ALEJANDRO VIDAL
Parece como si IB3 y el Mallorca se hubieran empeñado en entretener al personal en una semana sin fútbol. Ayer se vieron las caras en campo calvianer y en desigualdad de condiciones: uno contra cuatro. Son los inconvenientes de querer dirigir y digerir el cotarro desde Madrid, un error que ni siquiera cometió Antonio Asensio Pizarro porque desde la atalaya se puede echar un ojo, pero es imposible librar la batalla.
Por eso, por no descender a la arena lorquiana, de la ciudad y no del poeta, quizás no hemos profundizado en el fracaso de la familia Martí Mingarro a las faldas de la Fortaleza del Sol. Sólo sabemos que fue una experiencia tan mala como breve, pero nos faltan las claves que, ocasionalmente, nos podrían proporcionar algunas pistas.
Bartomeu Vidal tuvo que lidiar ayer en solitario y en coso ajeno en una prueba más de que si hay que escenificar una parodia se actúa y si hay que sacar a Manzano de tapas, se le lleva. Se gana el sueldo porque, representación aparte, no para de dar capotazos a diestro y siniestro atemperando cualquier embestida.
El presidente tiene el corazón a prueba de bomba. Su efímero paso por la política, nunca abandonada del todo, le proporcionó fuste más que suficiente para saber cómo, dónde y cuándo tiene que hablar o ejercer el arte del silencio como si se tratara del mismísimo Jesús Quintero.
Ayer todos hablaron dentro y callaron fuera. El fuego está dominado, pero no ha dejado de arder. El bombero mayor está avisado. Habrá que ver si llega a tiempo.