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Blog Susu in the sky - Susana Moll Sarasola

Susana Moll Sarasola

Soy cantautora y madre de dos hijos. Licenciada en filosofía por la UB, y profesora de Yoga.

Sobre este blog de Salud

En este espacio me gustaría tratar temas de diversa índole. Eso sí, relacionados fundamentalmente con la salud y el arte.


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  • 21
    Octubre
    2015

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    Amy Winehouse

    Amy Winehouse

     

    Divorciarse es un infierno. Se rompe el castillo de tus sueños. Cuantos más años, más sueños rotos.

    En mi caso la ruptura llenó el suelo de mi casa de pequeño cristales sobre los que andé descalza durante meses. Infinitos cristales puesto que mi naturaleza es algo soñadora. Aun a día de hoy me encuentro alguno asomando bajo la alfombra. He dejado la escoba y el recogedor permanentemente a mano.

    Pero hay vida tras el divorcio. Aunque a veces sea mucho después.

    Me gustaría compartir con vosotros algo que a mí me ayudó muchísimo a sobrellevar ese trance.

    El golpe del divorcio, como decía, no siempre sale inmediatamente. Al principio la rabia que te causa haberle dado "al otro" tanto tiempo de tu vida, te ciega y te entretiene durante largo tiempo. El golpe sale más tarde. Y cuando sale hay que tener a dónde agarrarse. Yo tardé dos años en sentirlo. Tan enfadada estaba que me volví casi insensible. Pues bien, hubieron dos cosas que me ayudaron muchísimo. Por supuesto una de ellas fue volcarme en la familia, en mis hijos y mis sobrinos, y la otra fue Amy Winehouse, mi gata.

    Amy apareció hace cosa de un año a través de facebook. Una amiga había encontrado una gatita abandonada al pie del portal de su casa. Anunciaba su aparición y pedía si alguien podía adoptarla. Al ver la foto de aquel cachorrito desvalido me decidí al instante. Cuidaría de ella y también daría la oportunidad a mis hijos de conocer de cerca el misterioso mundo de los gatos.

    Amy llegó a casa con aproximadamente dos meses de vida y con la cola rota. A saber qué pudo pasarle en la calle. Alguien debió pisarla. Tal vez la atropellaran ó experimentaran con ella. La veterinaria encontró una extraña cicatriz en su abdomen. Cómo yo también estaba rota como ella, decidí ponerle el nombre de otra mujer rota a la que admiraba. La llamé Amy Winehouse. Recuerdo el día que escuché el tema de "Rehab" de la cantante británica y pensé: –Dios mío, qué grande es esta artista! Y dispuesta como estaba  a que aquella gatita fuera también grande, qué mejor que ponerle el nombre de un gran músico.

    Al principio mantuve las distancias. Soy muy limpia y la idea de que la gata durmiera entre mis sábanas no me hacía niguna gracia. La llevé al veterinario y la cuidé lo mejor que pude. Compré buen pienso y buena tierra. Aunque ella prefería defecar en un olivo que me había regalado mi madre. Lo destrozó. También destrozó el sofá. Ése fue el precio a pagar, pero me dió muchísimo más.

    Aprendí que los gatos son fascinantes, y necesitan altura. La primera vez que la ví contoneándose sobre la barandilla de la terraza corrí despavorida a rescatarla. Más tarde observé que tenía agilidad y flexibilidad de sobras para no caerse. Ese hallazgo me permitió recordar lo importante que son ambas cualidades; agilidad y flexibilidad, tanto física como mental. Tampoco yo debía perderlas.

    Por las noches le invade el espíritu salvaje, le entran "ataques de caza" y corre por la casa haciendo círculos como si la persiguiera el diablo. Y entonces pienso que el poder de la naturaleza se ha apoderado de ella y éso me lleva a recordar que como ella, soy un animal y aunque esté en la ciudad entre cuatro paredes y rodeada de asfalto, siento también el influjo de la luna. No sólo lo siento sino que me afecta y cómo...

    Me hace regalos. Me trae sus piezas de caza. Aunque me muero de asco al observar los dragoncitos, cucarachas ó polillas gigantes deshidratadas al pie de la cama, se lo agradezco. Es su manera de agasajarme. Yo también lo hago con mis hijos. Les hago regalos, los mimo y cuido. Y siempre que pueda seguiré haciéndolo.

    Amy Winehouse crece, y a la vez, yo crezco también con ella. Mis hijos aprenden a cuidar de un animal. A no jugar con ella como si de un peluche se tratara. El mayor, más sensible, la acaricia con cuidado. El pequeño aun juega a perseguirla. Y la coge por el lomo porque sabe que así la cogía su mamá cuando era una recién nacida. Aprenden a través de la convivencia a respetar las peculiaridades de los demás.

    Pero Amy y yo somos las que permanecemos juntas más tiempo. Amy ha ido colándose por todas partes. Descubriendo cada rincón ha logrado llenar cada grieta de la casa. Ya no sólo me hace compañía. Se ha convertido en una más de la familia. En la que siempre está ahí. La que nunca se olvida.

     

     

     

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