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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Mallorca

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 12
    Septiembre
    2016

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    "Jabalí" (Cap.20): Una mujer empoderada

    (En capítulos anteriores: Lela, una mujer en crisis, encuentra un día en el parque a un jabalí que habla y que dice llamarse Paulocoelho. El bicho da muy buenos consejos, así que lo convierte en su coach personal. Gracias a las sabias palabras de Paulocoelho, Lela conoce al hombre de su vida, un escocés al que ella llama McGallard, un highlander como los que aparecen en las novelas a las que Lela es tan aficionada. En realidad MacGallard es su vecino, José Manuel Gallardo, capitán retirado de la Guardia Civil de Tráfico. Los dos viven su amor salvajemente en la deliciosa urbanización de ladrillos rojos donde residen, pero un día se enteran de que unos cazadores quieren abatir al sabio jabalí. Lo sacan de allí disfrazado con el uniforme de gala de la Benemérita, para que nadie se de cuenta, y emprenden una larga escapada en la moto BMW con sidecar, de la II Guerra Mundial, que McGallard heredó de su abuelo.  Protegidos con sus cascos de  soldado alemán, corren numerosas aventuras pues todos lo que topan por el camino quieren quedarse con el sabio Paulocoelho. Pero afortunadamente un día encuentran la protección de Las Trescientas, un pelotón de runners comandadas por la excuñada de Lela, llamada Trotte. Esta legión de mujeres está dispuesta a darlo todo por Lela y el jabalí y, sobre todo, no dudará un segundo en pasar por encima y triturar a cualquier machista explotador defensor del patriarcado más rancio y esclavizante).

     

    Durante los más de dos semanas siguientes, las trescientas runners comandadas por Trotte, todas con su camiseta rosa, fueron abriendo paso a la motocicleta BMW R75, férreamente capitaneada por McGallard, que a su vez iba férramente capitaneado por Lela. Recorrieron más de 4.000 kilómetros y sin saber muy bien lo que buscaban. Un lugar donde Paulocoelho pudiera vivir a salvo. ¿Pero dónde? Lela iba improvisando, tenía una intuición pero no acababa de concretarla. Y por más que preguntaba su maestro dónde quería ir él, cuál era su hogar, si es que lo tenía, sólo recibía como respuesta una de sus características frases, como: “Todas las batallas en la vida sirven para enseñarnos algo, inclusive aquellas que perdemos” o la ya clásica “Nunca desistas de un sueño. Sólo trata de ver las señales que te lleven a él”. La verdad es que el maestro empezaba a repetirse un poco.

    "Este tipo es un intensito", pensó Lela como sin querer.

    Suerte que contaban con la protección de las chicas de Trotta que, además, estaban especialmente contentas por la cantidad de hombres que topaban a su paso. Había un montón de pobres incautos que aún no sabían para qué servía verdaderamente la carrera de la mujer, así que se detenían para aplaudir y piropearlas delicadamente con clásicos de la tradición española como: “¡Que no me entere yo que esos culitos pasan hambre!”. Pronto sin embargo descubrían aterrorizados que aquella legión de féminas se les estaba echando encima y los trituraba pisoteándolos con sus zapatillas deportivas. Algunos se resistían especialmente, como aquel que en un arranque de coraje infructuoso les gritó:

    -¡Feminazis!

    Y ellas, tras haberle pisoteado ya una vez, dieron la vuelta inmediatamente para llevarle por la buena senda.

    Gracias a las Trescientas de Trotta, que aportaban un infranqueable círculo de seguridad en torno a Paulo, Lela estaba mucho más tranquila. Sabía que nada malo podía ocurrirle mientras las chicas y su excuñada la protegieran. La verdad, estaba tomándole un inesperado cariño a Trotta, que jamás se había portado tan bien con ella como en estos atribulados momentos de su vida. Por lo demás, el amor con McGallard marchaba viento en popa y sólo tenía que mostrarle la dureza de su casco de acero cuatro o cinco veces al día, golpeándole con él en la cabeza, para que se centrara, dejase de interesarse por las sudadas mallas que vestía su escolta de runners y permaneciera totalmente absorto en la insondable belleza de los ojos de Lela. La vida, incluso en aquella aventurada provisionalidad, era maravillosa.

    ¿Qué recordaba Lela de aquellas dos semanas de vueltas y más vueltas en busca de un refugio para Paulo? Pues nada más que vítores y más vítores de las mujeres que el ejército de Trotta iban liberando en todos los pueblos a su paso. Cierto, aquel era un mundo perfecto. Y más cuando Paulo compartía con ella, cada vez más frecuentemente, uno de sus cigarrillos aromáticos. Pero ¿estaban haciendo lo correcto? ¿Estaban realmente esforzándose por darle a Paulocoelho un futuro mejor, libre de amenazas? Lela suspiraba embargada por las dudas. Las señales. Tendría que permanecer más atenta a las señales que enviaba el Destino. Todos los sueños se cumplen, se decía. ¿Pero cuándo? En aquel atardecer de confusiones, en una parada que hicieron en una polvorienta localidad en medio de la nada, hubiera acabado el día llorando si no se hubiera presentado Trotta, como siempre, para consolarla. Venía con un hombre bajo el brazo. El cuerpo del pobre desgraciado colgaba como un fardo.

    -Mira, hemos encontrado a éste. Es el presidente de la peña taurina del pueblo y del equipo de fútbol local, que está en tercera regional y lleva diez años intentando ascender. Éste vale por dos. ¿Te apetece, Lela?

    Lela asintió con una sonrisa luminosa dibujada en el rostro.

    -Vamos allá.

    Trotta dejó en el suelo al pobre desgraciado. Ambas tomaron carrerilla y le pasaron por encima varias veces. El pobre no hacia más

    -No hay nada como una mujer empoderada, Trotta.

    -Ya te digo.

    (Continuará)

     

     

     

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