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Blog Sopas mallorquinas - Víctor Conejo Manso

Víctor Conejo Manso

Víctor M. Conejo (Palma, 1975). Estudios de Historia del Arte en la UIB y Comunicación Audiovisual en la Escuela de Arte y Diseño Vía Roma. Antes en TVE Baleares, Cadena SER Mallorca, Radioaktivitat, Mondo Sonoro Baleares, Youthing o IB3.

Sobre este blog de Cultura

"Cuando todo el mundo puede hablar y dar su opinión, la función del profesional es ofrecer su juicio de valor, dar una visión de la realidad desde un criterio personal y serio". O tratar seriamente la cultura popular y escribir para el gran público sobre la alta cultura.


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  • 20
    Septiembre
    2011

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    Conversaciones en las 'Converses': entrevistas en Formentor

    Las Converses literàries a Formentor solventan la visita improbable de escritores excepcionales, pero también incluyen siempre una serie de luminarias en absoluto de segunda fila o secundarios, sino actores fundamentales de la literatura española sea por practicarla, criticarla o divulgarla. Se ha planteado un mismo cuestionario básico a cinco de ellos, concebido alrededor de uno de los temas que mayor discusión está generando alrededor de la literatura: la contaminación (y el término no es peyorativo) que sobre ésta ejerce el periodismo. Todo ello, ampliado con preguntas concretas sobre los mismos autores y su obra. La amplitud y potencia oceánicas de su sabiduría ha devuelto respuestas comunes, parecidas y también opuestas. Probablemente sea resultado de que todos leen hasta la extenuación, y de que todos ellos están convencidos de que leer mejora al individuo porque le hace capaz de pensar mejor.

    Los entrevistados son Emili Manzano (periodista y escritor), Fernando Aramburu (ensayista, poeta y narrador), Ricardo Menéndez Salmón (escritor), Marc Cerdó (escritor) y Jordi Gracia (ensayista y crítico).

     

     

     

    Manzano

    Foto: Guillem Bosch.

     

    El 11-S es un reto para un escritor: qué inventar cuando la realidad ya es tan brutal”

    El periodista Emili Manzano (Palma, 1964) se empeñó en ir a contracorriente y no quiso hacer televisión prescindible: pergeñó para el Canal 33 L'hora del lector, un programa de libros ideal porque trataba al espectador con ambición comedida. Es decir, no como a un exquisito, pero tampoco como a un bobo. El resultado no se hizo esperar y llegó en forma de prestigio, un material a menudo más sólido que las estatuillas. No fue inesperado: con una apuesta similar, Saló de lectura, en la BTV del Ajuntament de Barcelona, obtuvo en 2004, entre otros, el Ondas al mejor programa de televisión local y el Nacional de Periodismo de la Generalitat. En junio de este año, sorpresivamente y tras la entrada de CiU en el Govern catalán, el programa fue cancelado.

      

    -L’hora del lector, aquel programa tan entretenido, didáctico y accesible para cualquier persona, fuese lector de libros o no, ¿fue cancelado por motivos políticos?

    -No lo sé. No se me explicó como tal. Se acabó por una decisión profesional. Querían hacer un programa más entretenido, didáctico y accesible para cualquier persona.

     

    -¿Más?

    -Sí, y para hacer uno mejor, hay que quitar el anterior. Fue una decisión puramente profesional. Y es verdad que queríamos hacerlo accesible no sólo para letraheridos, sino también para quien le gusta escuchar. Banalizábamos mucho, en el buen sentido.

     

    -Preparando la entrevista, lo primero que me ha venido a la mente es aquella polémica entre Javier Cercas y Arcadi Espada sobre si se puede incluir la ficción en los artículos de opinión, a raíz de un artículo de Francisco Rico sobre la Ley Antitabaco.

    -Aquello era muy interesante porque Rico dijo “yo no he fumado un cigarro en la vida”. ¡Claro que no! ¡Ha fumado millones, ahí estaba la broma! Lo que vino después estaba muy envenenado, porque Cercas dijo que se podían aceptar en un artículo cosas que no eran ciertas, y creo que le faltó reflexionar sobre ello.

     

    -Espada tampoco reflexionó mucho.

    -Arcadi, cuando ve un punto débil, le gusta pinchar por ahí. Pero es que lo que se dijo, textualmente, era muy bestia. Y me sorprendió que un periódico aceptase publicarlo: que se pueda aceptar como periodismo algo que no es cierto. Si me compro un diario, no quiero que me mientan, aunque sea un escritor. Para eso están las novelas, para inventar.

     

    -¿Los escritores se acercan al periodismo por el prestigio que da la realidad?

    -A menudo son elecciones sólo estéticas, como cuando Truman Capote, para escribir A sangre fría, decidió que la única manera era mezclando la investigación periodística con la forma de la novela. Pero cuando todo se convierte en una moda, como es ahora escribir novelas que mezclen elementos reales con ficticios, todo se vuelve más difícil de explicar.

     

    -¿Quién da más prestigio a quién, el escritor al periodismo o al revés, habida cuenta de que se leen muchos más periódicos que novelas?

    -Los periodistas que han publicado una novela ponen en la solapa “periodista y escritor”. Ser escritor es un valor añadido aunque te lean 200 personas, y aunque en un diario te lean 30.000 ó 40.000. El escritor tiene estatus de artista.

     

    -¿A un escritor le interesa publicar en prensa por practicar la máxima convicción en una extensión reducida?

    -Sí, y los hay que lo consiguen y los hay que no, incapaces de escribir solo medio folio. Aunque muchos escritores hacen periodismo por el simple rendimiento económico.

     

    -Y luego están los escritores que no escriben opinión en prensa, sino que hacen creación, como Vila-Matas.

    -Son los que más me interesan.

     

    -¿Qué es un escritor que no tiene opinión pública: un conservador, un cobarde, un avieso o alguien más listo que los demás?

    -Tal vez sea más honesto quien dice que su opinión no le importa a nadie, o que no la tiene, o no quiere expresarla, o es menos interesante que un apunte cotidiano. Es lo que hace Juan José Millás: a menudo en sus artículos no hay opinión, sino un punto de vista de escritor sobre la realidad, neurótico a menudo. Me gustaría que hubiese más cosas así en los diarios: no tanta opinión y más visión del mundo. Aunque pueda haber una opinión detrás, pero no tan deliberada.

     

    -¿Y que un ficcionador se centre tanto en la actualidad, en la realidad, no puede hacer que su capacidad para crear ficción se resienta, pierda tensión?

    -Hay un libro precioso de Cyril Connolly, Enemigos de la promesa, sobre un joven y prometedor poeta al que advierten de las amenazas que hay sobre él y su futuro, y una de ellas es el periodismo: te llaman para colaborar, el reconocimiento inmediato… Escribes un artículo de opinión y tu vecino ya puede decirte el mismo día si te ha leído, mientras que escribir una novela te puede llevar dos años, durante los cuales nadie te hace caso. Es muy cierto que se puede perder la tensión literaria: no reflexionas, no pules, no eliminas un párrafo.

     

    -Por tanto, a un periodista le beneficia escribir narración larga porque puede detenerse a pensar en lo que está escribiendo.

    -Y sobre todo porque puede reescribir.

     

    -La literatura, bien embellece el mundo, bien intenta mejorarlo. El periodismo no puede embellecer la realidad, luego al escritor en prensa solo le queda intentar mejorar el mundo.

    -El periodismo solo tiene que reflejar la realidad. Que ya sabemos que es imposible, porque interviene el punto de vista, el lenguaje puede reflejar voluntad, etc. Pero la literatura no tiene nada que ver con la realidad, sino que pretende fabricar una realidad autónoma, y cuando el lector abre un libro hay un pacto tácito de que es ficción. ¿Que hay elementos de la realidad? Muy bien. ¿Qué estos elementos están adulterados? Es legítimo.

     

    -Vargas Llosa dijo que escribir es mentir. Y Francisco Rico añadió que sí, pero para contar una verdad moral.

    -Claro: mentir sin engañar. El esfuerzo consiste en mentir bien, con gracia, consiguiendo un relato evocador.

     

    -Yasmina Reza se pegó meses a Sarkozy para escribir un libro-perfil sobre él. David Foster Wallace cubrió la campaña del republicano John McCain. En España, Pla iba allá donde la revista Destino le enviaba. Pero todo esto ya no se hace. ¿Por dónde exactamente está entrando el periodismo en literatura?

    -Eran las grandes revistas las que permitían eso, además de que destinar escritores a seguir grandes eventos es una tradición anglosajona. Mark Twain, el padre de la narrativa norteamericana moderna, era un gran periodista. Antes estaban las denominadas “grandes plumas” que hacían crónicas parlamentarias, sociales, de toros, gente como González Ruano, Chaves Nogales... Pero después, habiendo ya pasado lo que describen, quedan libros con los que disfrutas del estilo, pero cuyo contenido no es muy ajeno. Por eso sería ideal que los diarios implicasen más a los escritores: pedir a estos que, con su talento de escritores, cuenten la realidad.

