LOURDES DURÁN
Se nos murió Hernández Pijoán. Se acaba de levantar de la mesa y dejar la silla vacía Ràfols-Casamada. Queda en soledad de corredor de fondo Tàpies. Sin embargo, cuando veo los colores, los signos collages de Ràfols, no encuentro a su hermanos catalanes sino al superviviente Cy Twombly. A mi antojo, por capricho de mi retina, los emparento con la libertad que da ser hermanos no de sangre sino de tiempos, aunque paridos a azares históricos distintos.
Desde Wisconsin a la Black Mountain, de John Cage a la pirueta del grafiti, de Barcelona y de la casa del padre pintor a París, embobado con Dubuffet de la mano de su compañera de vida, Maria Girona, tan jóvenes los dos, ambos hicieron de la pintura música uno, poesía, el otro. Lo de menos era la abstracción, lo que te clava a la tela es la leveda del gesto maestro. Cy Twombly y Ràfols-Casamada son dos hechiceros, pero no tienen más truco que la sencillez del gesto perfecto.
Nada me asombra más que el engranaje de un reloj de cuerda. Cómo el pequeño artilugio contiene toda la verdad de una gran ficción: la medida del tiempo. Con la pintura de ambos me pasa igual: me hace feliz aunque sé que es una fantasía preocupante.
Donde hay quien ve manchas, signos inequívocos de enfados, de duelos, de orgasmos, otros vemos luz, igualmente enojados, orgiásticos, duelísticos. ¿Qué pasaría si hubieran padecido la enfermedad que asoló a un pintor que lesionado su cerebro dejó de ver los colores? Imagino que el caso de Ràfols-Casamada se habría servido de las palabras como reducto del recuerdo de un color que un día tuvo en su mirada. Estoy segura que Twombly silbaría una escala de notas al azar, dejando a lo Cage que la vida resolviera esa mancha sin color.
Afortunadamente, los dos son seres regalados –Rafols lo sigue siendo aunque se haya levantado de la mesa–, por esa magia que procura la luz y que unos días se vuelve azul, otros verde, en los días de viento, muy roja y cuando quiero estar sin más blanco, la ausencia de todo. Como el blanco y el silencio que se producen cuando un amigo se yergue, abandona la silla y te deja con un calor que sabes se extinguirá.