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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Mallorca

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 19
    Junio
    2015

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    La nueva ley de Memoria Histérica

    La nueva política ha de dejarte en la boca esa frescura de los dentífricos. Si no lo hace, no es nueva política. La nueva política, la que previene la caries de la corrupción y la abulia del votante, la que llega como unos “braquets” para devolvernos la sonrisa perfecta, es también un baño con gel tropical y tiene ese toque de limones del Caribe. Invita a salir corriendo, en un alborozado topless mental, por la paradisíaca playa de la democracia ciudadana. Toda España ha vuelto a su feliz infancia democrática. La vida pública comienza de nuevo. Nos hemos reencarnado.

    Y como en las buenas reencarnaciones, uno nunca sabe si antes fue gusano, mierda de perro o papa de Roma: pone el contador a cero. El que tenga pasado, no sale en la foto. Muchos políticos –el socialista Carmona y el podemista Zapata en Madrid, pero también algunos representantes en Asturias del partido morado- se apresuran a borrar el timeline de su Twitter para que no quede ni rastro de lo que dijeron, hicieron o retuitearon, esa dudosa acción cuyo significado aún no acierto a discernir: ¿significa que apoyas lo que rebotas a tus seguidores o que, por el contrario, que lo condenas y estás sometiéndolo al escarnio público, poniéndolo en la picota tuitera?

    Borran como locos. Se trata, en definitiva, de empezar de cero, de ser muy nuevo, que es lo que se lleva ahora. Se está aplicando a rajatabla una nueva ley de Memoria Histérica que exige pureza de sangre total y absoluta a todos los nuevos actores políticos. Y resulta curioso que sea Esperanza Aguirre, la reina del pasado espinoso, quien lidere la revisión total de los antecedentes de la nueva clase política, especialmente los de sus oponentes de Podemos.

    La nueva ley de Memoria Histérica

    (La placa de los Langreanos de Honor donde se borró el nombre de Fernández Villa)

     

     Las cosas están así. Ley de Memoria Histérica a machamartillo. Es la gran regla de este nuevo comienzo democrático. No se lleva nada tener ombligo: primer síntoma de la epidemia de adanismo que recorre el país. Por eso algunos políticos tratan ahora de borrar sus rastros en las redes. Pero, ojo, los ciudadanos –todos nosotros- no les vamos a la zaga y también vamos desprendiéndonos del profundo surco que dejaron en nuestras vidas aquellos que, durante el esplendor nacional de Aznar hasta Zapatero, coronamos como hombres y mujeres ejemplares. Abominamos de quienes antaño adoramos y ahora, tras este monumental levantamiento del velo, los contemplamos en su putrefacción de sobrecogedores, evasores fiscales  o magos de la contabilidad más tramposa. Y como no podemos soportar que ellos eran nosotros (mejor dicho: nosotros, en realidad, queríamos ser como ellos), vamos y borramos sus nombres de un plumazo. En Asturias, la acción más paradigmática, y más grosera, en ese sentido fue la que se tomó con José Ángel Fernández Villa, el exlíder minero asturiano cuya fama obrera se derrumbó con gran estrépito cuando trascendió que había acumulado una fortuna de 1,4 millones de euros en dinero negro. A los pocos días, alguien, armado con una radial, borró su nombre de la lista de “Langreanos de Honor”, donde aparecía grabado en una placa en bronce junto a la ermita de la Virgen del Carbayu, patrona del concejo natal de Josiángel. A continuación asistimos también a la sucesiva retirada de otros reconocimientos públicos de antiguos poderosos caídos en desgracia. No fue el único: el Ayuntamiento de Gijón también quitó el título de hijo adoptivo a Rodrigo Rato. Al hombre del “milagro económico” español lo hemos cogido del cogote y lo hemos metido bien al fondo del cubo de la basura. Por toda España se sucedieron actos similares: si te he visto, no me acuerdo.

    A la postre no hemos hecho más que perpetuar una viejísima costumbre romana, la dammatio memoriae, cuya explicación, mejor que yo, ya la hace Wikipedia. Así que pinchen en el enlace anterior y verán como desde que el mundo es mundo los que mandan borran el recuerdo de los que mandaron, condenándolos al olvido, matándolos para la posteridad. Pero que la costumbre exista y sea larga, no quiere decir que su práctica no nos perjudique en extremo. Olvidar lo que pasó es el camino más directo hacia la repetición de los errores. Somos nuestro futuro, pero también nuestro pasado.

     

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