     

    -¿La mejor literatura es aquella que es intransferible a otro soporte (cine, televisión, videojuegos)?

    -No. Y toda la literatura que ha tenido buena adaptación siempre es literatura popular, de género, de aventuras. En cambio, la que consideramos más exquisita, basada en el uso del lenguaje, es muy difícil de trasladar porque lo que apreciamos en ella es la fuerza del estilo, y el estilo fílmico es otro idioma. La literatura popular no es para despreciarla: el argumento y los personajes tiene tanta fuerza que, si lo pasas a imágenes, tienes un resultado excelente.

     

    -La adaptaciónde La insoportable levedad del ser de Milan Kundera no está nada mal.

    -Pero son casos muy puntuales. En cambio, las grandes novelas, son prácticamente siempre grandes fracasos.

     

    -Ha habido grandes novelas que han visto grandes adaptaciones: Moby Dick, por ejemplo.

    -Sí, pero la película solo coge un pedazo. Eso demuestra la habilidad de John Huston, pero la novela completa tiene una dimensión filosófica y mística enorme, cosa que evidentemente no está en la película. Houston cogió lo que era cinematográfico.

     

    -Harold Bloom dijo que leer a J.K. Rowling o Stephen King es cometer suicidio intelectual. Pero al menos menos leen, ¿no?

    -Es que lo de Rowling, estilísticamente, es muy flojo. No es El señor de los anillos, una escritura muy bien trabajada, obra de un escritor que aspiraba a un nivel literario, verbal, importante. Lo de Rowling es puramente argumental. Y a Bloom, que es un señor exquisito, le gustaría otra cosa. Pero volvemos a lo de la literatura popular: ir a Zara o comprarte un vestido a medida de una marca elitista.

     

    -¿Hay que revisar y ampliar el canon occidental que marcó Bloom para incluir a los DeLillo, Roth, McCarthy, Pynchon o Coetzee?

    -Totalmente. Las listas de libros tienen aciertos, pero el canon se hace solo. Lo hace el tiempo. Las listas cometen injusticias. Son sólo el gusto del que las hizo. Pero uno no lee el canon, sino los libros que han sobrevivido al tiempo. Ese es el mejor canon: que pasen 20 ó 30 años para el autor.

     

    -¿Vargas Llosa estará en el canon?

    -Tiene una obra que ya hace muchos años está. Aunque ese tipo de autores son irregulares. La irregularidad es la ley del arte.

     

    -¿Sufre el peruano del “síndrome Cela”: escribir cada vez mejor para decir cada vez menos cosas?

    -Puede ser, porque son gente, además, muy mayor. Aunque hay autores de esa edad, como Roth, que cada dos años editan libro, condensación de otros que ya han escrito, pero que están en un momento de su narrativa muy alto. Y hay otros que, pasan los años, y pierden fuelle. No es la edad la que hace a un autor, pero los hay que tal vez pasan a tener otras preocupaciones. Veremos dentro de 20 ó 30 años.

     

    -¿Qué significa que haya tan pocos premios Nobel entre los candidatos a entrar en esa ampliación del canon?

    -Lo del Nobel es algo muy misterioso. Le damos demasiada importancia. Son premios que dan instituciones con unos criterios, unas filias, fobias, intereses... Yo no les doy mucha importancia. En los Nobel ha habido muchas injusticias, y no son más que unos señores suecos que dan un premio.

     

    -¿Has entrevistado a algún Nobel en tus programas?

    -Sí, a Derek Walcott, un premiado que no conoce mucha gente.

     

    -¿El 11-S ha sido productivo para la literatura?

    -Creo que todavía no.

     

    -Son ya diez años.

    -Ha inspirado mucha reflexión para el ensayo, el pensamiento o la historieta gráfica, como Sin la sombra de las torres de Art Spiegelman. Luego está una novela de Frédéric Beigbeder, Windows on the World, que se mete en la piel de gente que estaba en uno de los edificios. Pero no creo que haya aún grandes títulos. Y como elemento ficcional en sí mismo ya es tan rico que si haces un libro sobre las teorías conspiratorias estará a la altura dramática argumental de una novela. Es potentísimo. Para un escritor es un reto: qué me puedo inventar sobre esto cuando la realidad ya es tan brutal.

     

    -Sobre la actualidad literaria: ¿con Jaume Cabré –estos días ha publicado Yo confieso– vuelve el best seller de calidad?

    -Es que todavía no sé si es un best seller, no sé si se ha vendido mucho o poco. ¿Y a partir de qué cantidad de ejemplares vendidos se considera best seller?

     

    -¿Y Jonathan Franzen salvará a la novela con su inminente Libertad, como se está diciendo?

    -Cada temporada tiene que haber uno o dos salvadores. El mercado del libro está muy mal. Ha bajado mucho el consumo y, en la estrategia de lanzamiento de un autor, los editores tienen que inventar recursos. Franzen es un autor muy bueno, pero no es culpa suya que le presenten como un mesías.

     

    -¿Se está queriendo aplicar a la literatura la velocidad artificial, forzada, que ya existe en otros campos de creación como la música o el arte, en los que parece que se demanda una revolución total cada cinco años?

    -La literatura se ha contaminado de todas las formas de explotación comercial. Todas. Estrategias de promoción, comunicación, de intentar modificar el gusto del espectador, intentar atraer al joven, a los de tal o cual tendencia. No es ajena a todo esto. Una multinacional se juega mucho con un título.

     

    -Y Amazon lo va a liar todo aún más.

    -¡Claro! Estoy muy expectante. No me atrevería a hacer ningún pronóstico ni imaginar qué puede representar.

     

    -Para acabar, dos apuntes de actualidad social: el socialismo, en las formas que se ha practicado, fracasó. El capitalismo ha fracasado estrepitosamente. ¿Adónde vamos?

    -El capitalismo ha tenido una forma triunfal de fracasar. Ha sido un fracaso grandioso, porque no se discute, no se pone en cuestión. Hay un triunfo en este fracaso. Y no hay alternativa, nadie que esté reinventando la izquierda.

     

    -¿De qué nos puede rescatar la literatura?

    -Es capaz de un rescate individual, privado. La literatura que pretenda rescatar a las masas ya no es literatura, sino un panfleto. Es arte, y no puede hacer salvaciones colectivas. Solo salvaciones íntimas, y si después todo el mundo se ha salvado individualmente porque lee bien, y como lee bien se siente lleno y feliz, seguramente el conjunto de ciudadanos será más capaz de reaccionar positivamente y de pensar.

     

     

     

    Aramburu

    Foto: Guillem Bosch.

     

    La literatura actúa en las conciencias de otros, y eso no es poco

    El ensayista, poeta y narrador vasco Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) es la rigidez del criterio, la accesibilidad de la sabiduría y la calidez de la reflexión. Modelo de ética y estética para tantos, decidió en 1985 aislarse de España en la República Federal de Alemania, tal vez para no sentir distorsionada su lucidez. Demostró así que desde lejos se ve más claro y enfocado. Conoce el mejor método para descifrar España, el mundo y la literatura: el sentido del humor.

     

    -¿La ficción en periodismo es legítima, como defendía Javier Cercas?

    -No seguí muy de cerca aquella polémica, pero no me parece bien usar la ficción para ofender a nadie. Creo que el periodismo, para que sea literatura, tiene que dejar de ser periodismo.

     

    -¿Compartimento estanco?

    -No, no tanto. La literatura tiene más posibilidades de introducirse en lo que es la prensa diaria, que publica textos de una rápida caducidad, que al revés. Si el periodismo quiere ser literario, artístico, porque la literatura es el arte de la palabra, tiene que ser algo más que informativo. Por eso no me trago esa rueda de molino según la cual cualquier texto es literario, y así, cualquier texto periodístico.

     

    -¿Los escritores se acercan al periodismo por el prestigio que da la realidad, la información contrastada?

    -No puedo hablar en nombre de los escritores porque los escritores no existen. No existe una especie homogénea a la que se pueda llamar “escritores”, como si fueran una manada de ñús en la que todos se mueven en la misma dirección.

     

    -Tampoco existe ese compartimento estanco, entonces.

    -Yo puedo hablar por mí, porque de vez en cuando intervengo en la prensa por medio de un texto, y tengo en cuenta que va a aparecer en un diario y va a tener una efectividad limitada a ese día.

     

    -¿Quién da más prestigio a quién, el escritor al diario o al revés, habida cuenta de que se leen más diarios que no se venden novelas?

