LOURDES DURÁN
Empezamos a ver los ojos, los dientes, las orejas y los labios de la crisis. Tiene nombre y apellidos. Su cara es poliédrica. Esta misma semana se reproducía su estampa en los diarios: una pareja sentada en un solar, a su lado, los escombros de lo que hasta unas horas antes habían sido sus cuatro paredes, su morada. Eran okupas, con permiso de los dueños, aseguran ellos. El mismo día, otra familia había sido desalojada por habitar en un edificio en ruinas y los servicios municipales de Palma les habían realojado en un hotel en el que los bichos campaban por sus fueros. Mejor pernoctar en el coche que en esa cueva de Alí-Baba, arremetían los echados.
Unos días antes, un reconocido abogado de Palma indicaba que "no le gustaría vivir en la casa de Jaume Matas, con esos techos a seis metros de altura y esos artesonados… La encontré muy desangelada". ¿Es o no poliédrico el rostro de la crisis?
Cuando a unos les sacude la miseria real, otros arrastran la miserabilidad de ser esclavos de sus caprichos, como una escobilla de váter de 300 euros. Con el precio de ese palo y su respectivo recipiente, viven familias –malviven habría que decir para ser más precisos- durante meses.
"No es que no haya riqueza, hijo mío, es que está muy mal repartida", le decía una madre gallega al primogénito antes de embarcarse hacia América, sin lágrimas en los ojos, con el rostro enjuto y la expresión que sólo el dolor y la angustia otorga a las gentes con dignidad.
Vivimos inmersos en la crisis que se camufla con distintos rostros, los que pueden, echan mano de la cirugía plástica para no parecer lo que son, inmorales; los que no tienen nada más que el aire y cierta tozudez, acaban en las veredas, al lado de un montón de derribos, en la cola del paro millones y quizá a unos pocos les quede esperanza. El escritor Javier Marías está escribiendo su novela "más difícil". Está apesadumbrado de la crisis moral que se ha instalado cómodamente a nuestro lado. ¿Cómo podemos resistir a semejante monstruo que cambia de cara cada dos por tres? Sólo se me ocurre que la mayoría, aguanta mirando para otro lado.