzanares. Era la única alegría de los isleños, que se estaban acostumbrando a sufrir. Era sólo el principio. Manzano sentó a Víctor y metió a Corrales en el lateral derecho. Una solución que al menos aguantó la primera mitad. Al Mallorca sólo le quedaba sorprender en un contraataque. Lo bueno es que la teoría se cumplió y los bermellones disfrutaron de su gran ocasión. Lo malo es que Webó se durmió cuando estaba solo ante De Gea. A medida que se fue acercando perdió fuerza, hasta que su medio disparo rebotó en el portero y la defensa se encargó de anular la oportunidad.
Manzano usó su pizarra para solventar la papeleta. Introdujo a Martí para ocupar el doble pivote con Mario y desplazó a Borja a la banda izquierda y Castro a la derecha. Había que luchar por mantener el empate a cero como fuera. En el minuto cincuenta Ramis puso la mano cuando no debía y provocó otro penalti y expulsión. El pobler vio la segunda amarilla y se fue a la ducha. Forlán, con el carácter de los grandes goleadores, pidió lanzarlo para resarcirse de su error en la primera mitad. Y no falló. El Calderón estalló, pero no de alegría, sino de alivio. El 1-0 se antojaba una cuesta demasiado alta para remontarla. Con nueve hombres sobre el césped era como querer escalar el Angliru con una bicicleta con las dos ruedas pinchadas. O al menos eso parecía. Forlán, Reyes, Simao, todos los rojiblancos lo intentaban, pero no podían batir a Aouate.
A los rojillos no les quedaba más remedio que rezar para que no les cayera un saco. Sin embargo, cuando sólo ellos confiaban en el milagro, demostraron que a veces incluso se puede crear más peligro con nueve que con once. Paradojas del balompié. Mario y Webó probaron una fortuna que le pertenecía a Borja. El mediapunta fue el capitán de un ejército de hombres que se merecen toda la gloria.
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