    -Es que esta cuestión no tiene nada que ver con el arte. Una persona que lee un periódico no es la misma que lee un tratado de filosofía. Ahí hay una presencia de los textos que es muy distinta de la de un libro. Eso no quiere decir que un texto, un artículo que aparece en un diario, no tenga una decencia estilística.

     

    -¿Al escritor le interesa ese ejercicio de tener que conseguir la máxima convicción en el reducido espacio de un artículo en prensa?

    -Ese ejercicio es muy positivo porque enseña a evitar lo superfluo. Y no es extraño que un escritor coloque huevitos, como los parásitos, en donde pueda. Los periódicos ofrecen una pantalla considerable, pero nadie publica una novela en un periódico, al menos no completa.

     

    -Nadie desde Victor Hugo, que publicó Los miserables por entregas en un diario.

    -Otros tiempos: no había televisión, ni cine, y la literatura cumplía esta función de ampliar el mundo de la gente.

     

    -¿Cómo es posible que un escritor que no pisa el terreno, que no tiene fuentes, que no puede contrastar la información, acabe de opinador de prestigio?

    -Habría que preguntárselo al que domine esta técnica. De todos modos, los escritores son maestros en la ilusión mediante palabras. Nosotros embaucamos a los lectores en el sentido de que les damos ilusiones de realidad, y los lectores quieren además ser embaucados, de manera que si este proceso no se lleva bien a cabo, el lector, con toda razón, protesta o se queja.

     

    -¿Pero los escritores no son los que escriben con más apriorismos que nadie, desde luego más que un periodista?

    -Sí, lo que ocurre es que opinar compromete a poco. Simplemente expresa un parecer sobre una cuestión. Y por otro lado, vamos a decir que estos espacios periodísticos tampoco son trascendentales para la vida de la gente. Un escritor de prestigio siempre interesa a un diario aunque diga tonterías, que es lo que hacen algunos.

     

    -¿Y escribir tanto sobre la realidad, practicando menos la ficción, no hace que uno sea menos escritor?

    -La ficción, en el caso de la publicación periodística, es un recurso cuando el escritor no domina el tema. Siempre cabe la posibilidad de fantasear. Y si uno no opera con datos, crea la carta de la ficción, que es lo que me temo que hoy emplean algunos.

     

    -¿Un escritor que no tiene opinión pública es un conservador, un cobarde, un avieso o alguien más listo que nadie?

    -No veo por qué ha de ser negativo, y ni mucho menos conservador, difundir la duda o cuestionar las certezas de otros. Lo que no supone tener que exponer las propias. Es imposible tenerlo todo claro si uno no ha simplificado previamente la realidad.

     

    -¿De qué manera concreta se está contaminando la literatura con periodismo?

    -Yo no veo que nada contamine la literatura. Es un recinto muy amplio que admite todo aquello que realmente ofrezca textos de calidad, adopten la forma que adopten. Por supuesto que la literatura puede adoptar la forma de un artículo periodístico. En cambio, no veo claro que la literatura de altura, densa, de pensamiento, la que juega con ritmos y formas, tenga un espacio adecuado en los periódicos. No me lo imagino.

     

    -¿Leer best sellers es cometer suicidio intelectual, como dijo Harold Bloom?

    -Creo que somos un poco histéricos a la hora de tener claridad sobre los fenómenos culturales de nuestro tiempo. Y poco sinceros: deberíamos reconocer que debido a nuestra pequeñez individual no podemos estar al día de todo lo que se hace, no solamente en el mundo sino también en nuestro país. Sí me parece positivo que la gente lea, aunque no sea los grandes monumentos de la literatura.

     

    -¿La gran literatura es la que es intransferible a otro soportes (cine, televisión)?

    -No, eso es una simplicidad. No existe la literatura por antonomasia, sino que cada cual se hace su propio canon, y si uno ve el de otros, su elenco de fervores, encontrará textos que le resulten tediosos o que en muchos tramos han dejado de significar, etc.

     

    -¿Hay que revisar y ampliar el canon occidental con los DeLillo, Coetzee, Pynchon, Roth o McCarthy?

    -Sí. ¿Y qué hacemos después con el canon?

     

    -Lo seguimos ampliando.

    -Me recuerda a la clasificación de los equipos de fútbol: los veinte de Primera División. Hay que leer esos. Yo me rebelo contra estas convenciones. Como lector, me gusta descubrir mis propios libros, husmear donde no he mirado nunca, la literatura nigeriana, albana, y encontrar mis propios diamantes.

     

    -¿Vargas Llosa debería estar en cualquier canon?

    -Para mí es un escritor inmenso, un novelista fundamental del siglo XX y un gran pensador de la literatura. Si nos ponemos a matizar, tengo la impresión de que fue un escritor de novelas genial hasta, vamos a decir, finales de los años 70. A partir de entonces, con la probable excepción de La fiesta del chivo, no repitió las cumbres que había alcanzado anteriormente. Salvo en ensayo. Sé que tiene una faceta política que lo hace antipático para algunos, pero para mí esa faceta no es importante.

     

    -¿Acaso es que Vargas Llosa, como se dijo de Cela, escribe cada vez mejor para contar cada vez menos cosas?

    - Cela era un hombre con unas debilidades técnicas evidentes, y tenía un concepto de la literatura un tanto provinciana. Evolucionó poco, aunque sí era un hombre inconformista que intentó escribir textos vanguardistas, pero creo que no era auténtico. De él quedarán tres títulos, probablemente, que son los que ya de niños encontrábamos en los libros de literatura. Y era un buen prosista, eso es verdad.

     

    -¿El 11-S ha sido productivo para la literatura?

    -Para la norteamericana imagino que sí. Los escritores norteamericanos actuales, particularmente los que vivan en Nueva York o las cercanías, sentirán que ese acontecimiento les formula preguntas. Cuando ocurren acontecimientos trágicos de este tipo, que generan un gran sufrimiento, esta realidad llama a la puerta del escritor y le pregunta: “¿tienes algo que decir sobre esto?”. Luego, libremente, el escritor decide.

     

    -¿Se está queriendo aplicar a la literatura la velocidad artificial, forzada, que ya existe en otros campos de creación como la música o el arte, en los que se quiere, se exige, una revolución total cada 5 años?

    -Hay un aspecto superficial en la literatura que abona esta tesis. Creo que es bastante evidente que existe una capa oleaginosa en la que se mueven una serie de nombres, de fenómenos, que es la capa de los más conocidos, donde se mueve el dinero y se promocionan ciertas obras. Y por debajo de esa capa oleaginosa, que es la más visible, la que encuentra cualquier aficionado a los libros que entra en las grandes superficies y ve pilas de libros, es donde están los diamantes.

     

    -Y ahora llega Amazon y lo va a liar todo.

    -Es probable. Estas empresas tienen muchísima fuerza. Es curioso... no, es evidente, que en España, como en Alemania, donde vivo, las listas de los más vendidos son los mismos nombres más otros locales. Los best sellers son internacionales, y no los decide el gusto de la gente, sino que hay unas corrientes de mercadotecnia bien organizadas que consiguen que la gente compre estos productos, usando toda clase de trucos.

     

    -¿Con Jaume Cabré vuelve el best seller de calidad?

    -Hay buenos libros en las listas de los más vendidos, como los de Javier Marías, que también entra en las de Alemania. Es un hecho afortunado que un libro de calidad llegue a muchas manos. No todo libro que se vende de manera masiva es malo.

     

    -Otro apunte de actualidad: ¿Jonathan Franzen es el enésimo salvador de la novela?

    -Esas frases no son casuales: son eslóganes que piensan unos señores alrededor de una mesa. El escritor lo que quiere es vender su novela, ganar unos honorarios, estar libre de otras obligaciones y dedicarse a lo suyo.

     

    -¿La crítica está siendo valiente?

    -Es que tampoco creo en la crítica como un grupo homogéneo. Algunos son muy sumisos, pero en España hay un par de firmas muy austeras, secas, a las que suelo acudir para ver lo que se está haciendo.

     

    -¿Sucede en la crítica literaria como en esos otros campos, la misma música o el arte otra vez, que la mayor parte espera a leer lo que dicen 2, 3 ó 4 firmas de referencia para luego limitarse a repetir esos mismos argumentos y juicios?

    -Sí, y aunque esto no es fácil de demostrar, creo que hay algunos reseñistas, no críticos, que trabajan a sueldo de editoriales. Uno lee suplementos y no hay semana en la que no haya un libro genial que no debe perderse, etc. Y después termina el año, se hace el repaso anual, y no hay repaso en el que no se afirme que el año ha sido mediocre, a pesar de que cada fin de semana teníamos novelas estupendas.

     

    -¿Puede un crítico ver valores en un libro que el autor mismo no vio al escribirlo?

