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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 08
    Junio
    2012

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    Los mil hijos de Bertold Wiesner

    Tener hijos es una manera como otra cualquiera de trascender. Es algo así como enviar una solicitud al futuro para que se acuerden de tí los  habitantes del Porvenir. Espolvorear con tus genes  el río de las generaciones futuras tiene esa cosa que tiene escribir un buen libro, pintar un buen cuadro, componer una buena sinfonía o incendiar Roma mientras te tocas la lira: garantizas que alguien acabará recordándote, por muchos años que pasen. Es algo así como hacerse un poco inmortal.

    De todos los hombres que hubo en el siglo XX, probablemente el que más cerca estuvo de la inmortalidad  debió ser el doctor Bertold Wiesner, un inglés fallecido en 1972 a la edad de 70 años y que dirigió durante décadas la clínica de fertilidad London Barton en asociación con su esposa Mary Barton. Acaba de conocerse que Wiesner utilizaba su propio semen para inseminar a buena parte de las mujeres que acudían al negocio familiar. Uno de los frutos de la Clínica Barton, un abogado londinense llamado David Gollancz, descubrió hace dos años gracias a una prueba de ADN que era hijo de Wiesner. Luego siguió tirando del hilo y, hasta la fecha, ya ha encontrado a 11 medio hermanos suyos, descendientes del prodigioso donante, el generoso esposo de la señora Barton. La clínica de fertilidad, que estuvo abierta dos décadas -entre los cuarenta y mediados de los sesenta del pasado siglo- fabricó 1.500 bebés, de los cuales un millar podrían haber  salido de la simiente del doctor Wiesner.

    Wiesner tenía, a lo que se ve, un altísimo concepto de sí mismo pues aseguraba que a la hora de buscar donantes siempre elegía a gente inteligente y nunca aceptaba a nadie “que no estuviera por encima de la media”. Decía que si uno iba a concebir un niño a través de la inseminación artificial había que “poner las exigencias por encima de lo normal”.

    La fotografía que se ha divulgado del doctor Wiesner  muestra la imagen de un hombre de gafas redondas haciéndose un poco el interesante. Parece bastante satisfecho de sí mismo. Y las razones pueden ser dos. Una: A estar alturas sus descendientes ya serán legión y, a poco que pasen los siglos, todos los seres humanos seremos por fin una gran familia, los Wiesner. Fraternidad universal, todo un logro, doctor. Pero hay otra razón para la satisfacción: en la imagen, la cabeza del doctor reposa sobre su mano derecha pero la mano izquierda no se ve, aunque intuimos qué está haciendo.

     

     

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