ALEJANDRO VIDAL
Conseguir llenar un campo de fútbol no es solo cuestión de rebajas, sino que depende de muchos otros factores: los objetivos del equipo, la ilusión que se genera en el aficionado, la masa social real en la que se ampara el proyecto y otros detalles.
La oferta que el Mallorca ha lanzado para este domingo no es ni mejor ni peor que otras de parecido calado ya llevadas a cabo en temporadas anteriores. Antes regalaban una entrada a cado socio que la solicitara, eso sí, con un límite de cinco mil localidades que ni siquiera se retiraban en su totalidad y ahora se ofrecen dos con un ochenta por ciento de descuento sobre su precio en taquilla. ¿Qué es mejor? Probablemente ninguna de las dos cosas si consideramos que quien se abonó este pasado verano no tuvo acceso a semejantes rebajas.
Pero todas las teorías son válidas. La mía es que es preferible subir el precio de las localidades caras, puesto que quien tiene para cuarenta llega sin protestar a los cincuenta, y bajar el de las localidades baratas, ya que aquel que sólo alcanza a veinte euros, agradecerá tener que desembolsar sólo diez. Debo estar equivocado, pues no recuerdo precedente alguno que me avale.
De todas maneras no me parece que éste sea el problema. Puede que el aficionado mallorquín ya esté cansado de tantos vaivenes sociales y unas metas deportivas poco ambiciosas. Como ir al cine y ver siempre la misma película, aunque con diferentes actores. Claro que cambiar esto es más difícil que bajar los precios.