    -Sí, por supuesto. El autor no tiene una visión de lector de su propio libro. Uno no escribe leyéndose. El crítico encuentra valores y también defectos que el escritor no ha visto, porque si los hubiera visto, los tendría que haber corregido. El crítico es un degustador.

     

    -¿Y esas firmas invitadas que aprovechan la crítica para ponerse ditirámbicos, para hacer creación?

    -La crítica no puede ser una excusa para hacer literatura.

     

    -Para acabar, dos cuestiones sobre la actualidad social: el socialismo, en las formas que se ha practicado, fracasó. El capitalismo ha fracasado estrepitosamente. ¿Adónde vamos?

    -No creo que el capitalismo haya fracasado. Ha triunfado de una manera evidente y sigue triunfando, lo que pasa es que no aquí, donde estamos nosotros. Y tenemos malas cartas. No favorezco el capitalismo, pero creo que hay que ser lúcido y entender los fenómenos para mejorar la sociedad. ¿Qué vamos a hacer, repetir la historia de la Unión Soviética? Yo he visto a los alemanes orientales escapar...

     

    -¿De qué nos puede rescatar la literatura?

    -Puede confortar al individuo, lo puedo hacer lúcido, le puede dar placer estético, pero un libro no puede salvar una sociedad. Es muy ingenuo. Puede acompañar la soledad, hacer entender fenómenos, nos hace mejores, enriquece el vocabulario, nos da un gusto y mejora la calidad de la persona. Y esto ya es magnífico.

     

    -¿Individualmente?

    -Efectivamente.

     

    -Y uno más uno, más uno, más uno... ¿se puede llegar al total?

    -Es cierto: la literatura actúa en las conciencias de otros, y eso no es poco.

     

     

     


     

    Foto: VMC

     

    “La capacidad de penetración del discurso del escritor en la sociedad de hoy tiende a cero”

    Si Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) fuera futbolista, ya estaría sepultado bajo los habituales superlativos desorbitados que se dedican a los más prometedores. Pero como es escritor, debe conformarse con halagos justos, medidos y muy bien redactados: se habla de un estilo muy distintivo y de una densidad literaria –y lectora– envidiable, muy golosa para los entendidos. Como los mejores escritores, es también un gran aficionado al viaje antiguo: el que deja poso. Es por todo ello que ya acumula premios por numerosos campos, bandas y áreas de todo el país.

     

    -¿Los escritores pueden hacer en prensa lo que no se les permite a los periodistas, tanto como incluir ficción en sus columnas?

    -Entiendo que en una columna de opinión el vuelo de la imaginación es más legítimo que en un reportaje. Si es cierto que Kapuscinski se ha inventado El imperio, Ébano o Viajes con Heródoto... Que por cierto, es un libro con el que romper una lanza en favor de la imaginación incluso aplicada a la historia. Cuando uno lee a Heródoto y a Tucídides se da cuenta de que está leyendo a un novelista y a un historiador.

     

    -¿El escritor busca en la prensa el prestigio de la realidad?

    -Los escritores que conozco se acercan fundamentalmente a la prensa para sobrevivir, como medio de sustento económico. Hay muchos escritores que ponen en paridad el trabajo periodístico con el trabajo de ficción o novelístico. Yo ahí sí que discrepo. Otro asunto es el lugar común de que muchos grandes escritores se han fogueado en grandes carreras periodísticas, Onetti o García Márquez, u otros de nuestro canon como Millás o Rosa Montero.

     

    -Como Juan Benet, paradigma de estilo literario muy propio y reconocible, que escribió miles de artículos.

    -Exactamente. Me gustaban mucho sus artículos de viaje. Ahí había una vocación abiertamente narrativa.

     

    -Se dice que los diarios fichan escritores para fichar su prestigio. Pero, ¿quién da prestigio a quién habida cuenta de que se leen más periódicos que novelas?

    -La fidelización a un periódico es a través de sus firmas. El grueso del periodismo es noticia de agencia, y lo que te discrimina a un periódico de otro son esas tres cuatro perchas de las que uno se cuelga.

     

    -¿Que un ficcionador escriba a partir de la actualidad no puede hacer que su capacidad para crear ficción pierda tensión?

    -Francesc Serés sugería en una de las mesas redondas que cualquier ficción palidece ante la urgencia y la enormidad de la realidad, pero al mismo tiempo parece que la realidad ya solo es comprensible como relato. Incluso la propia vida. Yo estoy cada vez más convencido de que la reconstrucción de tu vida es una misma ficción porque sólo es comprensible como relato. En el momento en el que tienes que quedarte con unas cosas, uno no puede contar su vida como la ha vivido. Es aquello que decía el personaje de Tristram Shandy: que era tan pedante que contar un día de su vida le llevaría su vida entera.

     

    -Pensar en periodismo es pensar en función social. ¿Dónde está esa función en los artículos de creación en prensa?

    -No hay que considerarla. A mí, hasta cierto punto, me obsesiona algo que veo casi como un fracaso de todos nosotros, del sistema cultural: la incapacidad por parte del escritor de generar un discurso que tenga penetración en la sociedad, un discurso literario que tenga lógica y coherencia dentro de la trayectoria de cada cual. Pero la trascendencia, el salto desde la cocina privada, la capacidad de penetración hoy del discurso del artista, del escritor, del periodista, creo que tiende a cero.

     

    -¿El escritor debe ser contemporáneo?

    -¿En los temas que aborda, en los modos?

     

    -En su literatura.

    -Es irremediable ser contemporáneo, pero no necesariamente en las formas. Estoy convencido de que no soy un escritor posmoderno en las formas pero, al mismo tiempo, mis novelas responden a un clima que nos toca vivir. E insisto en una idea que para mí es central en mi trabajo: la idea de genealogía. En mí pesa mucho el bagaje de los lugares de los que procedo como lector. Y dado que me interesa una tradición muy determinada en la historia de la literatura, de alguna manera creo que mi literatura reproduce esa vocación de pensamiento fuerte por un lado, que no renuncia a las grandes preguntas, y que no necesariamente se concreta a través de formas supuestamente novedosas. Porque esa es otra: la novedad en literatura es una palabra que hay que poner siempre entre suspenso. La novedad la puede dar el contexto.

     

    -¿Eres un escritor para escritores?

    -No, sinceramente no lo creo. Tampoco sé que es eso.

     

    -Leyendo La ofensa y Derrumbe una de las primeras cosas que uno puede pensar es que eres un hombre religioso. ¿Lo eres?

    -No, pero es una lectura muy sensata. Al contrario: soy un ateo convencido.

     

    -Pero tienes una sensibilidad moral muy alta.

    -Mucho, pero creo que el ateísmo es una suerte de afirmación negativa. Sí, soy un escritor religioso, pero en el sentido... es delicado de explicar.

     

    -Para empezar: no pretendes adoctrinar.

    -La pregunta de la religión es la pregunta por la búsqueda de un sentido, que el hombre religioso encuentra en un sujeto trascendente, etc. Yo ni creo en él, pero creo que esa búsqueda, de alguna manera, aunque me conduzca a respuestas negativas, tiene algo de religioso porque en el fondo hay una pregunta de fondo a propósito del sentido. Y siempre que he tratado el mal lo he hecho de un modo inmanente.

     

    -La extensión es otra de las cosas que llama la atención tras leer tus libros. ¿Es la novela corta el formato en el que te sientes más cómodo?

    -Está dado también en mi modo de escribir. Lo que más pesa es la imagen, o la imaginación como categoría creativa, no como fantasía, sino como capacidad evocativa del lenguaje, una imaginación rimbaudiana o baudelairiano, posromántica. Eso exige que los textos se concreten en continentes aparentemente pequeños. Mis libros, más que una lectura horizontal, admiten lecturas verticales. Hacen calas en temas, convirtiendo el lenguaje en protagonista de lo que leemos. Hay libros que necesitan ese tipo de respiración. Decía Eco que hay libros que respiran como ballenas y libros que respiran como colibrís.

     

    -¿Reescribes mucho? ¿Cuántas páginas suelen adelgazar tus textos?

    -No muchas. El mayor tiempo se va en la construcción. Mis libros son de arquitectura compleja, muy meditados. Luego, la resolución en escritura no lleva una poda importante.

     

    -¿Tu primera novela publicada fue la primera que escribiste?

    -Sí. Bueno, no. Hay una novela de universitario llamada La reconstrucción que nunca, por fortuna, verá la luz. Y sería la novela más larga que he escrito nunca, de 300 páginas.

     

    -¿Cómo descubriste, no la literatura, sino la alta literatura?

    -Hice el recorrido habitual: Verne, Salgari, Stevenson, Hawthorne, Poe... Y de pronto, entiendo que quizás a una edad demasiado temprana, unos 15 años, leí a Kafka.

