Blog 
Sopas mallorquinas
RSS - Blog de Víctor Conejo Manso

El autor

Blog Sopas mallorquinas - Víctor Conejo Manso

Víctor Conejo Manso

Víctor M. Conejo (Palma, 1975). Estudios de Historia del Arte en la UIB y Comunicación Audiovisual en la Escuela de Arte y Diseño Vía Roma. Antes en TVE Baleares, Cadena SER Mallorca, Radioaktivitat, Mondo Sonoro Baleares, Youthing o IB3.

Sobre este blog de Cultura

"Cuando todo el mundo puede hablar y dar su opinión, la función del profesional es ofrecer su juicio de valor, dar una visión de la realidad desde un criterio personal y serio". O tratar seriamente la cultura popular y escribir para el gran público sobre la alta cultura.


Archivo

  • 18
    Diciembre
    2012

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    ENTREVISTA: Bru Rovira (periodista): "Los Rolling Stones son el sistema"

    Si poder conversar con periodistas de la categoría de Bru Rovira (Barcelona, 1955) es un lujo para todo profesional y leerle un privilegio y una obligación para quien se considere lector despierto, más parece serlo hoy día en que las crónicas hablan de cuasi purga de la experiencia, de ninguneo de la insustituible sabiduría acumulada durante décadas y décadas por los curtidos reporteros como el catalán, quien se dedicó durante más de tres décadas, artículos en La Vanguardia mediante, a señalar la injusticia, la ignominia y lo poco humano que a menudo es el ser humano en multitud de países por todo el globo. Gracias a ello llegaron libros de cabecera y premios importantes, aunque se ve que no tanto como para convertirle en tótem intocable.

    Esas crónicas, leídas más en las redes sociales que las páginas del establishment periodístico, señalaron que su salida del rotativo tras años de excelencia se produjo por una inmerecida puerta falsa. Lejos de embarcarse en el ajuste de cuentas y en la siempre reparadora venganza, Rovira dice preferir recordar que el periodismo, si no es con romanticismo, mejor que no se practique. Si el maestro lo dice, toca aplicarse a ello. Vino a Palma a participar con su charla Una mirada al món en el extraordinario ciclo de conferencias Trobades en compromís. Testimonis compromesos amb els més vulnerables, organizado por la obra social de La Caixa, excelente iniciativa que ya ha traído a la isla a primerísimas espadas de nuestro periodismo como Gervasio Sánchez, Ramón Lobo o Rosa María Calaf.

     

    –Siempre es un privilegio poder hablar con periodistas de su relevancia, entre otras cosas, porque los medios de comunicación, de quien menos hablan, es de sí mismos.
    –¡Los periodistas hablan mucho de sí mismos! Forma parte de la crisis del periodismo actual. Una redacción de antes era inteligente por sí misma porque había muchas generaciones y experiencias. Levantabas la cabeza y siempre había un tipo que decía “¿quién sabe del tema tal del año 90?”. La redacción era un cerebro con la biblioteca, la memoria del país, de 30, 40 ó 50 años atrás. Eso convertía el periodismo en un laboratorio de muchas cosas. Pero han despedido a casi toda esa gente mayor. 

