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Blog Sopas mallorquinas - Víctor Conejo Manso

Víctor Conejo Manso

Víctor M. Conejo (Palma, 1975). Estudios de Historia del Arte en la UIB y Comunicación Audiovisual en la Escuela de Arte y Diseño Vía Roma. Antes en TVE Baleares, Cadena SER Mallorca, Radioaktivitat, Mondo Sonoro Baleares, Youthing o IB3.

Sobre este blog de Cultura

"Cuando todo el mundo puede hablar y dar su opinión, la función del profesional es ofrecer su juicio de valor, dar una visión de la realidad desde un criterio personal y serio". O tratar seriamente la cultura popular y escribir para el gran público sobre la alta cultura.


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  • 24
    Julio
    2015

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    Cultura Mallorca

    CRÓNICA Orquesta Buena Vista Social Club en Port Adriano

    CRÓNICA Orquesta Buena Vista Social Club en Port Adriano

    CLÁSICO SIN EPATAR

    La noche del jueves la palabra “clásico” se pronunció como hacía décadas que no se oía. No es que se viviera una velada nostálgica, sino que la música obró su poder y reconvenció de aquella máxima de “lo antiguo vale siempre”. Este se ha anunciado como el “Adiós Tour”, y no es solo que vaya a ser recordado como una despedida con la dignidad suficiente, es que resonará en la memoria como un cachete profesoral pero amistoso, como una fiesta de cantina en la que intuyes que los del escenario se las saben todas y que te quedan un par de vidas para alcanzar siquiera cuarto y mitad de lo que ellos han dado y recibido de la música.

    En la pantalla trasera se proyectaban imágenes de la Cuba más clásica (y por tanto estereotipada), instantáneas de aquel ligero aperturismo que incluso generó varias películas (hollywoodienses, claro está) de visión amable. En escena, una formación cambiante de entre once y trece personas. Ya ahí quedaba patente la maestría: una banda de piano, contrabajo, guitarra, tres cubano, laúd, conga, timbales, trompeta, trombón, cantante y corista que suena como un Cadillac De Ville de 1955 en verano es un portento que no está al alcance de cualquiera. Reiterando: hay que sabérselas, y si es todas, mejor.

    Con los primeros temas ya hubo dientes y orejas largas. Cada solo de contrabajo de Pedro Pablo Gutiérrez sonaba como una seducción de la época dicha al oído entre una isleña y un norteamericano: todo verdad, todo fiable, todo inolvidable. El nivel instrumental era alto como un sol de mediodía. Anuncian una canción del gran Ibrahim Ferrer y con ello llegan las primeras palmas de sentido reconocimiento. Acto seguido, el primer éxtasis: sale a escena Elíades Ochoa, uno de los tótems de la banda original, empujando al combo a ponerse guajiro y carretero. Ochoa se disculpa por presentarse “de sport” porque la compañía aérea le ha dejado la maleta en Madrid. Elegantón en el toque, en el habla y en el porte. Es entonces cuando canta Estoy como nunca, y todos estuvimos con él.

    Tras Macusa y A la luna yo me voy anuncian un descanso de cinco minutos que se convierte en media hora demasiado larga. A la vuelta, tal vez para compensar, un temazo: El trombón majadero. Y es entonces cuando aparece en escena la diva, la niña grande, la abuela chica. Como queriendo regalarse desde el primer minuto, Omara Portuondo se presenta con una gema: Lágrimas negras. La orquesta vuelve a recordar que tendrán la edad que tienen (de hecho, su anterior concierto en el Auditòrium de Palma en 2011 fue más brioso), pero demuestran poder encabritarse a voluntad. Después se lanza a por Veinte años con el único acompañamiento del piano de Rolando Luna. Su voz de 84 años, correcta; la interpretación, canónica.

    Bésame mucho recordó el sentido de lo clásico antes descrito: no suena epatante sino incluso doloroso. Portuondo lo sabe y se atreve a forzar. Canta como un gato culebreando sobre una pared, sin salirse del estrecho canto, sin salirse un milímetro del tono, como una voz intacta de veinteañera. Luego, No me llores más mezclada con Amor de hombre. Luego, el tesoro melódico que es Quizás, quizás, quizás. Y luego, llegó: sonó Chan Chan. La organización cifró la asistencia en 1.500 personas, y 1.500 fuimos compadres durante tres minutos y pico.

    Para el tramo final, tres pepinazos. Primero, El cuarto de Tula, con el que se descubrió al Hendrix de Cuba (Barbarito Torres se puso el laúd a la espalda para el solo). Segundo, el bolero Dos gardenias, con la que la masa se convirtió en una nube de agarraos. Y tercero, Candela, que fue cuando aquéllos se tornaron parejas zumbonas.

    Orquesta Buena Vista Social Club: Adiós Tour. Port Adriano, jueves 23 de julio, 1.500 personas.

     

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