El sainete con tortugas de Juan Goytisolo

Marta Sanz resalta la "compasión" que provoca el fantasma de Canterville - Raphael vincula Formentor con el hotel de 'El resplandor'

18.09.2016 | 01:28
De izquierda a derecha, Cirlot, Rodríguez, Sanz, Amat y Raphael.
De izquierda a derecha, Cirlot, Rodríguez, Sanz, Amat y Raphael.

Cuando le dieron el Premio Formentor, Juan Goytisolo quiso estrenar, aquí, un "sainete ibérico" con dos tortugas, donde él cantara. Lo contaba ayer sábado Frederic Amat en la mesa Almas en pena. Finalmente, se convirtió en corto y en su estreno en Barcelona Goytisolo le pidió a Amat que le acompañara a ver la ventana desde la que vio por última vez a su madre, 70 años atrás, "y creí ver un alma en pena en el propio autor".

La moderadora, Marta Sanz, confesó que "llevo años buscando el fantasma de mi abuela en los espejos". Con una camiseta de espectros y felinos, habló de su propia gata, que rastrea espíritus "cuando se queda mirando al vacío" y de esa expresión, "dónde vas como un alma en pena", que a ella misma le dirigían de niña.

Como Rafael Argullol no pudo desplazarse, Victoria Cirlot leyó sus apuntes sobre Fausto, a partir de un monólogo de la pieza de Goethe, donde el protagonista reconoce que ya no puede librarse de Mefistófeles. "Está en su interior". Los dos forman "una pareja de baile" tan inseparable "como Frankenstein y su criatura, como Jekyll y Hyde". A Fausto "se le concede la creatividad artística a cambio de la renuncia al amor". Aun así, "no se merece el Infierno".

Frederic Amat definió como "mosaico de reflexiones" sus observaciones sobre el libro de Goytisolo, Las virtudes del pájaro solitario, que él mismo "acompañó en imágenes", expresión que le gusta más que "ilustrar", en una edición de 2007. Escritor "rara avis", "fuera de campo", que "cumple las condiciones del pájaro solitario", el autor de Señas de identidad construye su relato en una sucesión de estratos, de los que quizás el más terrible fue su miedo a padecer el sida ("el monstruo de las dos sílabas") cuando lo redactó, en 1986.

El mexicano Pablo Raphael había optado por La máscara de la muerte roja, de Edgar Allan Poe, donde Próspero (que nos hace recordar "la isla de Shakespeare") trata de preservar de la peste a los notables de su ciudad. Pero dio un rodeo por el arte contemporáneo de Nueva York, hasta llegar a Stephen King, El resplandor y su versión cinematográfica. Llegaba el momento, en consonancia con el lema de esta edición (Espíritus, fantasmas y almas en pena) de experimentar cierto escalofrío: "Me han dicho que este hotel se cierra en invierno y que antes se tardaba en llegar cuatro horas", por una carretera intransitable en esa estación. La habitación enfrente de la suya, aquí, en Formentor, luce el mismo número que aquella en la que, en la película de Kubrick, aparecen los fantasmas de las gemelas. "La literatura es el arte de trasladar fantasmas".

La novelista Beatriz Rodríguez eligió Las intermitencias de la muerte, de Saramago. Un libro que recuerda la fábula en la que la Muerte queda atrapada en lo alto de un árbol. Otra variante: La Muerte es "una mujer hermosa de 36 años" que se enamora de una de sus víctimas.

Por fin, la propia Sanz, con ese "choque de civilizaciones", entre británicos y norteamericanos, que suponen Simon de Canterville y la familia Otis, con los temibles gemelos Barras y Estrellas, "carne de Trump", para hacerse una idea. El pobre fantasma de Wilde despierta "nuestra compasión. Queremos que le salgan bien las cosas".


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