    –Me refería a que los medios de comunicación, públicos y privados, están generando muchísimas noticias que, paradójicamente, los mismos medios apenas están contando. ¿Cómo se le explica eso al lector de 2012 que vive en la era de la información?
    –Por resumirlo de manera simple, el periodismo de hoy está en manos de dos cosas muy negativas: una, el control por parte del poder político, que le ha dado los recursos y los contactos para acometer la gran renovación tecnológica que necesitaba. Hoy, el periodismo está muy controlado y no refleja la totalidad de la sociedad. Eso provoca que se simplifique mucho el discurso en el cual el interés no es que el lector se pueda hacer una idea de las cosas que pasan, sino hacer propaganda de lo que debe pensar. También ha creado el mimetismo de que el espectador se quiera identificar con medios que piensen como él porque no quiere cambiar de pensamiento. Y eso es horroroso, porque en el mundo de hoy, precisamente, es muy difícil encontrar un pensamiento útil, ideas interesantes, para los problemas que tenemos. El segundo aspecto negativo es el consumismo: el periodismo ha dejado de ser un producto de utilidad pública en la cual el negocio es importante para sobrevivir pero no es el objetivo, y se ha convertido en un producto que es igual que hacer coches. Los que mandan en el periodismo quieren hacer dinero. La viabilidad es lo más importante, y por eso dicen que un producto de calidad no es algo bien hecho, sino algo que tiene audiencia, que se vende. Un libro que se vende es un libro bueno. Un programa que televisión que lo miran cuatro millones de personas es buenísimo, y normalmente son grandes porquerías. Los grandes temas cuestan dinero y obligan a pensar, dan dolores de cabeza en el sentido positivo porque dan para preocuparse por algo.

    –¿Qué eco pretendía que tuviese su portazo a La Vanguardia?
    –Ninguno.

    –Pero su salida no fue silenciosa.
    –Sí quería que lo fuese. Llegué a un acuerdo de despido, pero después di una conferencia [en el 13 Encuentro Internacional de Fotoperiodismo 'Ciudad de Gijón'] que colgaron en internet sin decírmelo. Era una cosa entre amigos... y hablé con libertad. Nunca hice declaraciones públicas contra el diario, pero pareció que me fui enfadado. La Vanguardia me ha pagado prácticamente toda mi carrera y debo estar agradecido. Y no me despidieron solo a mí, sino a un grupo de 80 personas, a una parte muy importante del diario. Y eso sí creo que fue por desprecio hacia la sabiduría del propio diario.

    –Su salida, la de “uno de los grandes reporteros de España” en palabras de Ramón Lobo, la de Paco González y su equipo de la Cadena Ser cuando eran líderes indiscutibles de audiencia, el despido de periodistas de primerísima fila en El País (como el mismo Lobo): ¿la conclusión más terrible es que no importa la relevancia del tu periodismo porque nunca serás intocable?Ç
    –Así se ha demostrado los últimos años. Cuando te despiden te lo tomas de manera paranoica: piensas “me han despedido a mí”. Después ves que lo que no querían es gente que tiene una actitud, que es libre en cierta manera y que es un periodista caro porque lleva años en nómina, tiene privilegios, etc. No miran quién eres ni qué haces ni el dinero que se han gastado en ti para formarte. Miran los números y dicen “este tipo cuesta tanto”. El País, por ejemplo, ha desmontado su cerebro. Gente como Enric González, que habían sido corresponsales en todo el mundo, que habían aprendido idiomas, que conocían a gente... Eran los sabios del periodismo, gente que hoy debería estar enseñando a la gente.

    –En opinión de González, los sucesos globales son también locales: un acontecimiento en Kandahar tiene la misma trascendencia que la avería de semáforo en Vic.
    –Somos grandes amigos, y suelo coincidir en casi todo lo que dice. Para mí, como experiencia vital, es lo mismo. La técnica, la manera de trabajar y el entusiasmo son exactamente los mismos. Lo interesante del periodismo es la aventura humana que hay detrás de las noticias: la humanidad de un suceso, una corrupción política, una historia policial o una guerra siempre es una historia humana.

