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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

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Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 16
    Enero
    2016

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    El Arzobispo que hizo un pan como unas hostias

    A su manera, y con sus lirismos, el Arzobispo de Oviedo se ha sumado a la ola de indignación nacional que desató Cayetana Álvarez de Toledo con ese ya histórico tuit post-cabalgata: “No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena”. Hace bien Sanz Montes, y yo lo apoyo, en indignarse contra el proceso de descristianización de la Navidad. A mí me pasa lo mismo con la Cocacola: ya la fabrican light y sin cafeína, a tal punto que empieza a dejar de ser Cocacola. Como director-gerente de la franquicia en Asturias, Sanz Montes tiene que defender la raíz cristiana de su fiesta de invierno. Tiene toda la razón. La España laica, podemista y atea, la rasta de este país, no deja de cometer injerencias intolerables en las celebraciones católicas. La cabalgata de reyes no es cabalgata de reyes si se parece tantísimo al desfile del Día del Orgullo Gay. No hay nacimientos, ni comuniones, ni bautizos laicos. Eso son milongas ridículas de quien, en el fondo, está deseando que se le aparezca la Virgen o lo llamen a comulgar. Si al agua le quitas dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, deja de ser agua. Si realmente queremos un estado aconfesional, deslindemos: a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

    Hasta ahí de acuerdo.

    Pero el Arzobispo ­ empieza a tirar de largo y, haciendo caso omiso a la máxima de que un prelado ha de mantener su votos y no pillar calentones, escribe que esos que están descafeinando la Navidad (¿quitándole la “cristina”?) no se atreverían a hacer lo mismo con el Ramadán o a echarse unas risas a costa de La Meca. ¿Es envidia de los hermanos musulmanes? ¿Está proponiendo que repartamos kalashnikov entre los Legionarios de Cristo? Es muy cierto: haces una viñeta de Mahoma y entras en el sorteo de un tiro en la nuca. Pero la mejor solución no parece extender la promoción a otras confesiones. Da la impresión de que alguien añora aquellos tiempos duros del Antiguo Testamento, cuando te podía caer del cielo una plaga, un meteorito o una inundación de las que no dejan piedra sobre piedra. Pero, claro, quién les mandaría cambiar de estatutos sobre la marcha, rebajar la disciplina y aplicar el Nuevo Testamento, que establece como principal objetivo social de la gran multinacional articulada por San Pablo el amor incondicional al prójimo. Igual había que volver a las esencias. Tirarse al monte. Mayormente al Sinaí.

    Con todo, lo peor llega al final. Está bien que los arzobispos se metan en política. De hecho, todos los españoles deberíamos de meternos en política pues daña más la desidia ciudadana que la acción. Claro que los prelados, por su posición y representatividad, tienen el derecho y el deber de intervenir en la plaza pública. Pero estaría bien que lo hicieran dentro de los límites constitucionales. Más que nada para que no tengamos que indicarles que, para algunos mensajes, quizá hay mejores audiencias en Teherán. Censura Sanz Montes a los políticos españoles y carga contra los que protagonizan “la corrupción consumada por los de siempre y la no consumida todavía por los que acaban de llegar”. ¿Cómo? ¿Realmente piensa eso que su pluma franciscana escribió? Es decir: gracias a un malabarismo dialéctico acaba de cambiar la presunción de inocencia sobre la que se sustenta un estado de derecho democrático por la presunción de culpabilidad que permite, entre otras muchas cosas, dar una patada a la puerta por la noche y llevarse a la gente, “por si acaso” se les ocurre hacer algo indebido. Otra cosa es que el Arzobispo sepa de lo que habla y tenga el don de adivinar el futuro. Pero eso ya no es cristianismo. Es quiromancia.

     

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