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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 26
    Junio
    2015

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    El hombre que vendía el perfume de la muerte

    El francés Florian Rabeau va a poner en marcha un singular negocio con su madre, Katia Apalategui. La idea le surgió cuando murió su abuelo, el padre de Katia. El viejo, según escribió Florian cuando trataba de poner en marcha su proyecto y buscaba financiación a través crowdfunding, era diabético. La diabetes puede cambiar el olor del cuerpo y, de hecho, los diabéticos suelen producir un olor corporal dulce y frutal. Por eso el abuelo desprendía un olor corporal característico. Además, tras luchar contra el cáncer, murió en la cama donde en aquel trance terminal le acompañaba siempre un pequeño perro de acre olor. El abuelo usaba Fahrenheit, de la casa Dior, un perfume ya histórico. Los entendidos lo describen así: “Su concepto se basa en notas "chipre" modernas, con un acorde floral muy original impregnado de hojas de violeta, con una nota de conjunto viril y fino a la vez”. Ahora pongan la imaginación en la pituitaria y mezclen el Fahrenheit, el perro, la diabetes, el hombre moribundo y huelan, huelan. ¿No parece agradable, verdad? Pues Rabeau opina lo contrario. Todo esto le huele a dinero, que suele ser un aroma bastante atractivo para el género humano.

    Cuando el abuelo falleció, su viuda, la madre de Katia se resistía a lavar las almohadas, no quería que cualquier detergente impusiera su química floral y se llevase para siempre el rastro olfativo del hombre que había llenado su corazón. La hija, Katia, también echaba de menos aquel olor del padre. Y el nieto, que se había formado en una escuela de negocios, olió los posibles beneficios de la nostalgia olfativa. ¿Por qué no hacer un perfume con el aroma del abuelo para que su viuda pudiera llevarlo siempre encima? El olfato es el más poderoso de los sentidos. Tiene un extraordinario poder evocador, más que ningún otro. Lo dicen los científicos.

    A lo largo de seis años, Florian y su madre, una vendedora de seguros de 52 años que había estudiado en la Universidad Autónoma de Madrid, perseveraron en aquella idea que habían tenido y ahora, dentro de unos meses, tras este verano, están a punto de sacar al mercado su producto: un perfume de encargo con el aroma del ser vivo deseado (valen personas, pero también animales) que se venderá a unos 650 euros de precio la botellita. Se parece a lo que hacía Jean-Baptiste Grenouille, el protagonista de la novela “El Perfume” de Patrick Suskind, pero sin crímenes de por medio. No habrá crímenes, pero sí andará la muerte de por medio. Una de las aplicaciones que han encontrado al producto es la llamada “compensación olfativa” o “consuelo olfativo”. Es decir, vendérselo a las funerarias para que éstas, a su vez, ofrezcan a sus clientes –viudos, viudas, huérfanos, etcétera- un frasquito con el perfume de la persona perdida.

    El hombre que vendía el perfume de la muerte

    Florian Rabeau y su madre Katia Apalategui con una muestra del estuche en el comercializarán el perfume.

     

    Para destilar el perfume de los seres queridos/perdidos han contado con el apoyo la administración francesa, a través de la agencia regional para la innovación de la Alta Normandía, que aportó unos 160.000 dólares para el desarrollo de la tecnología). Los franceses, quizá por tradición quesera y de la moda parisién, siempre han estadoa ahí, en la vanguardia olfativa. Además, estos dos emprendendores encontraron la ayuda de científicos de la Universidad de Le Havre. Según Geraldine Savary, técnico de la Unidad de Química Orgániza y Macromolecular, para fabricar el exilir que devolverá la presencia del amor muerto a los vivos les basta la ropa de la persona cuyo aroma se quiere perpetuar y, con unas cien moléculas, en cuatro días obtienen ese evocador perfume. Cada persona, dice Katia Apalategui, posee una marca personal olfativa única. “El olor de cada persona varía en función de su alimentación, las cremas y los perfumes que utiliza y de las posibles enfermedades”, ha declarado.

    Madre e hijo aseguran que ya han contactado con posibles compradores y distribuidores en Asia, en Estados Unidos, además de en Europa. Ya hay alguien que, al parecer, quiere un frasquito de perfume con el aroma de su perro muerto. Cuando éste vivía, se entiende.

    La idea es innovadora y seguro que algún frasquito venden. Pero, piénsenlo dos veces, ¿merece la pena gastarse 650 euros en recuperar el aroma de la persona perdida? ¿No multiplicará eso la sensación de ausencia? ¿Cómo se siente usted cuando puede oler, pero no puede ver, no puede tocar, no puede oír, no puede saborear a la persona que ha perdido y se esfuerza, en vano, en recuperarla a golpe de nariz? ¿Acaso todo ese viaje olfativo a contracorriente del acontecer biológico no acentuará el penetrante perfume de la soledad? Quizá haya inventos que mejor no inventar: dejemos que los muertos se vayan, dejémonos seguir viviendo entre los vivos. Si la muerte existe desde siempre, será por algo.

     

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