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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 06
    Junio
    2015

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    El ojo morado: los nuevos colores de la política española

    El viernes, el avatar del PSOE en Twitter no era rojo, era verde. ¿Qué había pasado? Pensé que podía ser un guiño de Pedro Sánchez a Susana Díaz. Habían averdosado el partido utilizando el color corporativo andaluz por ver si se amigaban con la sultana sevillana. Todo podía ser. Los tiempos están cambiando, y los colores también.

    Los colores son parte de nuestras coordenadas en el mundo. Los plátanos han de ser siempre amarillos. Si un día nos despertásemos y fueran azules, mal asunto. O mala noche. Nuestra ideología es también cromática. Tenemos la retina política acostumbrada a determinada gama. En las últimas décadas sólo veíamos la realidad española en azul popular o rojo socialista. Pero ahora, la política se ha hecho impresionista: se llena de colores. Nos está pasando lo mismo que le ocurrió en 1883 al pintor noruego Edvard Munch, cuando salió a caminar con dos amigos y, de repente, el cielo sobre Oslo parecía incendiado, lamido por llamaradas horizontales que despertaron en su interior el grito de dio nombre a su cuadro más famoso. Aquel trágico reverberar de la atmósfera se debía, en realidad, a las nubes de polvo y gas que la erupción del volcán Krakatoa había lanzado a la atmósfera. El expresionismo es un fenómeno meteorológico.

    (Este rodeo que hemos dado en torno a Munch quiere decir que también en España estamos asistiendo a una erupción política que ha cambiado nuestros cielos democráticos. Y sí, como Munch también algunos están poniendo el grito en el cielo.)

    Llegan nuevos partidos y quieren, con sus nuevos colores, convertirse en la niña de nuestros ojos. Como los colores básicos ya están ocupados, se pintan con los secundarios.

    Morado. Los de Pablo Iglesias van de morado. Según los expertos es el color del poder, de la ambición, de la espiritualidad, del misticismo. Aunque hay quien se pregunta si son morados porque ese es el color que se cayó de la bandera de España cuando la II República se cayó de la historia a tiros.

    El morado es el color más raro en la naturaleza. Es la mezcla del rojo y del azul. Es decir, de la pasión encarnada y del raciocinio y de la fiabilidad azul. ¿Es eso lo que pretendían conseguir y transmitirnos al amoratarse los de la coleta de esa manera? ¿Querían decirnos que al hacer la mezcla cromática de las ideologías rojas y de las azules ellos ya no son ni de izquierdas ni de derechas, sino todo lo contrario? ¿Qué es realmente el morado? ¿Quién lo sabe? Acudamos a lo que dice la Santa Madre Iglesia, una empresa con dos mil años de experiencia en el uso simbólico de los colores corporativos. El morado, en la liturgia, significa la preparación espiritual y la penitencia. Así van vestidos los curas en todo tipo de actos penitenciales. Se usa en la Cuaresma, cuando ya pasó el Carnaval. Bueno, va cuajando el paralelismo: quizá sea ese el mensaje, sí. O sea, penitencia democrática, arrepentíos y creed en Pablo Iglesias. O, como él diría, “Winter is coming”. O diría “tic tac, tic tac”.

    ¿Y Naranjito? El color naranja, el de Ciudadanos, es también otra mezcla. La del rojo y el amarillo. Es el color de Fanta y de KH-7. El uno, el refresco, te da juventud, dinamismo y no te quita el sueño como la roja Coca-Cola. El otro producto te quita las manchas. Albert Rivera te da las dos cosas. Es un dos por uno. Quizá por eso se ha disfrazado de Naranjito. El naranja, dicen los que saben, es alegría, informalidad (es un color sin corbata) y significa progreso y dinamismo. Es algo más nuevo y moderno que el rojo, ese color que pintaba a los partidos con la sangre derramada del obrero. Los de Ciudadanos, que nacieron en Cataluña, aseguran que en absoluto se hicieron naranjas porque sea la mezcla de los dos colores de la bandera española.

    (Ojo, el PP una vez fue naranja. Allá por las elecciones de 2008 utilizó ese color como imagen corporativa. Ahora, por necesidades de pacto y de gobierno, también tratan de anaranjarse un poco).

    Pero, de momento, el PP sigue siendo azul. Y aunque muchos de ustedes (si es que hay alguien ahí leyendo) no se lo crean a la vista de tanto Bárcenas y Granados, ese color es el que se asocia a la honradez, a la fiabilidad y a la limpieza. Pero también a la calma. Y ahí sí acertaron, pues de calma total estamos hablando cuando hay que colorear a Mariano Rajoy, el hombre que jamás movería un músculo si no fuera por sus tics y porque alguna vez habrá que darle otra chupada al puro, carallo. O pasar la hoja del Marca. El azul es el color de los conservadores de siempre. Salvo en Estados Unidos, donde los que tienen el logotipo en rojo con los Republicanos. Obama, que es negro, es Demócrata y, por tanto, rojo.

    En Europa, el azul es el color de la derecha. Lo mismo que el rojo es el de la izquierda. Esos son, sin duda, los colores que tenemos más claros los españoles desde siempre. Y el PSOE, pese al averdosamiento andalusí con el que comenzaba este post, sigue siendo un partido rojo. Al menos desde el punto de vista óptico, siguen ateniéndose a los principios fundacionales.

    Pero si hablamos del logotipo, ya es otra cosa. Si los populares llevan toda la vida con una gaviota orbitando sobre sus cabezas (un pájaro que en épocas de gloria parecía un águila real y hoy semeja esas estrellitas que salen en los cómics tras un enorme trompazo), los socialistas se han desprendido de aquella rosa que en 1977 adjuntaron a un puño. El objetivo de entonces era renovar el logotipo heredado del primer y original Pablo Iglesias. Hablo de aquella pluma y aquel yunque que, según interpretación de los socialistas fundadores del asunto en Casa Labra de Madrid, significaba la unión del trabajo físico e intelectual. En la Transición, los socialistas de Felipe González adoptaron el puño y la rosa que les diseñó José María Cruz Novillo. Según escribió Alfonso Guerra, era otra versión del mensaje original: la unión de la fuerza del puño obrero con la bella y delicada rosa de la cultura.

    Han pasado los años y la rosa marchitó con la llegada de Pedro Sánchez. Sólo queda el puño y ni eso. En esta última campaña electoral, aunque sólo fue de manera temporal, el puño levantó el pulgar hacia arriba, convirtiéndose en un “Me gusta” de Facebook. Aquel puño de la movilización y la cárcel, el puño que actuaba en el mundo real para transformarlo, se ha convertido en simple propagador esa solidaridad virtual y viral que lo impregna todo. La gente ya no hace. Hace que hace. No hace falta que haga realmente. Basta que apriete un botón. Justo en la yema del dedo termina la revolución.

    Esta última versión del socialismo, con un puño como un “Me gusta” es, no obstante, la que mejor sintoniza con la sociedad actual. Un chiste que pesqué el otro día en Twiiter (dónde si no iba yo a escuchar a la gente contar chistes) pintaba esta escena reveladora: una joven, a punto de ser asaltada por un delincuente con una navaja, grita en un callejón: “¡¡¡Por favor, ayuda, que alguien haga algo!!!!”. Y todos los vecinos del bloque de viviendas que están escuchándola acuden rápidamente a sus teléfonos móviles para escribir los siguientes hashtag: #haganalgo, #unidosporella, #estamoscontigo, etc. Ya ven, en esas estamos.

     

     

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