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HEMEROTECA » |
S. ADROVER. BILBAO.
Es para acabar desquiciados. Debe ser difícil enfrentarse a tu propia sangre, pero si es que además acabas desesperado por la falta de acierto, es mejor olvidar el partido lo antes posible. Y eso es lo que le sucedió a Aduriz anoche (San Sebastián, 1981). No hubo manera de celebrar un gol y eso que el entorno era especial de verdad para él. En la otra parte del campo, con la camiseta que siempre soñó lucir desde que empezó a darle patadas a un balón estaban sus amigos, sus ex compañeros. Con los que ha compartido momentos ya inolvidables en su vida. En el vestuario y fuera de él. Con los que quedaba para irse a tomar unos ´pintxos´ por el casco antiguo de Bilbao. Pero Orbaiz y compañía ahora son sus rivales. Los que le vigilarían en cada carrera.
Nadie mejor que los ´leones´ conocen el peligro del ahora ariete bermellón. La anterior temporada, sin ir más lejos, marcó siete goles en 33 partidos, pero siempre estuvo a la sombra del ahora internacional Fernando Llorente. Los ojos de las 33.000 personas que había en San Mamés se clavaron en su elástica. "Qué raro se me hace ver a Aduriz en otro equipo", se oyó decir a algún hincha. La indignación fue total cuando el futbolista abandonó el club. Incluso se llegó a llamar ´guerra civil´ el ambiente que se respiraba en la capital de Vizcaya. Pero el dinero pudo más que cualquier necesidad deportiva o emotiva. Y los seis millones que los isleños ponían sobre la mesa pesaban más que cualquier cosa. Aduriz saltó al césped, miró hacia su pecho y vio que tenía pegado el escudo del Mallorca. Había recibido algunos aplausos desde la grada cuando se pronunció su nombre, pero algo tímido. El punta evidenció que su obligación profesional estaba por encima de cualquier romanticismo. No paró de demostrarlo en los noventa minutos. Incluso cuando Mejuto señaló el penalti de Ayoze, se fue corriendo a Aouate para explicarle por dónde lanzaría la pena máxima su ex compañero Yeste. El problema es que fue gol.
El donostiarra lo intentó con la cabeza, con la derecha, con la izquierda, en carrera o en estático. Pero no hubo forma posible de meter el balón en la meta de Iraizoz. Incluso cuando ya había superado al meta del Athletic, apareció la cabeza de Iraola para frustrarle. Cuando el partido acabó, se abrazó con mucha gente, pero su mirada estaba perdida. Había dejado escapar demasiadas oportunidades.
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