LOURDES DURÁN
Es sabido que en las islas uno se pierde fácilmente. Es comprobado, además, que el efecto centrípeto y centrífugo se combinan de manera tan diabólica que o sales con los pies por delante o bien te pierden por el camino. No es chiste.
La semana pasada, una familia comprobaba con estupefacción cómo el féretro que transportaba el cadáver de Rafael Domínguez no llegaba. Tampoco el finado. El hombre de 42 años había fallecido, unos días atrás, en una pensión en Palma. Hasta la isla se desplazó su hermano Manuel para hacerse cargo de los trámites. En el aeródromo de Jerez, aguardaron, en vano, los Domínguez. Ni ataúd ni muerto. Había llegado, decían unos, sólo que lo habían regresado a la isla. Otros aseguraban morrocotudos que no, que el féretro no había salido de Palma. Mientras, el finado, tan ricamente, paseando su huesos de arriba a abajo.
No ha sucedido en la España del botijo y del burro plateado. Ha ocurrido en la España ufana de alcanzar la presidencia de la Unión Europea, de haberse codeado con los ´grandes de la tierra´ y, sobre todo, en la Mallorca en que el trasiego de dinero materializado en palacios, obras de arte, joyas y otras prendas suntuarias lo hace con pasaporte diplomático.
La familia va a demandar ¿a quién? ¿a la compañía aérea? ¿A Aena? ¿A la emprea funeraria? ¿A Mallorca?
Se me ocurre que como escribió el escritor Ignacio Sanz en su cuento Instrucciones para cometer asesinatos que lo difícil no es asesinar sino ocultar el muerto, la prueba del delito, la isla podría añadir otro eslogan más a su cantera de promociones turísticas. Viaje a la isla, el sumidero perfecto para todo lo desechable. Si usted quiere deshacerse del vecino molesto, o de la suegra chillona, o del can ladrador, no lo dude, ha llegado al paraíso de la pérdida.
Sólo que algunos, saldrán ganando con esa extraña fuerza centrífuga. Porque de eso se trata, de ganar con lo que otros pierden. En Mallorca hay verdaderos especialistas. A la lista de virtudes, deberemos añadir la de magos del extravío. Aquí sabemos cómo hacer que los féretros vayan directamente al limbo. ¡Con ésta nueva estrategia, ya verán que bien nos va la próxima campaña turística! Ni paraíso, ni gaitas. ¡Vivan los sumideros!