ALEJANDRO VIDAL
La Liga de las Estrellas gira invariablemente en torno al Madrid y el Barça, sin ellos sería otra competición probablemente más equitativa pero menos centelleante y mediática. Por si hubiera dudas, ambos lo dejaron claro el pasado sábado. Particularmente me resulta bastante aburrido que siempre ganen los mismos porque, en medio de tanto berenjenal, también pierden los mismos: los espectadores sometidos a la locura horaria de las televisiones, como si no tuviéramos nada mejor que hacer que meternos cinco partidos cada fin de semana, cuatro de los cuales o todos ellos no merecen sacrificar la siesta ni la cena.
Debut y gol. Empecemos por lo más próximo. Las cuentas de la nueva propiedad del Mallorca parecen cuadrar y Manzano, que le dio cinco minutos a China, avala con pruebas su exigencia del regreso de Borja. Valero hizo como el César: llegar, ver y vencer. Jugó en la primera parte, se sacrificó en la segunda y marcó un gol que supone un punto valioso en función del rival al que se le arrancó. Dicen que fue el gol número mil del Mallorca, una gilipollez como otra cualquiera que dentro de un año nadie recordará, como nadie es capaz de decir quién fue el autor del 500. El primero sí: Juan Forteza. Pero aquella es una historia muy lejana que no viene a cuento.
La importancia de leer. O, en este caso, interpretar. Valverde salió perdedor del duelo táctico con el técnico bermellón. La tela de araña tejida con cinco hombres de centro del campo envolviendo el rombo amarillo dio sus frutos en la primera parte del encuentro disputado en El Madrigal. No hubo goles y muy pocas oportunidades. El aguacero previo al descanso dejó el terreno en un estado impracticable y el Villarreal se adaptó mejor a la circunstancia. Buscó el barullo en el área de Aouate y se aprovechó de una de las mínimas opciones que se podían intentar. La otra la leyó el exjugador del West Bromwich al golpear el balón, en una falta a distancia, de manera que botara sobre un suelo resbaladizo para complicar la acción del portero. Entre una y otra lectura, empate justo.
Sin conclusiones. Confeccionar un listado con lo que gustó y no gustó del Mallorca, sería un ejercicio intrascendente. No se puede sacar nada en claro de una cita como la de ayer más allá del resultado, como no analizaríamos una obra de teatro si el escenario se quedara a oscuras en plena función. Aguantar el tipo, echarle un pulso al anfitrión y mantenerse en pie sobre el barrizal ya es bastante para un equipo cosido con prisas en las postrimerías del mes de agosto. Las primeras jornadas son para observar, no para establecer dogmas inservibles. Algo parecido diríamos de los primeros compases de Rafel Nadal después de su reaparición, aunque ofrece síntomas que conviene no perder de vista.
Arde el manzanares. También Verdasco tiene problemas de abdominales, pero ese es otro cantar. El de Manacor, que ya se desentiende de la Copa Davis aunque con retraso, hace lo que puede. De momento no da para más. Como el Atlético de Madrid. En lugar de estadísticas goleadoras o jornadas disputadas, recuerden que, ya en la primera cita del calendario, les advertí del incierto futuro deportivo y social del club colchonero. El asiento de Abel huele a quemado antes de darnos cuenta de que ha empezado la película en la que el celuloide de Cerezo se vela por completo.