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Blog Sopas mallorquinas - Víctor Conejo Manso

Víctor Conejo Manso

Víctor M. Conejo (Palma, 1975). Estudios de Historia del Arte en la UIB y Comunicación Audiovisual en la Escuela de Arte y Diseño Vía Roma. Antes en TVE Baleares, Cadena SER Mallorca, Radioaktivitat, Mondo Sonoro Baleares, Youthing o IB3.

Sobre este blog de Cultura

"Cuando todo el mundo puede hablar y dar su opinión, la función del profesional es ofrecer su juicio de valor, dar una visión de la realidad desde un criterio personal y serio". O tratar seriamente la cultura popular y escribir para el gran público sobre la alta cultura.


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  • 18
    Agosto
    2012

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    CRÍTICA - Peret en el Auditòrium de Palma

    Crítica - Peret: Música hablada. Auditòrium de Palma. Viernes, 17 de agosto. Aforo: en familia.

     

    MEJOR QUE EN CASA

    El abuelito llegó y saludó a los que allí estaban. “Vengo a contaros historias de la rumba catalana”, dijo, “y quiero que os sintáis como en vuestra propia casa”. Para conseguirlo desplegó sus habituales y certeras herramientas: cercanía y humor. “Esta canción se llama Lola, y es la primera rumba que se grabó. Aquí mis dos sobrinas van a hacer las palmas como se hicieron para ese disco, es decir, mal. Hay que respetar las tradiciones”.

    El abuelito cantó, e incluso bailó, todo al ritmo y la intensidad esperables en un señor de 77 años, esto es, con una gracia muy particular y muy suya. Las anécdotas llegaban una tras otra, y como su repertorio es fundacional en la música popular no sólo catalana sino española, el público pedía más. “Esta canción que parece tan sentimental y dedicada a una mujer la escribí para mi primo hermano Joanet, para que se levantara de una vez de la cama”. Entonces repasaba uno la letra (“…las sábanas aún impregnadas de tu perfume…”) y cuadraba. O no pero daba igual: en eso consiste el encanto de la música.

    Peret (Pere Pubill Calaf, Mataró, Barcelona, 1935) convirtió el auditòrium en una pequeña salita de casa, en la que hizo sentir a los asistentes como miembros de su propia familia, la misma que integraba la solvente banda que lo acompañaba (cinco sobrinos y un nieto). Fue el abuelito ideal: el que parece sabérselas todas. Como cuando dijo que él quería a todos los políticos para posteriormente cantar “…son justos, honrados y muy cabales / y da testimonio de ello que no hay ninguno en la cárcel…”. Descubrió a su audiencia cómo a menudo las canciones más sentidas llegan en la situación más prosaica, como aquella que escribió mientras esperaba en una furgoneta sucia a su hija y que trataba de un jilguero que se enamoró de una rosa. También confesó sin rubor que la vida del artista da para valorar lo que la inane cotidianidad de la mayoría suele desdeñar con ligereza, sean padres o prostitutas.

    El concierto fue tan cercano como sólo puede serlo con un señor que ha vivido por tres vidas y tiene el detalle de contártelo. En el último tercio de la velada lo hizo él solo con su guitarra, la misma con la que apareció al hombro y en solitario al inicio, con las luces todavía encendidas. Ahí fue hasta conmovedor, pues no quiso guardarse nada: cantó para los mayores que se sienten solos y hasta habló sobre su largo retiro espiritual “…que sirvió para que me dieran por muerto y algunos aprovecharan para decir que ellos habían inventado la rumba…”. Después, todos de vuelta al escenario y arreón final: versión larga y tremebunda de El muerto vivo. “Gracias por venir, porque esto no habría sido posible sin vosotros. Imagínate sino… nosotros solos aquí arriba y nadie ahí abajo…”. Así marchó Peret, que no estaba muerto, y visto lo visto no morirá nunca. 

     

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