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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Mallorca

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 07
    Noviembre
    2016

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    "Jabalí" (Cap.24): Un jabalí que era un loro

    El hombre de la gran barba hipster, que resultó llamarse Emiliano, les estaba contando cómo empezó todo. Había estado trabajando en una caja de ahorros toda su vida y, cuando empezaron a cerrar sucursales, con la indemnización por despido decidió hacer el Curso de Experto, por consejo de su cuñado. Al principio, a Emiliano le parecía que era tirar el dinero pero pronto aprendió que aquel Curso de Experto, título oficial de la universidad china de Kuñao, era lo mejor que podía haber hecho en la vida para reciclarse laboralmente. Le estaban enseñando en ser experto en lo que quisiera Podía hablar de cualquier cosa como si supiera algo de esa material y todo el mundo le hacía caso. Incluso los taxistas se paraban para escucharle y reconocían su magisterio. Era increíble. En cuando terminase el curso, podría ser cualquier cosa. Era prácticamente invencible. Todo iba de maravilla en la Gran Academia de Expertos, que era como se llamaba la cochambrosa nave industrial donde se impartían las clases, en un polígono empresarial de la periferia, un local compartido con el amacén de un gran bazar chino.

    Todo iba de maravilla. Hasta que un día apareció por allí la policía. Al parecer, el propietario de aquella academia de expertos se había convertido en un experto timador y pesaban sobre él varias acusaciones. Así que, de un momento a otro, se quedaron todos en la calle, sin titulación alguna. Emiliano lo intentó en varios trabajos y aunque todos reconocían que hablaba y se movía como un experto, e incluso tenía a la apariencia de experto, realmente no lo era. Porque no tenía el título de experto. Si no fuera por esa minucia, un simple papel, hubiera logrado el puesto de ministro de Economía que le llegaron a ofrecer. Pasó todas las entrevistas previas pero en la última le explicaron que, sin el título de experto, no se podían arriesgar a meter como ministro a un tío que no tuviera ni puta idea de nada. Que los demás que habían pasado por el cargo tampoco tenían ni puta idea de nada estaba claro, pero sí que contaban al menos con el título de experto y darle el trabajo sin el título sería "una clara deshonestidad para los ciudadanos". Textual. Así que Emiliano estuvo trabajando un tiempo de taxista, donde tienes que ser experto en todo pero no te hace falta título, y luego volvió al paro, donde trabajó de experto en cobrar prestaciones sociales.

    Cuando agotó todas las prestaciones se fue a vivir al campo, a una casa que había heredado de sus abuelos y allí empezó a intimar con los jabalíes. No había más que casas abandonadas y jabalíes. Por entretenerse y hablar con alquien, les fue enseñando todo lo que había aprendido en el curso y así fue como los jabalíes aprendieron a hablar y a convertirse en expertos de distintas materias.

    -Paulo se convirtió en un experto en Paulo Coelho, pero ya habrán visto que no sabe nada de cualquier otra cosa –le aclaró Emiliano a Lela- ¿O no se han dado cuenta?

    Lela se quedó perpleja. Su mundo de derrumbó.

    -¿Quién es entonces Paulo Coelho?, le preguntó Lela a Emiliano.

    -Coño, pues un escritor. ¿O es que no lo conoces? Pues lo ha leído todo el mundo. Dicen que le van a dar el Nobel.

    -Pues yo no lo he leído, ¿qué pasa?- replicó Lela bastante mosqueada- Tengo cosas más importantes que hacer que andar por ahí leyendo esos libros. Que sabe Dios qué contarán. Ya leo bastante de mis novelas de escoceses. Con eso me basta y me sobra.

    Emiliano le explicó brevemente a Lela quién era Paulo Coelho. Y ella empezó a verlo todo claro. O sea, que entonces Paulocoelho no era Paulo Coellho. Ya entendió por qué decía esas frases tan elevadas. ¡Pero si eran las mismas que decía el tal Coelho! Resulta que aquel jabalí era lo más parecido a un loro de repetición. O sea que, de sabio, nada de nada. De maestro, nada. Todo había sido un engaño, un vil engaño. Todo aquel viaje, aquellos desvelos... Dos lágrimas de desolación visitaron los ojos de Lela. Su maestro ya no era su maestro. Todo había sido una mentira. Una inmensa y dolorosa mentira. Le hubiera gustado que en aquel momento McGallard la abrazase y, entre sus brazos de acero, exprimida, encontrar un poco de consuelo, pero aquel idiota se había puesto a hacer posturitas delante de Las Trescientas para atraer su atención. Otro que la engañaba.

    -Machete al machote –masculló Lela.

    Así que agarró fuerte su casco de soldado alemán y se fue, primero, hacia McGallard, a quien golpeó hasta dejarlo inconsciente y, luego, hacia Paulocoelho, el jabalí, con el que también se desfogó a gusto.

    Cuando acabó con aquellos dos farsantes machos, y tras destrozar también de paso la BMW R75, Lela se echó a llorar desconsoladamente. Su excuñada Trotte la abrazaba tiernamente. La ternura era tal que le restó importancia al bulto sospechoso que, de repente, había empezado a crecer en la entrepierna de Trotte.

    -Llévame a casa, Trotte. Llévame a casa.

    Y Trotte, con un ademán apenas perceptible, activó a Las Trescientas. Estaban a punto de partir, dejar atrás aquel paisaje de jabalíes impostores, cuando le sonó el teléfono móvil a Trotte. Descolgó y Lela pudo ver cómo el rostro de su excuñada se ensombrecía al escuchar lo que alguien le estaba contando.

    -¿Qué pasa, Trotte? No me asustes. Dime qué pasa.

    -Dios mío, Lela. Es tu perro, ¡tu perro!

    -¿Mi perro? ¿Pablo? ¿Pablo Iglesias?

    -Sí.

    -¿Qué ha pasado, que le ha pasado?

    -A él no, Lela, a él no…

    (Continuará)

     

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