Blog 
Sopas mallorquinas
RSS - Blog de Víctor Conejo Manso

El autor

Blog Sopas mallorquinas - Víctor Conejo Manso

Víctor Conejo Manso

Víctor M. Conejo (Palma, 1975). Estudios de Historia del Arte en la UIB y Comunicación Audiovisual en la Escuela de Arte y Diseño Vía Roma. Antes en TVE Baleares, Cadena SER Mallorca, Radioaktivitat, Mondo Sonoro Baleares, Youthing o IB3.

Sobre este blog de Cultura

"Cuando todo el mundo puede hablar y dar su opinión, la función del profesional es ofrecer su juicio de valor, dar una visión de la realidad desde un criterio personal y serio". O tratar seriamente la cultura popular y escribir para el gran público sobre la alta cultura.


Archivo

  • 17
    Octubre
    2011

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Fin de semana musical: críticas de L.A. y Niña Pastori

     

    Galería de fotos del concierto de L.A. en la sala Assaig por César de la Lama & conejomanso:

    comunidad.diariodemallorca.es/galeria-multimedia/Concierto/gira-Sala-Assaig/33825/1.html

     

     

    L.A.: concierto de cierre de la gira Heavenly Hell

    Sala Assaig (Palma), viernes, 14 de octubre. Aforo: abarrotado de nivel 2 en una escala de 3.

     

    EL FINAL DEL SPRINT

    La comparación era inevitable: los L.A. dieron el 21 de mayo de 2010 un concierto soberbio en la misma sala, en la que Luis Segura guió la noche como le vino en gana, evitando la autocomplacencia con decisiones como incluir un impasse de veintipico minutos en los que cantó él solo con su guitarra, y eliminando el triunfalismo al cerrar la noche con la canción oculta en Heavenly Hell, sin duda la más heterodoxa del disco. El de este viernes pudo ser un buen concierto para el no habitual a las actuaciones de Segura y compañía (máxime cuando el grueso del repertorio fueron las canciones del último disco, único que conoce la mayoría del público actual de L.A), pero no lo fue para los que hayan asistido a más bolos de los mallorquines.

     

    Puede que la circunstancia que distinguía a la velada (se trataba del último concierto de la gira) se volviese en su contra: el final de ese sprint que han sido los últimos dos años en la vida del grupo dando conciertos por toda España parece que exigió su peaje en la sala palmesana. No es que los músicos estuviesen indolentes, ni mucho menos, pero sí más calmos, dando a la postre un espectáculo mucho más estático –y más corto– de lo habitual. Pero como L.A. ya están en ese nivel en el que el público aúlla apenas han sonado tres segundos de una canción, el –supuesto– cansancio de la banda no hizo naufragar la velada.

     

    El concierto jugó sobre seguro: primero porque la banda está muy rodada, y atacan y resuelven las canciones con una confianza evidente y envidiable. Y segundo por lo ya apuntado del repertorio básicamente Heavenly (a la hora escasa de concierto se pudieron oír comentarios como “esto no durará mucho más porque no tiene más canciones, ¿verdad?”). El público quería tres o cuatro canciones concretas (la avalancha de móviles grabando llegó con Stop de clocks) y las tuvo. También sonaron un par de canciones nuevas, por lo oído poco distinguibles de la línea Heavenly, y una prueba de libertad autoral: la reinterpretación de What are we fighting for, en la que Segura se permitió prácticamente renunciar a una melodía perfecta, dejándola casi irreconocible.

     

    No es habitual describir al público en la crítica de un concierto (el objetivo es lo que sucede en el escenario), pero sí es reseñable en caso de L.A. al ser la principal discusión alrededor de su música. El tremendo éxito popular de Heavenly Hell, el cuarto, último y claramente más accesible –que no desvirtuado– disco de Luis Segura, le ha proporcionado una marabunta de público muy determinado: pijos muy pijos y pijas muy pijas. Las cosas son como son. Y no es una cuestión clasista, sino de que este tipo de audiencia es muy poco fiel y clásicamente con muy poco criterio: la mayoría desconecta cuando Segura se queda solo con su guitarra, un lujo que dicho público no sabe apreciar por lo normalmente poco curtido de sus oídos. El nuevo disco de la banda ya se ha anunciado como “una vuelta al sonido de los inicios”. ¿Se volverá ello en su contra?

     

     

     

     

    Niña Pastori: gira La orilla de mi pelo

    Auditòrium de Palma, sábado 15 de octubre. Aforo: lleno.

     

    DESEABLE CLASE MEDIA

    Como estándar de clase media, la Niña Pastori no está mal: es desde luego deseable a Alejandro Sanz o David Bisbal. La Pastori vendría a ser un constante plato de filete con patatas. Uno puede alimentarse eternamente de ello, y aunque no esté halagando al paladar, tiene sustancia y nutre lo suficiente. Pero aquellos dos son como una paella precocinada y congelada de a 3 euros el kilo. La mezcla de flamenco, pop y viceversa hace años que no da nada glorioso más allá de Kiko Veneno –que pare una obra maestra cada vez que edita algo– y las buenas intuiciones que tuvieron Ketama. Otros (Ojos de Brujo, El Bicho, Macaco) han sabido ver que tocaba enriquecer la fórmula para trascender. El repertorio de la Pastori rara vez es de traca y acierta de pleno en contadas ocasiones, pero ya se sabe que genios hay pocos.

     

    Como tampoco lleva una banda de espasmo, el concierto de la gaditana tuvo tensión pero sin floritura instrumental de la que distingue y pone por delante. Sintomático fue que el primer solo de la noche lo hizo ¡el teclista! El público estuvo gritón desde los inicios, entregado a los recursos fáciles de la casa: sonido aflamencado y/o poperizado (o rockero, que es como suena su último disco; las rumberas suenan demasiado parecidas entre sí y no aportan), que no es lo mismo que acamelado (de Camela, claro). Y es que el buen gusto de la cantante (su talento y sus dotes para el flamenco están fuera de toda duda) y su marido (director musical del producto Pastori) es suficiente para decirse popular, que no populachero. Sólo se naufragó, precisamente, cuando se acercaron a los baladones tipo Sanz, a esos arreglos escalonados tópicos y esas melodías pobres y previsibles marca del autoexiliado en Miami.

     

    El final de la actuación (hasta entonces había transcurrido una hora y cuarto escasa) fue sorpresivamente clásico: cante flamenco ortodoxo a viva voz, sin microfonía. La cantante, al igual que en un momento anterior del concierto, volvió a recurrir a las bulerías, uno de los palos más populares y asequibles técnicamente para una voz. Huelga decir que fue lo mejor de la velada.

     

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook