ALEJANDRO VIDAL
Oliver Stone retrató como nadie en ´Un domingo cualquiera´ el ambiente de un club de fútbol, la tensión de los partidos, las vicisitudes de un vestuario, el sentir del entrenador, los manejos de los directivos. Pero nadie ha sido capaz de describir el vacío que sienten los aficionados cuando el campeonato falta a su cita semanal. Es como una fiesta sin música, un volcán apagado al cerrar el supermercado de la pasión. Por suerte no le ocurre a todo el mundo, pero sí a quienes viven su afición de otra manera.
A falta de pan. Por eso no se lo pensó un instante el consejero delegado del Mallorca a la hora de ponerse al volante de su coche y conducir hasta Dénia para ver al Mallorca B. Javier Martí Asensio no entiende de despidos ni, todavía, de los intríngulis del negocio en el que se ha metido, pero adora el fútbol. Un amor, como casi todos, dulce y peligroso al mismo tiempo. Un sacrificio que deviene en satisfacción y realización personal si los resultados acompañan, pero que acaba con el más pintado a poco que el balón ruede a la inversa. Ayer, los niños de Jaume Bauçà le dieron la alegría que los hombres hechos y derechos de Manzano le habían negado siete días antes.
Falta de emoción. La Selección no conmueve. Es imposible tomarse en serio esos encuentros que la enfrentan a Armenia, Georgia o cualquier combinado parecido. El triunfo es una obligación y el guión carece de suspense. En el fútbol por países que tan buenos dividendos produce a la FIFA, también deberían existir categorías. Sería un estímulo para los más modestos y obligaría a los más grandes a un esfuerzo superior. Hasta el Mundial de junio 2010 no hay más que trámites de menor importancia que apenas atraen a la clientela habitual. Es como ver a Federer jugar contra el número 200 del ranking o a Jorge Lorenzo compitiendo en un circuito de karts. Aunque todo lo que huela a renovación causa dolor de estómago en los dirigentes internacionales, que sienten pánico ante todo lo que suponga modificar la alimentación de la gallina de los huevos de oro.
Decepciones y esperanzas. Del áureo color de la medalla olímpica, Nadal se va de Pekín con el sabor de la derrota. Humillante en este caso porque, como él mismo ha dicho, la suya no fue manera de perder. No es, por supuesto, la forma en que cae un número dos del mundo, por mucho que la clasificación no entre por ahora en sus recuperados esquemas. No le ha faltado sinceridad para reprochar a sus compañeros su injerencia en la elección de la sede de la final de la Copa Davis, a la que habrá que ver cómo llega. La misma elegancia y franqueza con las que ganó los grandes torneos, sirve ahora para pasar la crisis.
Después del silencio. Nada es eterno y Stone podrá volver a filmar el próximo fin de semana el griterío en los estadios, la ilusión de las jornadas previas y la decepción del paisaje tras la batalla. Vuelve el Mallorca para redimirse ante el Getafe, el Barça para seguir siendo líder, el Madrid para polemizar sobre la dependencia de Cristiano Ronaldo, el Valencia para ser chicha o limoná y el Sevilla para confirmar sus aspiraciones. Regresa el Atlético con las dudas de siempre y el Villarreal con las que nunca tuvo Pellegrini, ahora que al chileno se las buscan en el Santiago Bernabéu. En fin, unos volverán con estrella y otros se estrellarán mientras la fiebre toma nuevamente posesión de nuestras almas.