Entrevista. Andreu Martín / Escritor
M. ELENA VALLÉS. PALMA.
Andreu Martín (Barcelona, 1949) llega con retraso al Teatre de Lloseta quejándose de los aviones. Y de algunas cosas más: "No entiendo el revuelo que se ha creado con el Raval, si las prostitutas siempre han estado ahí. Que las legalicen ya". El que fuera Premio Nacional en 1989 arremetió también contra los mossos d´esquadra: "ingenuos, legalistas y con mucho ego". El reconocimiento del festival literario del municipio fue ayer para él y su pluma negra.
–Lo último que ha escrito es un relato sobre el secuestro del futbolista Enrique Castro, Quini. ¿Da el fútbol para mucha novela negra?
–No lo sé. A mí sólo me ha dado para una, Hat Trick. Este cuento sobre Quini está dentro de un libro producido por el Cuerpo Nacional de Policía. Buscaron periodistas especializados en sucesos y tribunales. Me pidieron el prólogo, pero no me apetecía hacerlo porque siempre tienes que decir lo mismo. Y al final me dejaron hacer ficción.
–¿Por qué eligió este caso?
–Ya investigué sobre él cuando escribí Hat Trick. Cuando lo redactaba, conocí a uno de los policías participantes en el rescate de Quini.
–¿Conoce a muchos periodistas?
–Conozco a más policías que periodistas. He escrito libros con el que era el mejor periodista catalán de sucesos, Carles Quílez. Gracias a él conocí a policías y a jefes del cuerpo, mossos d´esquadra, abogados... Juntos parimos Piel de policía.
–¿Va a las ruedas de prensa?
–A las notables. El año pasado fui a la que dieron cuando desmantelaron los pisos y la red de delincuencia de unos gitanos de Barcelona, los Jodorovich. Es una saga familiar que me interesa mucho.
–¿Ha conocido a algún delincuente peligroso?
–Sí. Era el personaje que aparece en este libro que te he comentado. El malo de la historia era de los muy peligrosos. Nos dio permiso para sacar su nombre tal cual en el libro. Todo el mundo decía que no nos fiáramos, que igual después venía por nosotros. Al final le cambiamos el nombre. Días después, Carles me presentó a un abogado y con él iba este delincuente. Nos fuimos a comer los cuatro. Imagina la mala sensación que tuve al estar con él en la mesa.
–¿Qué delitos cometió?
–Matar, asesinar y torturar a su mujer e hija. Por esto último estuvo en la cárcel.
–Ya que a veces se basa en hechos reales para escribir sus novelas, ¿ha sentido miedo alguna vez?
–Por lo que escribí en la época franquista, sí. Colaboraba en El Papus o El Jueves. Te podían llamar a declarar por cualquier cosa. Era todo tan absurdo que daba la sensación de que iban llamando a la gente al azar.
–¿Escribiría sobre corrupción política?
–No, es demasiado obvio. La ficción no es el relato de la realidad. De eso se ocupan los periodistas. Yo no lo soy. El caso Millet no me motiva para una novela. A un chorizo de éstos, no le pasará nada. Millet entrará en la cárcel sabiendo que es semi-libre. La corrupción está bien como telón de fondo, pero no como protagonista. A mí me interesa la corrupción moral, el relativismo ético del personaje. Me atrae el corrupto que hay dentro de cada personaje.
–¿Qué aporta la novela negra a la renovación de la narrativa?
–La novela negra es vanguardia absoluta. Tira del carro de los otros géneros. Hubo un momento en la narrativa española en que la novela estaba enquistada, se había vuelto academicista. Entonces apareció Vázquez Montalbán, que aceptó el reto y escribió Tatuaje. De repente, la literatura española se alivió. En Francia pasó lo mismo: André Gide y los suyos descubrieron a los americanos Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Y la novela revivió.
–¿Ha aprendido la policía y la novela negra de C.S.I.?
–Toda la poli es hoy en día muy CSI. Ya no hay salas de interrogatorios, y tampoco las habrá en las novelas negras. Los policías saben que preguntando al delincuente no van a ningún lado. Éste luego lo niega todo ante el juez y Santas Pascuas. Lo que cuenta son las pruebas. Ahora no puedes escribir una novela sin tener en cuenta ni C.S.I. ni la ciencia.
–¿Y dónde está la mujer fatal?
–(Ríe). Ya no hay. En la novela negra, los hombres son fatales, malos, malísimos.