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MATÍAS VALLÉS Este Madrid da envidia. Tener la suerte de contemplar las evoluciones del Barça a unos palmos de distancia es el sueño de cualquier aficionado al fútbol, y este honor debería enorgullecer a los jugadores madridistas –y a quienes gustan de nadar entre tiburones, aunque los blancos se esmeraron en no molestar a los escualos–. El juego barcelonista parece tan simple que, en un rasgo de hidalguía, los espectadores privilegiados en calzón corto se decidieron a imitar a los artistas azulgrana. Así fue como perpetraron la diana inicial. Paralizados por su osadía, recibieron seis goles de cambio. El resultado se aproxima a la diferencia existente entre ambos equipos, aunque un 2-12 hubiera hecho mayor justicia al juego desplegado.
El Madrid es una falsificación. Gago es una parodia de Redondo. Lass se parece a Makelele, pero sólo físicamente. Raúl sénior es una burla de Raúl júnior. Ya sólo toca un balón si no le queda otro remedio, sin fuelle para un quiebro. El abucheado Sergio Ramos haría un gran papel entre las bellezas de calendario de la lista europea de Berlusconi, y se le ve más seguro detrás de la barrera de la plaza de toros que en el coso futbolístico. Los responsables de los fichajes de Huntelaar y Van der Vaart deben ser perseguidos penalmente.
Enhorabuena a los expertos que se han pasado media Liga proclamando que Robben era mejor que Messi, y que todavía ayer predicaban que el holandés supera al celestial Henry. Casillas es el único madridista superior a su par, y encajó seis goles. Frente a un Barça, conviene no olvidarlo, que alineaba al cómico Abidal. El problema del Madrid va mucho más allá del desastre actual. El prodigioso Piqué tiene 21 años, y el Madrid confía en personajes como Cannavaro o Metzelder.
Estadísticamente, entre los 80 mil asistentes al Bernabéu debía haber por lo mínimo un sospechoso de estar contagiado con la peste porcina. Sin embargo, no podíamos imaginar que la cifra de contaminados se elevaba a once, todos ellos vestidos de blanco. Tal vez ese uniforme era el signo de que se hallaban en cuarentena, por una infección aguda. El Madrid griposo y gripado demostró que los estragos del virus son mayores de lo pensado.
Anoche se cruzaron un equipo malabaristas que parece jugar con las manos y otro que juega sin cabeza. De los galácticos a los agujeros negros, hubiera sido mejor que el Madrid llegara a este partido sin opciones. Sus aficionados preferirían el contagio de la gripe porcina a la humillación que les infligió ayer un pelotón de futbolistas enfermos.
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