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¡Qué tiempos aquellos!
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Sobre este blog de Cultura

Dicen que hay una memoria en nuestro cerebro de todas las experiencias vividas por nuestros antepasados.


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  • 31
    Octubre
    2017

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    Cultura Mallorca

    Aquellas misas de Todos los Santos.

         Entre los susurros del rezo del Rosario que pasan algunas mujeres se oyen los gritos de los chiquillos, que rezagados todavía juegan en la puerta. Las pisadas de los monaguillos sobre la madera de la grada al encender los cirios del altar se amplifican en las alturas de la bóveda y pregonan la inminencia del comienzo de la ceremonia. En poco tiempo, anunciándolo, sonará la campana de la sacristía, pero antes, en el interior, el sacerdote termina de revestirse, con una hermosa capa pluvial bordada en hilo de oro, ayudado por el viejo sacristán.

         En el altar relucen los manteles blancos y almidonados de malla adornada con bordados de cruces y filigranas. Destaca en el centro el crucifijo sobre el sagrario. Dispuestos a ambos lados están los candeleros con sus cirios; hoy la misa es cantada y la rúbrica manda cuatro. También, como está estipulado, las sacras, que enmarcan algunas de las oraciones de la misa. Todo está controlado de tal manera para que la ceremonia sea lo más perfecta posible.

         Mientras tanto, la nave se llena de feligreses que irán acomodándose después de una reverente genuflexión. Hombres a un lado, mujeres a otro. Las cabezas de ellas cubiertas con velos de encaje: negras mantillas como doseles, dice la canción. Los hombres, descubiertos nada más entrar, acomodan el cabello y se santiguan con parsimonia. En ambos casos, signos visibles de una realidad invisible.

    Aquellas misas de Todos los Santos.

         Suena entonces el órgano y ya se puede oler el incienso que se prepara en la sacristía. Los monaguillos juegan con las brasas y el sacristán tiene que poner orden. Todo está preparado: el agua bendita en el acetre, las brasas en el incensario, el incienso en la naveta, cirios, la cruz procesional… Todo, nada se deja al azar. Se forma ahora la procesión y suena la campana; todos se dirigen hacia el altar, con esa solemnidad que sólo se observa en las ceremonias católicas. Una vez allí, retirado ya el sobrio bonete que ha llevado durante la procesión, el sacerdote entona la antífona con la que da comienzo la aspersión diciendo: Asperges me, Domine hisopo. Este cántico será el prefacio de la acción más sagrada que existe sobre la tierra: la Misa.

    Fotografía: Fotos Antiguas de Mallorca

     

     

     

     

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