     

    -No suele ser muy provechoso leer a Kafka tan joven.

    -Sí a nivel intuitivo. Y luego vino un libro decisivo para mí como lector y como escritor: a los 19 años, un verano, por puro azar porque nunca había oído hablar de él y también porque me gustó el título, compré Viaje al fin de la noche, de Céline. Aquel libro fue como un guante. Me dije “si alguien es capaz de lograr esto con palabras, me gustaría dedicar mi vida a lo mismo”.

     

    -Tras leer un libro tengo la costumbre, no sé si buena o mala, de imaginar qué director de cine podría llevarlo a la gran pantalla. Lo cual me hace pensar en si la mejor literatura es la que es intransferible a otro soporte (cine, televisión, videojuegos).

    -No creo, porque aunque el cine y la literatura son aguas distintas, conocemos fracasos de muchísimas obras maestras de la literatura y, al mismo tiempo, los éxitos de obras absolutamente pedestres. Lo que Welles hizo en Sed de mal con la novela de Whit Masterson es algo increíble. A menudo, lo que los directores logran hacer con grandes textos literarios es una cosa que respeta muy vagamente la atmósfera, el tiempo o la sensibilidad del texto.

     

    -John Huston hizo una gran película únicamente con ciertos aspectos, los más dinámicos, del libro.

    -Ese libro es obviamente imposible de adaptar. O lo que consiguió con El tesoro de Sierra Madre, la novela de Traven. Y al revés, también: hay fracasos como la adaptación de Schlöndorff de Por el camino de Swann, aunque la que hizo de El tambor de hojalata, un libro realmente complejo, es muy buena. O lo que logra Herzog con Aguirre: ¿qué deuda mantiene con el texto original de Sender? Mínima. Es un Aguirre pasado por el tamiz de la locura de Herzog y de sus actores. O lo que hizo Tarkovski con Solaris, adaptación libérrima del texto de Lem, o la mucho más fiel de Stalker, basada en una pequeña novela de los hermanos rusos Arkadi y Boris Strugatski. Son dos películas que tienen el aroma, la mirada y el tempo de su cine, a los que ninguna literatura va a poder aproximarse.

     

    -Harold Bloom dijo que los que leen a J.K. Rowling o Stephen King cometen suicidio intelectual. Sí, pero al menos leen, ¿no?

    -No he leído a J.K. Rowling, pero he leído cosas de King que puedo decir sin ningún rubor que me han gustado. Desesperación es una de las novelas más inquietantes que he leído en mi vida. Muy mal resuelta, desde mi punto de vista, pero tiene 250 primeras páginas extraordinarias que logran algo tan difícil como generar miedo a través del lenguaje. Creo que lo que Bloom quiere decir es que quizás el problema consiste en detenerse ahí. Obviamente, que un lector de 45 años solo lea a J.K. Rowling cometería una especie de suicidio intelectual.

     

    -¿Hay que revisar y ampliar su canon para incluir a los Roth, DeLillo, Pynchon, Coetzee o McCarthy?

    -Por supuesto. El problema es que cuando uno busca más allá de eso aparecen otros nombres, pero no hay muchos más. Creo que, ahora mismo, la literatura en lengua española no puede proponer, objetivamente, ningún nombre que tenga la altura de esos cinco autores en lengua inglesa mencionados, ni siquiera el de Bolaño.

     

    -¿Y Vargas Llosa?

    -Yo creo que no. Hay autores en lengua española que me interesan más.

     

    -¿Qué significa que entre los candidatos a esa ampliación del canon haya tan pocos premios Nobel?

    -Detecto en los últimos años una cierta vocación política. Se han premiados autores comprometidos como Pinter, Lessing, Herta Müller. Pero luego hay premios muy discutibles, como Jelinek, una epígona muy débil de lo que pudo ser Thomas Bernhard; la obra de Oé, que no sé si es por las traducciones pero que me parece muy desigual. Luego ha habido descubrimientos, como Coetzee, un escritor monumental. A lo mejor habría que hacer un Nobel estadounidense para dárselo a DeLillo y compañía. Luego hay cosas raras, como el Nobel a Le Clézio, que cogió a todo el mundo despistado. Fíjate que su obra está editada en España en 150 editoriales. Nadie ha sido capaz de creer en ella más allá de un título.

     

    -¿El 11-S ha sido productivo para la literatura?

    -Creo que falta tiempo. Leí en una entrevista con DeLillo, hablando de Falling man –su novela sobre el tema–, que estaba convencido de que la primera gran novela sobre el 11-S la escribirá alguien que no había nacido entonces. Él hablaba de 50 años, dos o tres generaciones, para lograr filtrar, vertebrar todo eso, a nivel emocional e intelectual. Soy un fan absoluto de DeLillo, pero Falling Man me decepcionó porque creo que ya había escrito ese libro. Por otro lado, Terrorista de Updike no me dijo nada, y la de Safran Foer no me gustó. Lo mejor que he leído es un texto muy pequeño de David Foster Wallace en el que narra el 12-S, que luego, curiosamente, es el día que se suicidó años después.

     

    -¿Y por qué Grossman, González Ruano, Chavez Nogales, o Yasmina Reza, en su perfil sobre Sarkozy, no necesitaron 50 años de distancia para escribir, sino que lo hicieron contemporáneamente?

    -Cierto, pero es que no son ficción. No son acercamientos tanto desde la dramatización a través de un mecanismo de ficción como desde una mirada que, sin renunciar a los mecanismo de la ficción, es más ensayística.

     

    -En España ya no existe la costumbre de enviar a un escritor a cubrir grandes eventos.

    -Es impensable.

     

    -Pla lo hacía: iba a donde le enviaba la revista Destino.

    -Sí, pero eso ahora ya no se hace. Y las quejas de los periodistas son brutales. El margen que se da al periodista para trabajar, para el vuelo de la imaginación, es mínimo. Todo eso ha desaparecido, supongo que por cuestiones económicas.

     

    -Sobre la crítica: ¿se está queriendo aplicar a la literatura la velocidad artificial, forzada, que ya existe en otros campos de creación como la música o el arte, en los que parece que se quiere una revolución total cada 5 años?

    -Cada diez años, en España, ha habido la necesidad de crear una nueva generación. La generación de Loriga, luego los del Kronen, ahora los Nocilla. No solo son los media los que empujan en esa dirección, además de que éstos lo que generan son sobre todo los marbetes. Las editoriales también están interesadas en ello.

     

    -Cabré, “el best seller de calidad”. Franzen, “el salvador de la novela”.

    -Exacto. Recuerdo una entrevista a Doris Lessing en la que decía que el libro solo ya no basta. El libro, o el autor, necesita aditamentos.

     

    -¿La crítica está siendo valiente?

    -Creo que, afortunadamente, ya no está solo la crítica de salón. No me refiero a la universitaria o académica, sino a esa de vacas sagradas de suplemento. Los Senabre, Sanz Villanueva, Rafael Conte en su momento, Pozuelo... esa figura que sienta cátedra cada sábado. Del mismo modo que me interesa relativamente poco los frutos literarios de los escritores contemporáneos de mi edad, sí me interesa más ciertas teorizaciones que se han hecho desde el mundo de la crítica, como Vicente Luis Mora o algún texto de Carrión. Es casi una petición de principio que esa crítica de salón, de suplementos, sea un poco adocenada.

     

    -¿Eres un crítico que gusta de pontificar, de dictar sentencia, o prefieres pontificar, tender puentes con el lector y exponer virtudes y defectos de la obra?

    -No soy un crítico profesional, en el sentido de que no me gano la vida con ello. Lo único que pretendo trasladar a los lectores cuando hablo de un libro es la admiración que he sentido ante un texto y, además, jamás escribo una crítica negativa. Siempre tengo las espaldas cubiertas. Es muy fácil lo que hago.

     

    -¿Te ha pasado aquello de ver valores en un libro que el escritor no ha visto?

    -No lo sé porque casi nunca he podido dialogar con los autores. Sí he recibido, y eso sí que me interesa, lecturas sorprendentes de mi propia obra, muchas veces además antitéticas.

     

    -¿Qué le dice el Menéndez Salmón crítico al Menéndez Salmón escritor? ¿Le exige?

    -No, nada. Decía Richard Ford en El día de la independencia que lo único que tiene que intentar un escritor es ser lo más bueno que pueda en cada libro que escriba. El nivel de exigencia es el que nace de la coherencia de la obra, de cierta soledad en la escritura, no una soledad física, sino la de escribir no contra el mundo sino a espaldas de él. Y luego, por supuesto, ser honesto.

     

    -¿Y qué es ser honesto?

    -Escribir el libro que uno quiere escribir. Hay un momento en que la literatura tiene mucho de oficio, y ese es un riesgo enorme. Lucho porque la literatura nunca pierda eso que también tiene de misterio, incluso para alguien que vive de ello y que la ejerce constantemente. Que nunca pierda esa capacidad de sorprendente y conmoverte a ti mismo. Y reivindico la ambición del fracaso, aquello que decía Faulkner: si hay que fracasar, que sea estrepitosamente, por exceso. Fracasar porque tu talento no ha estado a la altura, no porque lo hayas malbaratado.

     

    -Dos apuntes muy concretos sobre actualidad para acabar: el socialismo, en las formas que se ha practicado, fracasó. El capitalismo ha fracasado estrepitosamente. ¿A dónde vamos?

    -(largo silencio) Cómo responder a eso... una pregunta que todos nos estamos haciendo. Creo que el capitalismo no fracasará si es capaz de salir de esta indemne. Sospecho que para reconfigurar el sistema económico hay que reconfigurar el sistema de valores. Quizás haya que volver a viejas palabras que hemos olvidado hace mucho tiempo: ideología, por ejemplo, palabra marcada con cruces por doquier y a la cual siempre me he resistido a renunciar.

     

    -¿De qué nos puede rescatar la literatura?

    -En La luz he reflexionado mucho sobre la idea de la consolación de la literatura, más que el rescate o la salvación.

     

    -¿Si es capaz de un rescate, será solo individual?

    -Claro. Es aquello que decía Spinoza: el objetivo de la filosofía es la reforma del entendimiento, hacer hombres más libres. Y cada hombre libre que logras es un hombre que piensa por sí mismo y que de algún modo puede actuar sobre sus semejantes, pero desde la libertad, no desde la tiranía y desde el poder. Me resisto a perder esa capacidad que mantienen el arte y la literatura de ser una mentira reveladora y rebeladora, pero también ser consoladora. Necesitamos refugios, objetivamente, ante la realidad. Aunque ello me plantea contradicciones porque del refugio a olvidarte del mundo hay un paso muy débil. Convertirte en Cándido, decir “yo me quedo aquí con mi obra y al mundo que le den candela”. Aunque todas las discusiones que he tenido en lugares públicos con los Nocilla siempre han ido por esos derroteros: la fascinación por la teoría pura que ellos sienten y la idea de que ética y estética va por caminos diferentes. Y yo creo que no. En eso estoy.

     

     

     



    Foto: Guillem Bosch.

     

    “Necesito vivir en ese mundo alternativo que me he fabricado”

     

    Marc Cerdó (Barcelona, 1974) está en una posición envidiable porque ya tiene una novela publicada, porque ésta gustó muchísimo y porque sabe que está dotado para la literatura. Ya son más certezas de las que tendrán nunca la inmensa mayoría de escritores. Antes de la segura satisfacción que será su segunda novela, llegarán los textos postúmos de su madre, la escritora y bloguera Xesca Ensenyat, en una edición por él coordinada.

     

     

    -Aunque autor de una sola novela, eres ya un escritor. Ya te puedo preguntar lo que a cualquier autor: ¿por qué escribes?

    -Mi madre era escritora, la interlocutora perfecta y un modelo para mí. La admiraba, y de alguna manera crecí con una voluntad de escribir para gustarle más. Más adelante, me aficioné mucho a la literatura, y como dice Sebastià Perelló, “la escritura es una deformación de la lectura”. Tendemos a imitar lo que admiramos. En mi caso, quise escribir ficciones para que alguien pudiese disfrutar mis textos, como yo había disfrutado leyendo los de otros.

     

    -Sería muy reduccionista decir que escribes para tu madre.

    -Una persona que escribe lo hace por una necesidad interior de comunicación, por un lado, y de expresión por otro. Necesito vivir en ese mundo alternativo que me he fabricado, dentro de los paisajes de mis ficciones, porque tengo una vida muy rutinaria, y el ambiente profesional en el que vivo no es nada estimulante. Es una manera de encontrar motivaciones extraordinarias.

     

    -Hablas del ambiente de la docencia.

    -Sí. Es un mundo que no me interesa mucho. Me gusta enseñar catalán, pero en las relaciones laborales he vivido envidias, menosprecios y bajezas morales muy descorazonadoras.

     

    -¿Has leído el dietario de Guillem Simó, En aquesta part del món, ambientado precisamente en la docencia?

    -Sí, lo he leído. Está lleno de cosas terribles. En este ambiente profesional a veces te tratan como si fueras una persona insignificante. Incluso hay personas que orbitan en ese ambiente que no se han tomado la molestia de disimular el menosprecio que sienten por mí. He ahí su debilidad.

     

    -Ya puedes tener una cierta perspectiva con respecto a tu novela debut: ¿crees que fue suficientemente ambiciosa?

    -Yo estoy muy contento. Han sido 8 años para escribirla, y he visto cómo adelgazaba mucho. Originariamente tenía 300 páginas, que han quedado en 186. Creo que, aunque está mal que yo lo diga, es un texto más que digno. Y de alguna manera, he tenido mucho tiempo para reflexionar sobre cada uno de los capítulos que la conforman. Hubo dudas porque tuve que sacrificar material muy bueno en beneficio de la trama, pero no tiene que importarte reescribir, e incluso tirar, parte de lo que haces.

     

    -Un pasaje de Séneca (el pasado) inspiró tu novela, que trata de una huída (del pasado, pues). ¿El futuro no te inspira?

    -La novela está inscrita en el presente más inmediato. Es una obra sobre la posmodernidad. De hecho, me lo han echado en cara. Creo que un escritor tiene que escribir sobre el tiempo presente. Hay gente que hace novela histórica, y hay grandes autores de novela histórica de me gustan. Amin Maalouf, por ejemplo. Yo no hablaría de misiones, pero uno de los cometidos de un autor es sacar el entrelazado de situaciones, vivencias, historias que no se pueden explicar a través de la filosofía, la antropología o la sociología. La literatura sirve para descubrir nuevos ámbitos, para explorar y especular sobre la realidad.

     

    -¿La novela histórica es periodismo de 400 páginas?

    -¿Por qué no? Pensemos en Kapunscinski. Me entusiasma: un periodismo con una generosidad muy abierta. No sabes si estás leyendo un libro de viajes, de historia o una crónica periodística. Que es, precisamente, una de las características de la producción de Claudio Magris –uno de los ­invitados destacados de las Converses.

     

    -¿El escritor busca en la prensa el prestigio de la realidad?

    -Las técnicas periodísticas son destrezas. Todo son rudimentos que un autor tiene a su alcance a la hora de confeccionar sus ficciones. Por ejemplo, en mi novela hay un recorte de prensa. Y un crítico me echó en cara que yo debería haber imitado el lenguaje de los medios de comunicación.

     

    -¿Qué pensaste sobre aquella polémica entre Cercas y Espada, a santo de un artículo de Rico, sobre los límites de utilizar la ficción en prensa?

    -No la tengo muy presente, pero creo que un autor, cuando crea una ficción, está creando identidades. Por ejemplo, en el libro de narraciones Hombres salmonela en el planeta porno, de Yasutaka Tsutsui, donde en una de ellas trata sobre el último fumador del mundo, un individuo perseguido que acababa subiéndose a un árbol, aislado y asediado por las fuerzas de ocupación.

     

    -¿Qué significa crear en prensa, y sobre todo, dónde está el límite?

    -Hay que matizar. En una noticia tienes la impresión de que aquello es la verdad pelada. Pero tienes un información muy parcial de lo que pasa en el mundo. Las agencias de información, por ejemplo: ¿cuáles son las noticias que interesan? Hay noticias que, a lo mejor, no tienen mercado. ¿Que haya ficción en el periodismo actual? No sería la primera vez. Pensemos en Relato de un náufrago, de García Márquez, o El gran carnaval, de Billy Wilder, demoledora para la prensa.

     

    -Entonces no hay fronteras claras, sino soluciones concretas a situaciones concretas.

    -Es como lo que Capote se inventó: la literatura de no ficción en A sangre fría. A veces las fronteras entre géneros son difusas. No podría fijar una ley general. Tendríamos que habar caso por caso. Sé que Kapunscinski, García Márquez o Capote lo han hecho, y lo que han fabricado no me parecen malos productos.

     

    -¿Cómo es posible que un escritor que no pisa el terreno, que no tiene fuentes, que no puede contrastar la información, acabe de opinador de prestigio?

    -Porque los grandes nombres venden diarios. En el mundo del arte, es así. Es una simple cuestión de prestigio.

     

    -La literatura, bien embellece el mundo, bien intenta mejorarlo. El periodismo no puede embellecer la realidad, luego al escritor en prensa solo le queda intentar mejorar el mundo.

    -No estoy del todo de acuerdo. La literatura es una manera de descifrar el mundo, no de embellecerlo ni mejorarlo. La literatura descodifica los signos a través de los cuales interpretamos el mundo. Y añadiría poco más. Es una manera de vivir, y a mí me ha permitido evadir esos ambientes profesionales que mencionaba tan nefastos, poco enriquecedores e invasivos de la intimidad.

     

    -¿Escribir tanto sobre la realidad, practicando menos la gimnasia de crear ficción, puede hacer que el estilo del escritor se diluya, que sea “menos escritor”?

    -Vallé-Inclán decía “el periodismo avillana el estilo”. Es peligroso porque, quieras o no, sobre todo si el escritor tiene que publicar con asiduidad, llega a crear moldes. Es lo que le pasó a García Márquez, a quien se lo echó en cara un crítico, Francesco Varanini, en De la tradición popular al Nescafé. Todas su novelas acabaron siendo iguales. Es un escritor extraordinario, pero parece que se ha pasado toda su vida reescribiendo el mismo título.

     

    -Roth también lo hace, y los resultados son bastante excelentes.

    -Sí, pero creo que desigualmente. Leí La humillación, y me pareció que tiene un final muy previsible. Me decepcionó un poco, me sentí estafado. Tantas páginas para llegar hasta aquí. No hay que quemar todos los cartuchos en las primeras 20 páginas. Aunque es uno de los grandes de la ficción norteamericana. No entiendo cómo no le han dado el Nobel. Hay premios que no se conceden y perjudican a la institución que los otorga.

     

    -¿Hay que revisar y ampliar el canon occidental que confeccionó Harold Bloom?

    -No soy partidario de cánones. Son tan subjetivos... Un canon implica escoger a un autor en detrimento de otro. No quiero escoger entre Coetzee, Pynchon, Roth, McCullers, McCarthy... ¿Por qué unos sí y otros no? Hace poco leí en El País un “canon de la literatura latinoamericana de los siglos XX y XXI” a cargo de Carlos Fuentes, y no me hizo ninguna gracia.

     

    -Las selecciones del vigente premio Formentor no te gustaron.

    -No, y en el Formentor ha habido errores terribles. Recuerdo haber leído que Vargas Llosa se peleó con Gabriel Ferrater porque el peruano quería que le diesen el premio a Joao Guimaraes Rosa por Gran Sertón: Veredas, y en cambio Ferrater quería que fuese para Gombrovicz. Parece ser que éste se emborrachó la noche antes de las votaciones y no pudo ir a votar al día siguiente. Entonces, le dijo a Vargas Llosa que no le dirigiría la palabra en un año. Después de un año exacto, le dijo: “podemos reanudar nuestra amistad”. Cumplió su palabra.

     

    -Sobre la literatura en general: la mejor literatura será siempre la que sea intransferible a otros medios (cine, televisión...)

    -No creo que haya literatura intransferible. En principio, toda la literatura es adaptable por definición. Si no, no es literatura. Depende de las destrezas y habilidades de la persona que la adapte. Hay grandes películas hechas sobre la base de novelas mediocres, y hay películas horribles hechas a partir de obras de arte de la escritura.

     

    -¿Está ya en marcha tu segunda novela?

    -Sí.

     

    -¿Se han colado en ella internet, los SMS, mails, blogs, links, etc.?

    -En principio no hay nada de todo eso.

     

    -¿Cómo descubriste no la literatura, sino la alta literatura?

    -Fui lector voraz desde pequeño aunque no tengo un recuerdo muy claro de todo aquello. Pude disponer de una biblioteca magnífica, la de mi madre, y de tener sus recomendaciones. Mis lecturas, básicamente hasta los 18 años, fueron muy pautadas por mi madre y por escritores, gentes que venían a visitarla: Andreu Vidal, Arnau Pons, Biel Mesquida, etc.

     

     -Pero no leíste el Ulises de Joyce con 16 años, que es una respuesta muy recurrente.

    -Tengo 37 años y no he sido capaz de leerlo entero.

     

    -Harold Bloom dijo que los que leen a J.K. Rowling o Stephen King cometen suicidio intelectual. Mejor eso que nada, ¿no?

    -A King le dieron un Book Award, y Bloom montó un escándalo tremendo. Pero como no creo en los premios, me da igual. Sospecho que todo eso son maniobras que obedecen a intereses privados muy concretos. No me veo capaz de analizarlos. Me falta la perspectiva.

     

    -Y ahora que llega Amazon a España, todo se va a liar más.

    -Parece que sí. Parece que hay una fuerte política de control de precios que está poniendo los ojos como naranjas a los libreros, que están con la pistola en marcha. La industria del libro pasa por un momento muy difícil. Todas las editoriales catalanas son deficitarias. Absolutamente todas. Por eso hay estas fusiones y grandes corporaciones.

     

    -¿Se está queriendo aplicar a la literatura la velocidad artificial, forzada, que ya existe en otros campos de creación como la música o el arte, en los que casi se exige una revolución total cada 5 años?

    -Podría ser. Hay escritores que les gusta salir en los medios, darse a conocer, participar en cócteles y hacer vida social. Hay mucha sociopatía entre los escritores. Yo soy todo lo contrario: creo que una persona que produce una obra y quiere darla a conocer la primera obligación es con uno mismo. Y eso está absolutamente reñido con las temporizaciones. Un cronómetro o un término de presentación hipoteca tu libertad. Y si no puedes crear en absoluta libertad, tienes malas cartas. Por eso no creo ni en premios ni en la política de subvenciones. Si pides una ayuda, tienes que cumplir. Te exige un calendario. No quiero arrepentirme, al cabo de los años, de haber escrito un libro que sea una mancha en mi expediente.

     

    -Un par de cuestiones de actualidad para cerrar el cuestionario: ¿existe ya una influencia detectable del 11-S en la literatura?

    -Se ha comentado algo en estas Converses... DeLillo escribió El hombre del salto, y Jonathan Safran Foer Tan fuerte, tan cerca. Esta mañana se ha dicho que hace falta un impasse de 50 años para que se escriba la gran novela sobre el 11-S.

     

    -¿Tanto?

    -No lo sé, pero sin duda marcó un final de ciclo y expuso a la mirada pública la vulnerabilidad de los norteamericanos, esa potencia económica inexpugnable.

     

    -El socialismo, en las formas en las que se ha llevado a la práctica, fracasó. El capitalismo ha fracasado estrepitosamente. ¿Hacia dónde debemos ir?

    -Adónde, no lo sé, pero en este tardocapitalismo existen novelas de esa posmodernidad que intentan explicar este fenómeno. Y ahora mismo hay gente muy joven y muy emprendedora creando proyectos y fuentes de subvención. Hay un descrédito absoluto de los bancos y los fondos de inversión, y eso, de alguna manera, ha alimentado a ese grupo de personas, muy jóvenes, que se ha decantado por emprender acciones individuales. Vi, creo, en un 30 minuts reciente –programa de TV3– a una persona que quería hacer publicidad alquilando unas plantaciones de alcachofas de El Prat para plantar flores que reproduzcan un logo o una marca. Se ve que hizo números y, teniendo en cuenta los aviones que despegan y aterrizan, miles de pasajeros verán ese anuncio. Puede hacer millonario a este pionero.

     

    -Última pregunta: ¿de qué nos puede rescatar la literatura?

    -De tedio, de la incomprensión, de la soledad, de la brutalidad de los otros.

     

    -Siempre individualmente.

    -Y colectivamente también.

     

    -Por cierto: ¿sigues tocando el piano?

    -No, qué va. Lamentablemente, hace años que no toco.

     

     

     

     
    Foto: Guillem Bosch.

     

    “En literatura no hay hecho sobre el papel: en todo caso, recreación del hecho”

     

    El ensayista y crítico Jordi Gracia (Barcelona, 1965) ha investigado y reflexionado tanto sobre la literatura que no sería extraño que algún morador del Olimpo le secuestrase y le concediese la vida eterna para poder conversar eternamente con él. Su relevancia viene reiterada por formar parte del equipo titular de revisionistas capitaneado por José Carlos Mainer para su novísima Historia de la literatura española. Su próximo empeño no va a la zaga: la que ya se señala como biografía canónica de Ortega y Gasset. Que se relaman todos: los seguidores en puridad del filósofo y también aquellos –la mayoría– que incrustan recurrentemente una cita de éste en sus columnas en la creencia de que así dan categoría a éstas.

     

    Esta es la breve entrevista (en comparación con las cuatro anteriores, claro) que resultó tras un retraso en una de las mesas redondas que trastocó horarios y disponibilidades.

     

     

    -¿Qué pensó usted de aquella polémica entre Cercas y Espada sobre la legitimidad del uso de la ficción en el periodismo, en aquel caso, de opinión?