    –¿La situación social y económica actual provocará que se resienta la solidaridad individual, que cada vez más gente diga “no me interesa lo que pasa en Ruanda, el Congo o Palestina porque suficientes problemas tengo ya”?
    –Ya está pasando y es muy humano. El ser humano no es social por naturaleza. De entrada, no piensa en el bien público. Es tribal: piensa en los suyos, en su familia. Es triste, porque la gran cualidad del mundo rico es poder ocuparse, por ejemplo, de la gente mayor sin recursos, o de personas con dificultades físicas o psíquicas, y llevarlos hacia una vida de calidad. Es lo máximo a lo que puede aspirar una sociedad. Esta cosa terrible, el genocidio de la gente mayor que está sucediendo ahora... Vi caer los países del este, cuando toda una generación de jubilados se sacrificó y que al hundirse el comunismo se quedaron sin jubilación. Gente que había trabajado muchísimo por el país: maestros, bibliotecarios, médicos... Se murieron de hambre en silencio. Nadie habló de ellos. Desparecieron. Trabajaron para el Estado y la sociedad, y ésta, cuando se hicieron mayores, les escupió. Pasó en Rumanía, Polonia, Bulgaria, la antigua URSS, Georgia... Nuestro sistema actual está haciendo lo mismo con nuestros mayores, gente que se ha pasado la vida trabajando y pagando una cobertura social porque creían en ella, en un Estado que después te devolvería una parte porque tú antes habías dado una parte tuya para proteger a alguien. No hacer esto es un crimen terrible del sistema. El sistema que hace esto es un sistema que pierde la humanidad y que además ha engañado a la gente. Y de esto no se ha hablado mucho.

    –Tolstoi escribió que todas las sociedades libres lo son de la misma manera, pero las sociedades sometidas lo son cada una de una manera diferente.
    –Es verdad: habría que analizar país por país, conflicto por conflicto. Pero al final hay que pensar: ¿qué es lo bueno que tenemos? Diría que son los derechos humanos. La herramienta que, en este mundo global donde todos vivimos mezclados, permite que todo el mundo sea respetado en un espacio que todos respeten. Eso serían los mínimos, no los máximos. Unos mínimos sobre los que podemos construir el reto del futuro. La historia de la humanidad es la de los países ricos contra los pobres. La historia de las guerras mundiales es la de los vencedores. Nadie ha hecho una crónica de todas las mujeres alemanas violadas, que son miles y miles. Eso, hoy, ya no es así porque estamos todos mezclados. Si haces una guerra contra el Islam tienes dos guerras: contra el lugar en el que viven y contra los musulmanes que tienes en casa.

    –Se argumenta que el Nobel de la Paz a la Unión Europea es un reconocimiento a su historia pero ¿no debería de ser siempre un galardón son nombre y apellidos?
    –No, se dan también a instituciones. O a campañas, como la que se hizo contra las minas antipersonales, en la que había muchas organizaciones involucradas. Se ha dado también a Greenpeace o Médicos Sin Fronteras.

    –¿Y no sería preferible reconocer a personas individuales que han arriesgado su vida, tengan o no un cargo en una institución, benéfica o no?
    –No tiene por qué. Y en el caso de la Unión Europea, lo triste es tener la sensación de que se está premiando algo que ya no funciona. Parece que pretende dar coraje para reencontrar las raíces de lo que somos. Pero no se sostiene si se pretende premiar cómo se está actuando actualmente. A ver si nos animamos y recordamos que hay que ser de aquella manera.

    –Las ONG, ¿mejor profesionales o románticas?
    –¡Es una pregunta trampa para decir que mejor si son profesionales!

    –Sí, pero es que también se ha apuntado que las ONG de antes eran otra cosa.
    –Mejor que no sean ingenuas y cándidas porque al final distorsionan todo lo que tocan. Pero no se puede trabajar sin romanticismo ni ideales. En ese sentido, el periodismo no puede hacerse sin ser romántico. Hay que conservar el ideal de hacer algo importante que tal vez llegue a modificar algo. La realidad ya te pondrá en tu sitio y te demostrará que tu artículo, al día siguiente, servirá para forrar el cubo de la basura. Yo lo descubrí cuando entré en La Vanguardia: pensé que había tocado techo, pero al día siguiente, al pasar por el banco, vi cómo cubrían el suelo con las páginas del periódico para secar el fregado. Recuerdo que pensé: eso es la realidad. A veces la gente, los periodistas, piensan que son demasiado importantes. Pero el romanticismo y el idealismo conviene mantenerlos un poco. Yo, en estos momentos, no lo soy demasiado. Soy un gran escéptico. Mantengo el romanticismo en el sentido de que creo mejor llevar una vida interesante. Lo bueno del periodismo es que puedes poner en la misma dirección vida y trabajo. Creo que la gente joven se equivoca cuando hacen trabajos que, serán útiles para ellos, pero vitalmente no les gustan. No he entendido nunca a esa gente que llega a casa y dice “qué asco; vengo de la plantación”.

