LOURDES DURÁN
Acababa de cerrar Sábado, novela de Ian McEwan y bailaban aún algunas frases: "Los objetos se convertían en basura en cuanto los separaban de sus dueños y de su pasado". O ésta otra sobre el mismo asunto: "En realidad, nadie poseía nada. Todo es alquilado o prestado. Nuestras pertenencias nos sobreviven, al final las abandonamos". El médico Henry Perowne, protagonista de la novela, narra cómo él y su familia "desmoronan el escenario de una obra", el de su madre, inhábil ya para la vida por una enfermedad neurodegenerativa. Dos días después, moría Francisco Ayala. El mismo día se supo que otro centenario, Claude Lévi-Strauss –al que algunos confunden con el inventor de los vaqueros, ¡ay qué ver qué marcados están algunos por las marcas y escasamente por el conocimiento!–.
Del uno se contó, porque algún osado periodista le pidió su receta para ese desafio que supone alcanzar el centenario y en el caso del poeta, sacarle aún tres años más, que dos manzanas y un whisky eran el secreto. Con el humor que no abandonó a este escritor de exilios y recuerdos, indicaba que ya, a esas alturas, se permitió mudar el orden de los alimentos: una manzana y dos güisquis fueron su ensalmo de las últimas luces.
Mientras, el cartógrafo de la condición humana, que alumbró la cantera de los antropólogos contemporáneos y quizá, sin su consentimiento, la de los filósofos, ejerció la mirada como nadie, fue a los lugares a pesar de "odiar los viajes y a los exploradores", renovó la confianza perdida en el psicoanálisis de Freud y de un trallazo siguió alertando a Occidente de su inútil ensimismamiento. Él mostró el mirarse en el otro, en el ajeno, porque distintos, somos parecidos. El pensamiento salvaje es la ascendencia del común.
Y en el común está irse, dejando los trastos, los objetos, esos que hablan de nosotros mismos mejor que nuestra boca. Imagino a la viuda del poeta, Carolyn Richmond, pasados los agasajos rendidos al poeta premiado en su longevidad –en este país siempre se llega a deshora–, mirando la botella de whisky de Malta y en el frutero, una solitaria manzana. Quiero imaginar tres vasos y a la mujer junto a los dos centenarios brindando. ¡Qué afortunada! Querido Ian, los objetos también son nuestros rastros.