    -El argumento de fondo de Javier era que la imaginación es una herramienta indispensable para el periodismo, y que la frontera entre imaginación, ficción y fantasía, a veces y en términos de periodismo, puede quedar difusa. El ejemplo más evidentísimo es un extraordinario reportero como Kapunscinski, capaz de construir un tipo de obra literaria en la que los ingredientes de ficción no son fabulación, sino imaginación técnica, narrativa, cronística... Por tanto, una forma de periodismo ya completamente adaptada al contexto occidental desde los años veinte como mínimo.

     

    -Hace ya mucho tiempo, pues. ¿Espada no conoce esos parámetros?

    -Está en una especie de dogmatismo, un punto de vista muy cerrado, creyendo la ficción de que el hecho, existe. Y ya me explicará cómo se pone un hecho en un papel. ¡Sin palabras! Es decir, sin decidir si es esta u otra, si la frase la comienzo con una primera o con una tercera persona, si la hago en impersonal... Como todo esto obliga a tomar decisiones estilísticas y técnicas, aquí está interviniendo la imaginación del que escribe. No es el hecho, no hay ninguno sobre un papel. En todo caso es la recreación del hecho.

     

    -¿Los escritores se acercan al periodismo por el prestigio que da la realidad, la información contrastada?

    -Forma parte de la experiencia, del aprendizaje de la escritura literaria, sea uno novelista, ensayista, poeta, etc. Es el ejercicio y la obligación de escribir para un lector común. Ese es el desafío que está poniendo en práctica un escritor vocacional, si tiene la oportunidad maravillosa de escribir en un diario, claro. La inmensa mayoría no lo pueden y quieren hacerlo, como es natural. No hay autor con una mínima voluntad de lector que no intente ensayar este experimento. Incluso gente como Eduardo Mendoza, que ha sido muy pocas veces articulista, tuvo esa voluntad de hacer una columna, en la contraportada de El País, solo para experimentar, por probar qué es eso de hablar con un lector normal desde la página de un diario, hablando de un hecho, una reflexión, una opinión y no con un texto narrativo.

     

    -¿Quién da más prestigio a quién, el escritor al diario o al revés, habida cuenta de que se leen más diarios que no se venden novelas?

    -Solo en muy pocos casos hay una captura de prestigio. Lo que necesita el diario son colaboradores con una gracia, personalidad o vocación de autor que sean capaces de hacer hervir la olla del periódico. Y que no sea con una prosa plana, seca, informativa, descriptiva, analítica, sino en un espacio en el que un lector quiere encontrar una opinión, interpretación o relato, con un plus que es el que pone la categoría literaria de su plantilla de colaboradores. Y esto ya es otro asunto. Ya no es un problema de prestigio.

     

    -¿Y escribir tanto sobre la realidad no hace que uno sea menos escritor pues no está creando ficción sino que, simplemente, le está dando vueltas a la realidad?

    -Suena a generalización. Con unos valdrá y con otros, no. César González Ruano, periodista histórico, escritor que escribía en diarios, era un tipo siniestro, pero decía con cierta gracia que unos de los objetivos de su carrera de escritor en prensa era hacer artículos sobre nada y que éstos fuesen apasionantes. Esa es la clave para muchos escritores. No necesariamente has de estar vinculado a la actualidad. Si eres Vázquez Montalbán, tu vocación de intérprete de la situación política te llevará de forma natural a hablar de ello. Millás estuvo haciendo durante mucho tiempo artículos que no tenían que ver con la actualidad política directamente, o sólo de una manera muy tangencial, pero encontraba una metáfora, una imagen o un microrrelato, de esos que hace él convertido en columna, que con una sola palabra o con un solo guiño conseguía que el lector entendiera una cierta vinculación puede que no con la vida política actual, sino más bien con un caso de la vida política que sirve para revelar una condición humana, un hecho como la vanidad, la tontería o el afán de poder.

     

    -Y sobre una actualidad tan brutal como fue el 11-S, ¿los escritores cómo han reaccionado?

    -Desde luego ha generado muchísima literatura, y generará mucha más. Y también en España. Tanto el 11-S como el 11-M.

     

    -Muchos escritores opinan que los mejores libros sobre el 11-S están por llegar, incluso, que los escribirán autores que no lo vivieron. ¿Por qué, si el mencionado González Ruano, Chaves Nogales, Hemingway, Dos Passos y tantos otros escribieron de manera contemporánea?

    -Cierto, de hecho es un gran atrevimiento decir que los mejores libros sobre el 11-S llegarán dentro de 20 años. Ha sido la pauta habitual: Tolstoi narró la guerra entre franceses y rusos 50 años después. Ese margen, ese espacio, sí que forma parte de las rutinas en la construcción de artefactos literarios de primer nivel. Por supuesto, que exista esa rutina no significa que no sea posible escribir buenas novelas sobre hechos vivos inmediatos. Una cosa es el relato, la crónica probablemente con voluntad casi entomológica del fenómeno, donde entran las herramientas del cronista, del escritor en clave más directamente realista y cronística, mientras que probablemente otras perspectivas, las que quieren reflexionar y utilicen aquel hecho histórico para reflexionar sobre la condición humana, tal vez sí necesiten un poco más de tiempo para templar su presencia como intérprete directo, en directo, del fenómeno. Tú eres parte de la secuela. Tu propia sensibilidad está condicionada porque tú también eres víctima de lo que está pasando.

     

    -¿La mejor literatura será siempre la que es intransferible a otro soportes (cine, televisión)?

    -No creo. Hay buenas novelas llevadas al cine. Pocas, como hay poco bueno de todo, pocas películas buenas y pocas novelas buenas. Es verdad que hay una dimensión de lo literario muy difícil de trasladar a lo cinematográfico, pero ahí está el talento de los verdaderos directores de cine capaces de encontrar el lenguaje de la imagen adecuado para trasladar el lenguaje literario. Hay que romper, seguro, con la fidelidad a la obra literaria. Es imposible hacerlo de otra manera.

     

    -O cortar, como hizo Houston con Moby Dick.

    -Claro. Se inventó la película trasladando a dos horas de cine una novela cuya lectura pueden ser 20 horas.

     

    -¿Leer best sellers tipo J.K. Rowling o Stephen King es cometer suicidio intelectual, como dijo Harold Bloom?

    -Eso son frases lapidarias. Se ve que Bloom tenía ganas de soltar una burrada. La Rowling no anula la posibilidad de leer otra literatura, en incluso diría que muchos de sus lectores han sido y son simultáneamente lectores de otros tipos de literatura. No necesariamente de Faulkner, pero a lo mejor sí de Dashiell Hammett, Hemingway o Scott Fitzgerald. ¿Y pasa algo?

     

    -Es de suponer que el problema para Bloom estaría en tener, por ejemplo, 45 años y leer sólo novelas tipo Rowling.

    -No veo por qué debe ser un problema, porque parece que esa persona de 45 años debería estar haciendo otra cosa: “usted lo que debería estar haciendo es leer a Faulkner”. Bueno, si no le importa, leeré lo que me dé la gana.

     

    -Última pregunta, sobre su trabajo junto a Domingo Ródenas en el volumen 7 de la colección dirigida por Mainer, titulado Derrota y restitución de la modernidad 1939-2010. ¿Están ustedes satisfechos con el ruido que ha generado? Porque es de suponer que esperaban un cierto run-rún en el mundillo académico, literario, etc. por el revisionismo aplicado a todo ese periodo de la literatura.

    -Está claro que era una novedad porque hacía 30 años de la última revisión. Pero a nosotros no nos ha llegado un especial ruido al respecto.

     

    -Hubo quien se llevó las manos a la cabeza cuando se supo que ustedes no contemplaban conceptos como “generación del 98”, o “del 27”.

    -Hay debates que vienen de hace muchos años, que han ido apareciendo y desapareciendo. Pero en el caso de Mainer, que es a quien afecta ese asunto en concreto, simplemente ha puesto en práctica lo que ha ido reflexionando durante muchos años, intentando abrir el espectro técnico para narrar la historia literaria. Eso de las generaciones no acaba de ser útil, y hemos eliminado esa noción porque hemos ido intercalando, usando un proceso metodológico que hemos entendido más iluminador e integrador de la complejidad de las simultaneidades culturales, de edad, influencia e imprevistos retroactivos más que proyectivos. Ha sido una decisión metodológica para intentar respetar cuál es de verdad el desarrollo de la historia literaria.

     

    -Un poco como el concepto de “influencia” de Harold Bloom, tan complejo técnicamente, por cierto.

    -Sí, aunque más que influencia son tradiciones de historiografía que intentan adaptar, no necesariamente como hace Bloom, el discurso literario a la complejidad de los sistemas literarios.

     

     

     

     

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