    –¿La plantación?
    –Es algo que Ramón Lobo solía decir, y me lo copió a mí. Él llamaba “la plantación” a la redacción de El País porque yo siempre le preguntaba “¿qué, cómo ha ido hoy la plantación?”, refiriéndome a las de la época esclavista.

    –Uno de los libros de moda es El desengaño de internet, en el que el bielorruso Evgeny Morozov se pone bastante tremendista con tesis del tipo “internet favorece más el control por parte de las dictaduras que la propagación de los valores democráticos”, o “el papel de Facebook y Twitter en las primaveras árabes fue irrelevante”. ¿Lo ha leído?
    –No. Es una idea interesante. El mundo de hoy produce muchas buenas ideas, pero cualquiera puede ser anulada rápidamente por el sistema capitalista, que es muy inteligente. En este momento es evidente que hay una obsesión por controlar internet, y se utiliza política y dictatorialmente. Pero esto es una guerra: quien piense que la sociedad funciona como un pesebre, con su mula, su buey y su niño Jesús, irradiando felicidad... La sociedad tiene una pelea permanente porque una idea revolucionaria hay que defenderla o te la roban. ¿Cuánta gente como los rockeros, que han nacido para vomitar sobre las instituciones y el establishment, al cabo de muy poco tiempo forman parte del sistema? La mayoría. Los Rolling Stones, por ejemplo, que son el sistema.

    –¿Cuáles fueron las “carreteras secundarias” [nombre de la columna de opinión de Rovira en el diario Ara] de las últimas elecciones en Catalunya?
    –Precisamente esa prepotencia de pensar que lo que salía en la prensa controlada por todos los partidos políticos era la realidad del país. Nadie escribió sobre las carreteras secundarias, nadie hizo el trabajo profundo de ir a ver qué pensaba la gente. Ello ha dado la altura de la tontería que significa querer controlar el periodismo, porque al final te acabas creyendo lo que te obligan a escribir. Cuando vieron los resultados se preguntaron “¿cómo es posible?”, pero es que se pasaron toda la campaña oyendo y leyendo las maravillas de propagandistas amigos y periodistas afines. Creyeron que la manifestación de la independencia era una manifestación puramente nacionalista, cuando era de protesta social, con carácter nacionalista, en la que detrás había mucha gente enfadada con el sistema, gente que quería cambios que iban más allá, cambios en el propio Govern de Convergència en contra de los recortes.

    –¿Cuál es la dimensión en Catalunya y Balears del Ara y cuál querría que fuera?
    –Fuerte en las redes sociales pero, como tantos, débil en papel. El gran reto del periodismo hoy día es mantener la independencia, porque en seguida se convierte en un caramelo que se quiere utilizar para dar privilegios a alguien, empresa, poder o quien sea. En cambio, éstos tienen que entender que nadie se está cargando el libre comercio y que la independencia del periodista es un elemento de salud que ellos mismos necesitan, porque si no acaban creyéndose sus propias mentiras, como decía antes.

