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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Mallorca

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 12
    Octubre
    2012

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    Axel Albert H. quería que le creyeran

     

     

    Confieso que la primera noticia que leí sobre Axel Albert H. me enterneció. Pobre hombre, pensé. Qué putada.

    La mujer de este ciudadano alemán de 62 años, Inge Gisela Frefrau Von Stein, de 66 años, llevaba desaparecida desde el pasado 28 de septiembre. Al menos, ese fue el día en que la hija de ambos denunció el caso ante la Guardia Civil. La pareja residía en la localidad mallorquina de Canyamel. La denunciante dijo que no sabía nada de mamá desde el 14 de agosto y que ya era hora de que apareciese.

    Papá también había puesto tierra de por medio y se encontraba de viaje en Singapur cuando la hija acudió a las autoridades, así que al regresar del Extremo Oriente se encontró con que la Guardia Civil le llamaba al cuartelillo. Les dijo que no sabía nada de su esposa porque ella se había ido de viaje con unas amigas y desde entonces no habían tenido contacto alguno. Los alemanes son gente moderna y avanzada, con matrimonios modernos y avanzados que hacen cada uno su vida independiente, pero el asunto no debió olerles muy bien a los agentes.

    Al día siguiente de que Axel Albert declarase, una amiga de aquel buen alemán llamó al cuartel de la Benemérita para contar otra versión de los hechos. Al parecer, Axel le había confesado por teléfono que su mujer no estaba ni mucho menos de viaje. Si acaso estaría rumbo al Más Allá, pues aseguraba que la había enterrado en el jardín de su casa mallorquina. A la amiga le contó que se  había encontrado a Inge Gisela muerta en la vivienda y como tenía la seguridad de que nadie le iba a creer, le había dado sepultura en el jardín de aquel chalé junto al soleado mar de España. ¿Y por qué no le iban a creer? El matrimonio estaba separándose. Ah, claro, claro.

    Hasta ahí llegó el primer capítulo de esta historia. Por el momento no se conocían más novedades.

    Con estos datos sobre la mesa, en el intermedio de la tragedia, me dio por pensar que la coartada de Herr H. bien podía ser cierta. Desde luego, resultaba de lo más inocente por su parte tratar de endosarle a los investigadores esa excusa inconsistente de que no le creerían para no haber llamado directamente a las autoridades y comunicar de manera inmediata el fallecimiento. Sin embargo, por lo infantil que era su argumento, a mí incluso me resultó verosímil. Ummm. Podía ser, podía ser.

    ¿Por qué teníamos necesariamente que imaginar a este marido asesinando sin piedad a la mujer que iba a abandonarle? ¿Por qué detrás de esa muerte teníamos que vislumbrar un tormentoso proceso de separación y, en mitad de toda aquella mierda, un reventón de ira? Pese a que la muerte es el Hecho Definitivo y, por tanto, algo bastante serio, incluido en el catálogo de Grandes Inventos de la Humanidad, no siempre está a la altura de su reputación. No siempre es gente seria la muerte. Hay ocasiones que ni llega en el momento justo ni a la persona que debería y ni con la pompa fúnebre que se le supone, vistiendo el traje oficial de gala, con la guadaña y es siniestra túnica. El cese definitivo de la existencia puede acontecer de cualquier manera y de formas absolutamente estúpidas, a la buena de Dios. Así: uno va y se muere, en plan Gila. Eso mismo podía haber pasado. ¿Por qué no? No sería a la primera persona a la que le ocurre. Ella fue y se murió. Cuando menos le interesaba a su futuro ex marido.

    Fin del intermedio.

    En el segundo y breve capítulo de este drama alemán en Mallorca se practica la autopsia al cadáver en el Instituto Anatómico Forense de Palma y los expertos confirman que presenta "múltiples fracturas en el cráneo". Axel Albert H. pasará mañana sábado a  disposición judicial en los juzgados de Manacor. Tenía razón: nadie, salvo yo, iba a creerle.

    Pero, ojo, eso no quiere decir que la muerte necesite motivo alguno para llamar a nuestra puerta. Lo dicho: uno va y se muere.

     

     

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