    –¿No cree que las secciones de opinión están sobredimensionadas y que es fácilmente detectable que la mayoría de “especialistas” se dan un paseo por un par de webs y fusilan opiniones de otros?
    –Yo hago opinión como una fatalidad. Me gustaría hacer reportajes, y por eso intento que lo que escribo se base en experiencias, historias y hechos. Hablo de cosas que he visto. En ese sentido hay que entender que el periodismo hoy ha hecho una sustitución, debida a la economía, en la que ha pasado de gastar mucho dinero en opinión de gente famosa y mediática, que sale barato porque aunque les paguen muy bien están en su casa y son autónomas, y han creado ese ambiente propagandístico de la opinión como una manera de dirigir la sociedad mesianismo mediante. Eso es horroroso porque el opinador ha descubierto que gana más sin levantarse de la silla, mirando páginas web y opinando de todo. Opinadores profesionales y mediáticos que han abandonado el trabajo de conocimiento y cada vez son más pesados. La opinión es muy importante en el periodismo, pero hecha por gente que sabe qué está diciendo. Hoy escuchas una tertulia en la radio y los mismos colaboradores hablan de la crisis económica y mañana del aborto o de Túnez. ¿Cómo pueden saber de todo eso? Y siempre es mucho más cómodo pensar a través de otro que por ti mismo, como tomar todo lo que dice el New York Times por la palabra de dios. El problema del opinador es que es como un niño: no busca decir algo valiente o sensato o decir lo que piensa, sino que le quieran, o que quien le paga le dé una palmadita en la espalda. Hablar para su parroquia y que les adulen. Son monigotes de la ideología.

    –Gervasio Sánchez decía en una entrevista a este mismo diario que, en la fotografía periodística, lo más importante es el trabajo a largo término, después del conflicto. El retrato de las consecuencias y no sólo el momento de las explosiones y la sangre.
    –Es la explicación de su proyecto Miradas. Escribí un artículo para el libro de Miguel Gil titulado El día después, que es mi tesis similar a la de Gervasio: se debe volver al lugar. La historia de las cosas es el momento en el que pasa algo, pero también el de antes y el de después. Cuando una persona abandona Kosovo en un carro con su familia no hay que contar sólo ese momento, sino también qué ha pasado antes, por qué ha pasado y qué vida le espera. La Guerra Civil española es la preguerra, la República, la guerra y el terrible exilio, más el presente de ahora. No podemos entender la España de hoy sin esa guerra. Gervasio tiene razón, y he escrito mucho sobre ello: la idea de volver, la contextualización de las historias y la vida de la gente, que es mucho más larga que un hecho puntual. Para eso no sirve sólo la foto del dolor. Tenemos que poner en él una crónica, una historia que humanice a esa persona. Si poner una persona agonizando la deshumanizas. Esa persona es alguien: quiénes son sus padres o sus hijos, qué sienten y cómo saldrán de esa. Hoy en día se abusa del momento, que está bien si después hay un interés añadido. Pero produce la tristeza ver que nos hemos esforzado mucho en explicar cosas de Sarajevo, Ruanda, etc., que después se olvidan. Es muy frustrante.

    –Periodistas de conflictos tan importantes como Mayte Carrasco opinan que el periodismo ciudadano no existe.
    –No existe. Lo que existe es una sociedad que se expresa, y la expresión ciudadana en las redes sociales no es periodismo. Éste necesita una narrativa que va mucho más allá, aunque si examinamos una y otra cosa tal vez descubramos que se está haciendo un periodismo de inferior calidad al de las redes. El periodismo es selección, criterio, contexto, historia, investigación. Cuando todo esto desaparece sólo se ve una parte de las cosas. Las redes hacen un gran servicio porque a veces muestran cosas que no se quieren explicar o llegan a sitios donde tú no puedes llegar. Tal vez lo que sucede es que hay un gran cacareo en este gallinero pero las ideas son difíciles de convertir en cosas interesantes. Por ejemplo, en Túnez hubo una revolución que empezó hace dos años con SMS, pero hoy no podemos decir que haya avanzado. Las redes sociales han canalizado una gran explosión pero la sociedad no tiene las ideas para cambiar. Algo similar a lo que le pasa la 15-M. En ese sentido las redes sociales significan aún poca cosa. Tal vez Carrasco valora estar en el lugar del hecho, y que ella se la juega allí mismo. Entiendo que le moleste porque todo lo otro es gratis. Es una mala competencia. 

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook